
trilogía onírica I
El Fondo

He tenido un sueño extraño, aunque pensándolo bien, ¿qué sueño no lo es?
Los pedazos desordenados provocan una mezcla de familiaridad y asombro, como si estuviera en la sala vacía de un cine sentada, observándome hacer cosas chocantes que sin embargo no me son del todo ajenas.
Sé que estoy en el Pacífico, justo en las últimas horas de la tarde. Llevo una camiseta blanca de tirantes y camino por la orilla. Me gusta ver la huella de mis pies en la arena blanda, una fina línea curva comprendida entre el talón y los dedos. El agua es templada y me entran ganas de sumergirme, es raro al recordarlo en la vigilia, a esas horas me sienta mal el baño.
Sólo estamos el océano, el sol en su ocaso y yo.
El siguiente recuerdo es subacuático, desplazándome horizontal en un entorno negro y azul.
Al fondo hay unas rocas grandes, muy brillantes, recuerdan las cabezas majestuosas de los nubios. Desciendo un poco más cambiando de dirección y encuentro una montaña áspera de coliflores rojas y amarillas. Entre sus grietas asoman ganchos nacarados y peces de colores. Me acerco ondulando la columna despacio, soy una especie invasora en un hábitat pigmentado y desconocido.
Las lumbares se resienten un poco por el choque leve de la botella de buceo, lo que me lleva a aletear pausadamente, dejando que mi torso dirija el avance. Un banco de peces verdes y naranjas se desplazan sincronizados, casi rozando el neopreno. Les contemplo fascinada mientras se alejan alcanzado la loma submarina.
A partir de este fragmento no recuerdo el orden de los sucesos soñados, quizá me lo esté inventando para reajustar el relato.
Súbitamente, una criatura esférica, de color azul eléctrico con aletas doradas, me vigila a través de un círculo negro, parecido al portillo de un barco hundido hace mucho tiempo, recubierto de óxido y algas. Con brusquedad abre la boca repleta de pequeños triángulos picudos y expulsa un caballito de mar.
Después de amedrentarme con su acecho, sacude el cuerpo desde la cabeza globulosa hasta la cola empujando el agua y partiendo en otra dirección.
A mi derecha una anémona emerge detrás de una roca, separa sus rizomas fucsias irradiando una luz fluorescente desde un carnoso botón central, cegándome. Me recuerda a una margarita perversa, con gusanos vibrátiles en lugar de pétalos, desviada del inocente propósito de una flor tan cándida.
Hay una mezcla de embeleso y amenaza en todas las apariciones. Miro hacia arriba, consciente de la columna de agua que me aleja de la superficie y siento el pavor de lo inconmensurable.
Mantener la línea de flotación no es fácil, me peleo con Arquímedes y manejo fatal el equilibrio entre el plomo y el aire del chaleco. En un momento dado, soy consciente de la presencia de un grupo de buzos con neoprenos negros. Hay algo de estatua en la cualidad de estos hombres. Algunos están sentados en una roca con expresión pensativa, todos tienen un parche negro en el ojo derecho, no llevan botella de aire comprimido ni aletas. Sus largas melenas flotan libres prolongando los movimientos. Los observo con respeto. Desde sus costados ascienden burbujitas esmeralda, como micropompas de jabón. En ese pastiche desconcertante me veo a mí misma sacando conclusiones. De repente comprendo, son LOS SUMERGIDOS.
Sus miradas inquisitivas me estremecen, parecen esperar algo de mí.
Sentado en un estrado de basalto, uno de ellos, recoge la rubia melena con una goma roja que saca de su muñeca. Lo hace meticulosamente, dando varias vueltas alrededor del pelo, hasta dejar bien sujeto el moño a la altura de la nuca. Es como un Jesucristo surfero, austero e indulgente. Me pregunto si será el líder de la banda de bucaneros ingrávidos.
Se levanta de la roca y comienza a desplazarse en una verticalidad impensable, a la manera perezosa de un gato estirando sus articulaciones. Todo parece lento, sin embargo, en un instante se ha situado junto a mí. Toca con su pie mi tobillo y se coloca boca abajo con los brazos extendidos. La estrafalaria coherencia de los sueños me lleva a bucear un metro por debajo de él adoptando una figura especular. La botella se separa de mis riñones con brusquedad, es un lastre que me estorba.
Es difícil explicar la lucidez con que percibo la provocación del grupo. No tengo branquias. Quizá ese sea el desafío, lo mismo en el sueño tengo, pero yo no lo sé.
Tras una lucha de oscilaciones, consigo el equilibrio horizontal. Por mi costado derecho, ascienden las burbujas glaucas del filibustero. Es raro, empiezo a relajarme, mis músculos están blandos, igual que al salir de un baño con agua muy caliente. Desde la placidez acuosa contemplo seducida el cobalto de las profundidades. Al fondo hay una escultura pétrea de color gris ennegrecido, parece el motor de un viejo coche sacado de un desguace. Abro mucho los ojos, quiero discriminar sus formas, su extraña cacharrería. Inesperadamente, sale de la quietud y comienza a nadar veloz, propulsada por la argamasa de cilindros. En su techo transporta una pasajera rubia y suave, llena de agujeros. La extraña turista da un saltito y comienza a moverse con parsimonia hasta mi cara; con la delicadeza de un hada benefactora acaricia mis mejillas, alejándose después. Múltiples criaturas van y vienen alrededor de nuestros cuerpos tendidos en el espesor del agua. Algunas son irreconocibles, otras parecen de juguete. Un pulpo descarado, estornuda un chorro de agua y enreda una pulsera tentacular en mi muñeca, las ventosas parecen las cuentas de un collar de cuarzo rosa. Juego a que soy Cleopatra dándome un baño en un acuario infinito.
