Un mundo sin palabras

T vino ayer a mi consulta acompañado de una cuidadora. Como siempre, llevaba puesta su gorra azul marino, añadiendo un toque infantil a su cara despistada y afable.

Cuando le pregunto cómo está, conozco de antemano la respuesta, escueta y con una cordialidad domesticada: estoy muy bien, qué bien me tratan ustedes.

Los ojos me escrutan curiosos, tiene una vaga idea de dónde está, pero no sabe a ciencia cierta quien soy yo.

Me despierta ternura el intento de ocultar su desconcierto, como si fuera un fallo que transgrediera el reglamento de buenas costumbres.

No quiere que se noten los agujeros, todavía es capaz de atrapar una palabra y enlazarla en un racimo sin desvirtuar en exceso la conversación. Es un maestro del disimulo.

Le gusta venir a verme aunque no se acuerde, y que le mire mientras hablamos. Las preguntas concisas son sus preferidas, necesita un marco que le permita divagar sin sentirse descubierto.

Podríamos pensar que la pérdida de capacidades cognitivas difumina la personalidad, no estoy muy segura. Cuando observo a T, veo su pelea por no excluirse en un mundo hecho de símbolos y significados. No darse por vencido, es su parte rebelde negociando con las buenas formas aprendidas.

La dificultad le convierte en un prestidigitador de los fonemas, anudando trozos de palabras y creando carreteras secundarias.

Antes de que se marche, le pregunto cuando vendrá de nuevo.  Cruza sus dedos apoyando las manos en la mesa y me responde: – yo me quedo aquí, tiene una camisa muy atractiva.

Sonrío y le doy las gracias, preguntándome qué circuito se habrá activado dentro de su arsenal de galanteo.

A través de la puerta le escucho abordar a una paciente en la sala de espera; una mujer con experiencia como él , a la que deja sorprendida y halagada: – Yo te conozco,  ¿qué haces con ese pelo tan precioso? –

Sus modos genuinos, ya no están encerrados por la convención que impediría hablar con tanto desparpajo a una desconocida. Tan solo una parte de T se resiste a perder la compostura: la parte de buen conversador de antaño. Sabe que el lenguaje es el último bastión antes de perder el contacto con la realidad. Todavía lo sabe.

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