De repente, la calma es interrumpida por un barullo de voces roncas y apremiantes, como los clamores animalescos de los circos romanos. Mi garganta se vuelve desfiladero, el miedo está jugando con sus garras metálicas. Decido permanecer inmóvil, en un intento de camuflaje.
No sé cuanto tiempo puedo disfrazar mi presencia en un cuerpo paralizado. Vuelvo a ser una niña pequeña, cierro los ojos para que ese simple acto me devuelva la paz, pero la tersura ha dado paso al entumecimiento.
Mientras pienso en todo esto me doy cuenta que estoy soñando y descubro un deseo de completud, no de salir airosa, sino más bien de llegar a esclarecer.
Algo viscoso se desliza sobre mi mano, abro los ojos con asco. Una mucosidad con forma de lágrima se expande elástica, adelgazando sus paredes hasta adquirir las proporciones de una circunferencia. A medida que crece, el costado del filibustero y mi columna se convierten en líneas tangentes. La fricción con la pared esférica abre una rasgadura que me aspira hacia dentro con fuerza, apenas dándome tiempo de rotar mis hombros soltando la botella, antes de ser engullida en el antro.
Dentro del glóbulo gigante hay un pequeño caudal de agua que no llega cubrir toda la superficie. El equilibrio es precario en un ámbito tan resbaladizo, caigo al fondo de la burbuja sintiendo inútil los esfuerzos por permanecer de pie. Mis pulmones quieren gritar, pero no pueden, están obliterados en un ecosistema anfibio.
Me asomo al muro cristalino y veo al jefe de los buzos elevando los brazos por encima del pecho, en un gesto que interpreto como una invitación a respirar.
Creo que después de esta escena me despierto, aunque no estoy segura. Tumbada miro hacia el techo, hay una pompa de jabón con vetas azul turquesa. Sé que no debo asustarme, son restos de la noche.
Mientras espero que salga el café del desayuno, me esfuerzo en traer más detalles oníricos al mundo de la gente despierta. El sueño es el levógiro de mi vida consciente reflejada en el espejo de la noche, un material ingobernable, sin trucos.
El borboteo me saca de la ensoñación, apago la vitrocerámica y lleno una taza grande, tengo bastante sueño y hambre. Me gusta dedicarle tiempo al desayuno, soy de las que no pueden salir de casa sin la cafeína y un par de tostadas. Después suelo leer un poquito y si estoy inspirada escribo.
Hoy no puedo deleitarme a fondo con mis rituales matutinos, tengo que prepararme para ir a trabajar, es martes y mitad de mes. En un par de horas he quedado con un cliente.
Siempre llego con tiempo a mi lugar de trabajo, es una cuestión de logística y estilo personal. Allí me tomo un segundo café, compruebo que el apartamento esté ordenado y que no falte ningún elemento necesario. Lo cuido y lo embellezco, me gustan los detalles bonitos, sirven de filtro para captar el perfil de cliente que me interesa: sofisticado y guarro.
La colocación de los cojines, las bebidas, la música, todo contribuye a envolver la experiencia, la transforma en algo singular con independencia de la sordidez que venga después.
Ayer por la tarde dejé tónicas y cervezas en la nevera y algunas cosas para el aperitivo, por eso dispongo de una pequeña prórroga para mimar mi cuerpo. Entro en el baño con mi Kactusse, quiero que me acompañe un ratito en el agua y retoce en mis recovecos.
Continuará…
María Bartolomé. Relatos insensatos
Trilogía onírica II
El Lodazal
Los días se deslizaban lentos y pegajosos, como el sopor de una digestión pesada. De pronto el verano se había instalado densificando el aire y convirtiendo la ciudad en un amasijo de polvo irrespirable. El canto de los pájaros al amanecer anunciaba la tregua, antes de que el sol nos azotase implacable.

Los supervivientes nos disputábamos la sombra bajo las copas de los árboles y los toldos. Apresurados e irascibles caminábamos mirando al suelo, con ganas de llegar a casa. La luna se convirtió en la estrella de la ciudad convocándonos en las calles al anochecer, cuando el calor nos licuaba despacio.
Tenía la espalda mojada y las piernas latían protestando por el exceso de horas de pie. Pensé en cómo iba a soportar una noche más sin dormir. Me desnudé y fui a la cocina a por la bandeja de cubitos de hielo y una copa de vino, y di un trago notando cosquillas en la garganta y una aspereza muy agradable.
Abrí el grifo de la bañera mezclando las temperaturas hasta dar con la tibieza que me gusta y me sumergí despacio. Los pequeños icebergs enfriaban el agua, restaurando mi piel.
El cuerpo me pesaba y lo dejé resbalar cerrando los ojos. El día había estado desprovisto de acontecimientos interesantes y hubo menos trabajo que de costumbre. Escenas caprichosas, acudieron en una sucesión desordenada y rápida resumiendo la jornada … el frutero metiendo los albaricoques en un cucurucho de papel, yo abriendo la puerta al técnico del aire acondicionado… Las imágenes iban difuminándose en un molinillo de siluetas y colores, hasta que la fuente de un parque apareció tomando el protagonismo. El agua brincaba juguetona y una boca muy abierta, atrapaba el chorro delgado tragándolo con avidez. Sentí que una parte de mí se desprendía abandonando el parque y me conducía a un lugar sin nombre, mientras mi cuerpo caía libre y pesado al fondo de la bañera…
Un desconcierto, semejante a la visión de un espejismo me paralizó. Me encontraba frente a una choza africana, con paredes de barro descascarillado y el techo redondo de paja. El sendero de entrada, cubierto de hierbajos amarillentos se inclinaba hasta convertirse en una depresión de agua turbia. Parecía que la naturaleza había abierto sus fauces, socavando una piscina sucia que ocupaba casi todo el valle. Sin embargo, al entornar los ojos, el reflejo del sol evocaba un remanso aceitunado suavizando la tonalidad del sedimento.
Un perro lanudo jadeaba en la orilla, sus ojos adormilados se desplegaron mirándome. Con dificultad se apoyó en las patas delanteras, caminó hacia mí y me lamió la mano. Me pareció que estaba acostumbrado a los extraños.
Miré la casa con aprensión, las ventanas eran huecos enmarcados por briznas de hierba naranja avejentada por el sol. Me sentí observada por dos ojos severos con las cuencas vacías que se burlaban de mí.
No sé cuanto tiempo permanecí inmóvil, me escocía la cara y unas luces plateadas reverberaban sin dejarme ver con claridad. Sentí un pinchazo en el centro de la cabeza y el estómago revuelto como el que navega entre olas furiosas.
La entrada era otro agujero con dos ramas entrelazadas que no invitaban a pasar, dejé la maleta en el suelo, y las retiré con la sensación de violar un código secreto.
De frente había una escalera recta y estrecha de adobe delimitada por dos paredes agrietadas, y detrás la oscuridad. Intenté enfocar, pero los destellos no me permitían ver con nitidez. Todo se había transformado en un revoltijo argenta sobre un fondo negro.
Los peldaños conducían a un espacio vacío con una puerta en la pared del fondo que estaba cerrada, y las dos ventanas desnudas que tanto me habían impresionado. Agradecí que no hiciera calor y estuviera oscuro, el dolor punzante me atravesaba desde la frente hasta la nuca.
Poco a poco, las lenguas de plata cayeron parpadeando hasta deshacerse, y pude distinguir la variedad de verdes y marrones de la ladera, y el barro mezclado con ramas que rodeaba el lodazal. varios escuadrones negros de insectos sobrevolaban la superficie del agua; el silencio amplificaba el zumbido del enjambre luchando por la carne en descomposición.
Un olor extraño iba prendiéndose en el aire. Inspiré tratando de reconocer qué era, me recordaba al azufre. Algo parecido al asco empezó a perturbarme.
El sonido de succión de una tubería me distrajo de la pestilencia, miré hacia atrás buscando la procedencia del ruido. A mi espalda había una mujer muy bronceada con un pañuelo rojo en la cabeza. Lo inesperado del encuentro me sobresaltó dejándome entre avergonzada y asustada. La puerta estaba entreabierta y pude ver un lavabo y la cisterna del váter con su cadena cubierta de óxido. De ahí venía el olor.
―¿Quien eres?― preguntó entrecerrando los ojos.
― Soy Palmira, vengo de la agencia Delirium en Barcelona.
Pensé en darle la mano, pero sujetaba el cartón del papel higiénico.
―Encantada, Palmira. Soy Tabata, la directora. No te esperaba tan pronto― me dijo, mientras arrugaba el cartón y lo metía en el bolsillo del vaquero.
―¿Dónde está el resto?, no he visto a nadie abajo― pregunté preocupada.
―Se van a retrasar, la carretera es peligrosa, tiene muchas curvas y los caminos están llenos de tierra, pero todo eso has podido comprobarlo― sonrió con la boca apretada. ―Empezaremos mañana a las seis, el fotógrafo dice que la llaman la hora dorada― me explicó.
―Mi compañero llegará en una hora para ir probando posiciones ― pensé en voz alta, más para tranquilizarme que para informarla.
―Yo no confiaría mucho en eso― pareció advertirme con escepticismo.
Caminó hacia mí y apoyó el antebrazo en el marco de la ventana.
― ¿Te gusta la naturaleza?, a este valle se le conoce como el abrevadero de las bestias― me dijo.
Me fijé en sus manos, eran arrugadas y finas como un pergamino y los pulgares tan largos como el índice. Eran las manos de otra especie.
―He olvidado mi maleta en la entrada―le dije, con la intención de salir.
―Espera! Se están acercando ― murmuró, agarrándome del hombro.
Le expliqué que no comprendía de qué me hablaba, pero estaba demasiado absorta para oírme.
El sol comenzaba a esconderse manchando el cielo de brochazos naranjas. Desde la lejanía iba llegando una percusión enérgica, acompañada de chillidos que parecían el séquito de unos guerreros en combate.
Una nube grisácea de polvo y arena avanzaba rápidamente hacia el valle. Pronto, las partículas organizadas en un tornado caliente, nos alcanzaron provocando la tos y obligándonos a cerrar los ojos.
Nos agachamos bajo la ventana respirando con dificultad; las ráfagas entraban golpeándonos. Me encogí abrazando las rodillas, Tabata tosía con fuerza, sentí el movimiento de su cuerpo tendido junto a mí. El rugido del viento fue dando paso a un sonido metálico, que recordaba el roce de unos crótalos.
Abrí los ojos despacio, la arena se había amontonado formando dunas blancas en el suelo del cuarto. Tabata se estaba poniendo en pie, parecía conocer el tempo exacto de aquel asombroso fenómeno.
Cuando todo había cesado, pudimos contemplar el lado más salvaje de la naturaleza. Unos caballos negros y robustos descendían por las laderas, galopando furiosos hasta alcanzar el agua. Los relinchos dilataban sus fosas nasales, y los labios retraídos mostraban los dientes aullando. Algunos se encabritaban y sacudían las crines mojadas e inclinaban la cabeza, y arrancaban un trozo de carne de otro miembro de la manada. El barrizal era un torbellino de agua y sangre agitado por las coces de los animales.
Un potrillo abandonó la lucha y se tumbó cerca de la orilla, tenía una herida profunda en un costado.
Desde la cresta más alta, hocicos excitados olfateaban la sangre caliente, agrupándose en una tribu veloz de pelajes rayados. Tenían las patas traseras más cortas y corrían con el cuerpo inclinado, sincronizados en una carrera suscitada por el hambre y el poder territorial.
Formaron un círculo alrededor de la cría y despacio, la secuestraron tras un muro negro y gris. Los ojos oblicuos paralizados por el horror, se abandonaron a los cuchillos.
La matriarca estaba en la cumbre observando con el apetito de un ser que vive para la necrofilia. Pensé que la brutalidad de los instintos explicaba la amoralidad de la naturaleza.
―¿Cómo te encuentras?― me preguntó Tabata.
No esperó mi respuesta; tampoco hubiera sabido qué decir. Todo era horripilante y seductor como en los cuentos.
―Voy a decir a los gemelos que saquen toda esta arena ― me dijo como si supiera de quién me hablaba.
Salgamos fuera― añadió tirándome del codo suavemente.
Me acompañó a recoger la maleta y me condujo a mi caravana, que estaba detrás de la choza.
―En la nevera tienes cosas para cenar. Si quieres ducharte, hay una caseta con una manguera según sales a la derecha. Mañana a las seis vendrá a buscarte Jacobo para maquillarte. Buenas noches Palmira.
Tenía más sueño que hambre. Rebusqué en un armario plegable y encontré un bote de café soluble y leche en polvo para desayunar, y unas latas de atún con tomate.
No tardé mucho en dormirme y los sueños me acompañaron toda la noche. En ellos regresaba a la casa de campo de mi infancia, mi padre aparecía cabalgando un potro demasiado joven para soportar su peso.
Jacobo golpeó con suavidad la puerta, le abrí con el café en la mano, todavía un poco adormilada.
―Buenos días Palmira, soy Jacobo― me tendió la mano con demasiada formalidad para ser un chico tan joven.
―Buenos días, ¿te importa que me acabe el café?, me quedan dos sorbos.
―Claro, no hay problema. ¿Qué te parece sí te maquillo fuera? ―me preguntó señalando su maletín y un albornoz. Tabata me ha pedido que el maquillaje sea muy natural, y el pelo desordenado.
Me desnudé y me puse el albornoz, ignorando el rubor de Jacobo.
― Vamos a rodar primero en el exterior, hay una luz maravillosa. ¿Conoces a Ricardo? Es el fotógrafo, quiere tomarte unas fotos al lado del agua para la promoción, luego comenzaremos con la escena de la bañera.
Había dos hombres desnudos buceando en el barrizal, sus espaldas anchas y blancas se adivinaban en la opacidad del agua.
―Tu momento NUDE Palmira. Cuando quieras puedes quitarte el albornoz― me dijo un hombre de unos cincuenta años con bigote, apuntándome con una Nikon. ― Relájate, primero quiero probar la luz. Tienes una piel blanca muy bonita.
Deshice el nudo y le entregué el albornoz a Jacobo.
―Tiéndete en la orilla con los brazos extendidos por encima de tu cabeza y mírame.
Los dos nadadores aparecieron portando una bañera de porcelana blanca con patas de felino doradas, y la colocaron en la orilla muy cerca de nosotros. Me entró la risa al ver algo tan sofisticado en un entorno sacado del génesis. Ricardo capturó mi garganta abierta en plena carcajada.
Los nadadores, representaban la escena de una ánfora griega, vertiendo el agua de dos cubos hasta alcanzar casi el borde de la bañera.
Una mujer rubia se acercó con un trípode y una cámara, acompañada de un hombre con un reflector plateado, y tras ellos estaba Jack.
Me alegré de que por fin hubiera llegado. Llevaba el sombrero de ala suave y el traje de lino de China Town. Su ceño estaba fruncido, pensé que no le convencía la disposición del set y estaba molesto por el calor.
Tabata caminaba rápido con un recipiente de mate en la mano y les adelantó. Se había puesto un kimono morado de tela transparente y unos zuecos de madera.
―Buenos días. Vamos a comenzar con la escena de la bañera. Quiero ensayar poco, me interesa la espontaneidad. Palmira, sé que no hemos hecho lectura de mesa, y sólo tienes experiencia en cine para adultos, déjate llevar por tu instinto. ― acompañó la explicación con un movimiento de cabeza para asegurarse que había comprendido.
― ¿Qué haces ahí parada ?, métete en la bañera― me espetó.
El agua estaba templada, entré despacio acomodando mi espalda y agarrando con fuerza los bordes.
Tabata se quitó los zuecos y metió los pies en la bañera. Era una vieja niña haciendo círculos en el agua y jugueteando con mi inseguridad. Sentí un arañazo en el muslo y por un momento creí ver una pezuña negra y peluda prolongando su pierna. Sobrecogida traté de gritar, pero el miedo aplastó contra mi garganta un sonido ronco apenas audible.
Jack se había quitado el sombrero y se daba golpecitos en el muslo con cara de desaprobación. Se acercó a la orilla fijando la mirada en un punto como si hubiera visto algo en el agua. Todos le observábamos en silencio esperando una especie de veredicto. Girándose con brusquedad dijo: ―¡ empecemos de una vez, el traje me está matando!
―Arquea la espalda y apunta los pezones en dirección a Jack ―me ordenó Tabata, saliendo por fin de la bañera.
Jack se deshizo de la chaqueta con un movimiento de hombros rápido, como si le quemara y hubiera llegado al límite de su resistencia. La camisa tenía unos círculos de sudor en las axilas y en el pecho. Sus delicados dedos, casi femeninos, peleaban con los botones, parecían una broma al lado del torso robusto y cuadrado.
Bajó la cabeza para tomar impulso y pateó hacia atrás sacándose los zapatos. El escroto tenso, sobresalía por debajo del pene, circuncidado y más ancho que largo. Se peinó el pelo con la mano, y entró en la bañera colocando sus piernas sobre las mías.
Una oleada caliente e inesperada me esponjó, volviéndome laxa y accesible. Me toqué las mejillas intentando ocultar el rubor ―un viejo conocido que me azoraba en la adolescencia y me hacía torpe y destartalada.
Tienes una mancha en el iris del ojo izquierdo― dijo sujetándome la barbilla.
―Es de nacimiento, hay que fijarse mucho para darse cuenta.
Uno de los nadadores cantó:” la bañera “, Toma1.
El agua se había enfriado mucho y empecé a tiritar, miré las yemas de los dedos arrugadas e insensibles. Debía ser muy tarde, apenas entraba luz por la ventana. La copa de vino estaba por la mitad y no quedaba ni rastro del verano en mi baño.
María Bartolomé. Relatos insensatos.
septiembre 2025
Trilogía onírica III
EL BAZAR DE LOS EXPOLIOS

― ¿Siempre has trabajado en el taxi?
―No, estuve muchos años en una biblioteca, hasta que cogieron mi plaza. Mi padre había sido taxista toda la vida. La necesidad me llevó a aceptar su oferta de relevo.
― Debe ser muy cansado conducir tantas horas.
― Con el tiempo he llegado a disfrutar. En este trabajo se conoce a mucha gente, me refiero a conocer un cachito de su intimidad. Hablar con un extraño es fácil.
― ¿Tú crees?
―si. Buscan la opinión del ciudadano corriente.
―Me parece asombroso desvelar intimidades en un taxi. No da tiempo a establecer la confianza necesaria.
.―No hace falta. Durante un rato, el coche es un escudo protector de la realidad. Las palabras pronunciadas se pierden en las calles. Entre las tres y las cuatro de la mañana es la hora propicia.
― ¿Qué tiene de especial?
―Es la hora de la derrota. La esperanza del comienzo de la velada se ha desvanecido y todavía no ha llegado la luz de la mañana.
―Eres un poeta. Cuéntame alguna de esas madrugadas.
―Hace unos meses me paró en Gran Vía una mujer, llovía con fuerza. Llevaba una gabardina roja y unas botas negras de tacón alto y fino. Tenía el pelo empapado y la cara muy pálida, me pareció que no iba bien abrigada. Subió sin decir nada y se sentó apoyando la espalda en el asiento. ― ¿A qué dirección vamos? ― pregunté mirando por el retrovisor.
―Calle Almansa veinte, por favor―respondió.
Busqué la calle en el GPS ― ¿Queda cerca de cuatro caminos verdad? ―
―si. Es un bar que se llama Anestesia local.
Puse el contador en marcha y comenzamos a circular.
Se sorbió varias veces los mocos, hasta que terminó sonándose con la manga. Tenía algo de felino en sus gestos. Pensé en una pantera acatarrada que se había escapado del zoológico, y andaba perdida por las calles. La pintura de los ojos, emborronada, formaba un garabato mojado, desde el rabillo hasta las mejillas.
― ¿Alguna vez has sentido que algo es insensato, pero no puedes evitar hacerlo? ― me preguntó acercando el cuerpo a mi asiento.
― ¿Insensato? ¿cómo qué?
―Como desafiar el sentido común― respondió, buscando mis ojos en el espejo.
―No sé a que se refiere, pero le diré que perseguir un sueño, es el mayor sentido común.
― Vaya, he parado al taxista adecuado ―sonrió sin separar los labios, y comenzó a contarme algo sorprendente.
―Ayer soñé que llegaba a casa, había un agujero en la pared desde el que se accedía al salón. Entré esquivando los escombros. Todo estaba cubierto de polvo, y mis pies caminaban con torpeza como aplastando algodones. Alguien se había hecho un café. Mi taza de desayuno estaba en el fregadero y la cafetera sobre la vitrocerámica.
Olía a humo y colonia masculina. La fragancia me desconcertaba haciéndome sentir extranjera en mi casa. Busqué en la basura, tras una cáscara de huevo había una colilla.
Todo era familiar y extraño a la vez, mis objetos ya no eran los mismos, una mirada invasora les había convertido en mutantes.
― No la sigo― respondí con la atención dividida entre los coches y la perturbación que ella me causaba.
― Los objetos estaban alterados por el significado que un intruso les había otorgado ―me explicó.
La nariz llena de mocos distorsionaba su voz áspera, y eso, junto con lo estrafalario de la conversación, daba un tono delirante a una noche que parecía ordinaria.
Continuó hablando como si pensara en voz alta, absorbida por sus palabras.
― Sobre la cama, estaba la caja en la que guardo la lencería de lujo. Levanté la tapa, todas las prendas habían desaparecido junto con un flogger de cuero negro. En el suelo había una etiqueta de seda con un imperdible, en la que ponía “Ninon de Lenclos. Tus caprichos en Fernando VI 14”. Era de un bustier que todavía no había estrenado.
Se acercó un poco más, sentí su aliento caliente en mi oreja. Incómodo cerré el puño sobre la palanca de cambios.
―Siéntese bien, por favor―le dije con firmeza.
―Disculpa, no quería molestarte. Te estoy poniendo nervioso― afirmó, echándose hacia atrás.
Nos quedamos un rato callados en un semáforo, la lluvia arreciaba con violencia y el parabrisas lamía la cortina de agua, marcando el ritmo del silencio. Parecía que el reloj se hubiera parado dejándonos en una burbuja, desenfocando la ciudad hasta sólo ver esferas de luz azul y amarilla.
Cuando nos pusimos en marcha, ella continuó el relato.
―Me senté en la cama despacio y cogí la almohada. El raso parecía estar un poco deslustrado en el centro. Lo acerqué a mi nariz intentando atrapar alguna molécula del visitante. ¿Se habría tumbado en la cama?
Inventé la silueta de su cuerpo en las arrugas de la manta, pensando en el hueco que deja la ausencia y descubrí un deseo inconveniente: tenía ganas de buscar los residuos del forastero. Era un modo de dibujar su presencia fantasmática.
Imaginé cambios de posición apenas perceptibles en los objetos, que me llevaban al interés que habían suscitado en él. Los libros desde su inmovilidad, invitaban a pensar que fueron acariciados por sus manos e incluso abiertos con curiosidad.
Me estaba quedando fría y fui al baño a darme una ducha.
Giré el grifo y coloqué la mano bajo el chorro esperando que saliera el agua caliente, entonces le vi. Escurría una esponja blanca sobre su torso. La espuma resbaló rápida por una ladera musculada hasta posarse en su carne firme y encendida. Cerró mi mano por encima del glande, sacudiendo las perlas de jabón.
― ¿La encuentras lo bastante suave? ― me preguntó pasando la esponja por mi hombro.
Cerré los ojos para capturarle, pero se escapó en cuanto los abrí. Me metí bajo el agua, tratando de evocar lo que acababa de ver, antes de que desapareciera para siempre.
Mi vecino Raúl me llamaba desde la brecha de la pared. Me envolví en una toalla y salí molesta del baño.
―Buenos días Palmira. Dejaron esta dirección para ti. ― dijo tendiéndome un papel. Aquí puedes encontrar lo que te han sustraído. Pregunta por Héctor, trabaja en el bar Anestesia Local.
Recuerdo que cuando alcanzó ese punto del sueño, había una ambulancia parada frente a un portal, estaban sacando a alguien en una camilla. Sentí frío en los huesos, como si se hubieran filtrado gotas de lluvia.
― ¿Me está diciendo que nos dirigimos a un bar para recuperar lencería soñada? ― pregunté desconfiado.
El bar estaba en la esquina de una plaza, donde el único ser vivo era un gato raquítico husmeando en unos contenedores junto a la puerta de una peluquería.
Me pareció un lugar poco amigable y la propuse parar el taxímetro y acompañarla en su disparatada aventura.
Había un trapo blanco y un vaso sobre la barra. Nadie estaba al frente del escuadrón de botellas. Las mesas estaban vacías y sucias con restos de patatas fritas y huesos de aceituna. Sólo dos hombres jugaban concentrados en sus cartas, ajenos a nuestra llegada.
―Hola ¿podemos hablar con Héctor? ―preguntó Palmira
El más joven señaló a su espalda a un chico al que le estaban cortando el pelo.
Una alfombra negra se iba espesando a la velocidad de la mano que desbrozaba las oscuras sortijas del muchacho. Su cuerpo inclinado facilitaba el rasurado de la nuca, dejando a la vista la piel adornada por una gruesa cadena con un crucifijo.
Una mujer alta y de piel morena, metió los dedos y acomodó el cabello recién cortado.
― Mucho mejor así. Te queda muy bien cortito.
―Gracias Kimberly. ― contestó él incorporándose.
La peluquera separó la cadena del cuello del muchacho y dio unos golpecitos con una toalla, eliminando pelos adheridos. Después se giró hacia nosotros y con una sonrisa de dientes amontonados tendió la mano a Palmira.
―Hola, soy Kimberley Lacotera. Os dejo con Héctor.
Se fue caminando con pasos cortos en la medida que le permitía la falda entubada, mientras limpiaba con la toalla las tijeras.
―¿Venís por la fiesta? ―preguntó el chico. ― Podéis encontrar objetos muy especiales. Este año, muebles clásicos acomodan piezas íntimas de encaje―nos explicó.
El pasillo era largo y estrecho. Sobre una mesa anaranjada, había una lámpara cubierta por unas bragas burdeos con estelas de flores. La luz se difuminaba a través de la tela, mezclándose con las sombras en cremosas olas rojizas. Avanzábamos despacio rozando cuerpos. Varias personas se apelmazaban alrededor de un arcón de madera. En la oscuridad resaltaban sus manos blancas pescando telas sedosas, teteras y medias de cristal. De vez en cuando se adivinaba un perfil puntiagudo con gesto de testar el valor de la mercancía. Éramos los vagabundos de la fiesta, atrapados en un pasadizo obturado por la codicia.
Al fondo había una estantería repleta de libros, separados por esculturas de ídolos animalescos. La escalera que permitía subir a los estantes superiores, tenía colgada una prenda de lycra negra, con un borde de encaje en el busto y la cintura.
―Ese bustier es mío― señaló Palmira, agarrándome del brazo.
―¿Estás segura?― le pregunté.
―El conductor que viene detrás, se está impacientando. A ver si le perdemos al doblar la esquina.
―Qué historia más fantástica. ¿La creíste cuando te dijo que era su bustier?
―Ella me contó un sueño, ¿qué sabía yo de lo que hacía cuando estaba despierta?
―Continúa, por favor.
Al lado de la escalera, una mujer de larga melena sostenía un libro en sus manos. Los dedos esbeltos terminaban en unas uñas largas pintadas de escarlata, que brillaban embellecidas por la luz de un hermoso candelabro. Cerró el libro y lo dejó con suavidad en la estantería. Era Kimberley Lacotera.
Llevaba un pantalón negro muy corto y una camisa blanca con una cremallera abierta hasta las costillas. Se descalzó y comenzó a subir despacio, apoyando el arco del pie en el centro de cada peldaño.
Empezaron a llegar los curiosos, colocándose en el mejor de los sitios posibles. Una vez en la cima, se deshizo de la camisa mostrando la espalda desnuda, cogió el bustier y dejó colgada su prenda. La piel de su pecho era un poco más clara y los pezones restallaban erectos por el frío. Metió los brazos por los tirantes y cerró el broche.
Sentí que tiraban de la manga de mi abrigo. ―Hay que dejar un objeto para poder llevarse otro―me dijo un enano con bigote y una chistera. Se parecía a Peter Dinklage.
Al otro lado de la habitación un hombre apoyado en la pared me miraba, sus facciones se cincelaban por la luz que entraba a través de la ventana. Inclinó su barbilla. No supe si era un saludo o un gesto accidental.
―Buenas noches a todos, y muchas gracias por asistir al bazar. Va a dar comienzo la subasta. Hemos dispuesto los lotes sobre este maravilloso sofá. Las piezas que no han sido deseadas tendrán una última oportunidad―explicó el enano.
Antes de empezar, sólo un recordatorio: deben esperar el sonido del martillo para comenzar a pujar― añadió, agarrándolo por el mango de madera.
Todos comenzaron a situarse en semicírculos concéntricos, respetando el espacio del maestro de ceremonias.
El sofá estaba cubierto por una tela roja, y sobre ella habían colocado una ensalada variopinta de objetos. En un extremo había un cuadro de un barco pintado al óleo, al lado de una Diana cazadora de porcelana y multitud de lencería. Los ojos se volvían locos tratando de discriminar dónde terminaba un encaje y emergía una transparencia.
Palmira se colocó delante de mí, muy cerca del sofá.
― Este antifaz de seda tiene un precio de salida de ochenta y cinco euros. Fíjense en el estampado barroco. Les conduce a su Versalles particular, cuidando de su descanso. ¡Vamos a subir ese precio señoras y caballeros!
Tras una puja breve, una señora se lo llevó entusiasmada. Yo no tenía ni idea porqué demonios estábamos todavía allí. Pensé que había llegado el momento de decirle a Palmira que me iba.
De pronto Kimberly atravesó el anfiteatro humano, y con una reverencia saludó al público interrumpiendo el curso de la subasta.
― ¡Buenas noches queridos! ¿conocen la colección original Pearl Thong? Les aseguro que es una experiencia exquisita. Permítanme que les muestre― dicho esto, se giró dando la espalda y deshizo el nudo del pantalón, dejando que cayera al suelo.
Las perlas blancas del tanga descendían desde el final de la espalda, perdiéndose en la tajada oscura de su carne. Se dio la vuelta mostrando el encaje abultado por la excitación.
La gente aplaudió acompañando las palmadas con murmullos bullangueros. Coqueta, metió los índices en el elástico, amagando un striptease de vodevil.
―Señoras y caballeros. El tanga de perlas tiene un precio de salida de trescientos euros. ¿Quién se anima? ― preguntó el sacerdote de la puja, pasando la chistera entre los asistentes de la primera fila.
― Trescientos cincuenta― gritó un calvo con una camiseta de Morrissey.
―Trescientos cincuenta ofrece el amante de Los Smiths. Vamos chicos. Pensad que en la vida del objeto hay algo del propietario ― exhortó el hombrecillo.
Kimberly se puso de perfil y dibujando un ocho con la pelvis deslizó la bisutería hasta los tobillos. Como un cisne negro en un ballet subversivo, lo alzó en la punta del pie manteniendo un equilibrio perfecto. Su opulencia de odalisca hacía parecer un llavero al pequeño subastador.
Un pelotón de frondosos barbudos se dispuso frente a ella con las piernas separadas, y con el retardo de un dominó que va cayendo, bajaron sus cremalleras y sacaron sus armas de fuego. Un revólver era acariciado con la desgana de un imprevisto no deseado. Junto a él había una escopeta de cazar conejos, enardecida con el movimiento de retrocarga.
La habitación se volvió un concierto desafinado de jadeos y gruñidos, de humedad condensada por los humores calientes de los francotiradores.
Toqué el hombro de Palmira para despertarla de su enajenación.
― ¿Nos vamos? ― la pregunté.
―De ninguna manera, yo no me voy hasta que consiga lo que quiero― respondió tajante.
El hombre que me miraba desde el otro extremo de la sala vino hacia nosotros. Caminaba muy derecho con las manos en los bolsillos, sorteando a los invitados.
―Buenas noches, soy Ramiro. Es la primera vez que le veo, espero que esté disfrutando del bazar.
―Hola― saludó palmira, dándole un beso en la mejilla. Había una ternura familiar en el gesto.
― Yo me retiro ya― anuncié.
― ¿Tan pronto? Es una pena, se va a perder lo más estimulante― dijo, cogiéndome por el hombro, con la suave firmeza de quien acostumbra a ser obedecido.
― Mi padre solía a llevarme a subastas clandestinas en los anticuarios del rastro―prosiguió. Mi misión era conseguir que me adjudicaran la pieza que había elegido. Si no lo lograba, cuando llegábamos a casa, sacaba su cinturón y me azotaba hasta alcanzar la cifra que me separaba de haber ganado en la puja. Era un tipo formidable.
Salí del bar abotargado. Continuaba lloviendo, corrí esquivando charcos, al tiempo que me subía el cuello del abrigo y me abrazaba en un intento de protegerme. Me crucé con un repartidor de comida que pedaleaba furioso bajo el chaparrón.
La plaza seguía desierta, tan desierta que ni siquiera estaba mi taxi.
―Estamos llegando, es la siguiente calle.
― ¿Qué pasó con tu taxi? ¿te robaron las llaves?
― Fue una madrugada muy larga.
―Me encantaría saber cómo termina la historia.
―Si quieres, puedo parar el taxímetro.
María Bartolomé. Relatos insensatos.
enero 2026
Un pequeño capricho

Sin saberlo, llevaba toda la vida preparándome para esto, las elecciones que hacemos trazan un camino que no alcanzamos a vislumbrar hasta mucho después. Cuando llegué a Madrid comencé trabajando en una boutique de lencería en la calle Fernando VI, era una tienda preciosa con muebles en blanco y grandes espejos. Los probadores recordaban un boudoir, el lugar ideal de conversación con las clientas. Muchos hombres venían en busca de lencería para sus amantes, esposas o para la it girl del momento. Yo estudiaba sus caras jugando a adivinar la naturaleza del vínculo con la mujer a la que iba destinada el regalo. Algunos te pedían con decisión un body con escote en uve o un corsé, otros estaban absolutamente perdidos entre encajes y seda. La tienda ya no existe, ahora hay una floristería.
Este fue mi comienzo en el universo de la ropa interior y allí precisamente, conocí a mi primer cliente de mi otra faceta profesional. Entró en la tienda un sábado por la tarde, cerca de la hora de cierre. Me dio buen rollo de inmediato, no sé decirte porqué, quizá la mirada baja y los hombros encorvados me hicieron pensar que era tímido. Quería un sujetador negro y un culotte, no le entendí a la primera, susurraba y tenía mucho acento francés.
Extendí varios modelos sobre el mostrador con mimo a la espera de ver sí alguno era de su agrado, se decidió por un sujetador de encaje de La Perla y un culotte de talle alto de una firma brasileña. Alabé la elección, me parecía un conjunto muy elegante y pensé que por su retraimiento no estaba acostumbrado a regalar lencería o quizá era para él. Recuerdo que extendí mis manos hacia su torso para recuperar las prendas y envolverlas, todavía las sostenía como si acariciara el plumaje de un polluelo – ¿puedo pedirla algo? – me preguntó con suavidad. Estábamos solos en la tienda, separados por el mostrador y al mismo tiempo enlazados por la súplica de sus ojos. Empecé a ponerme nerviosa y sentí en el estómago la electricidad de los preliminares.
—¿Necesita alguna cosa más? – respondí titubeante
—Me gustaría mucho que se pusiera las prendas que he escogido. Imagino que le parecerá una petición extraña, espero no ofenderla – dijo sonriendo
No soy amiga de hacerme la dama recatada ni pertenezco a la liga anti galanteo. Estaba asombrada por la propuesta y al mismo tiempo sabía que me encontraba ante un acontecimiento decisivo.
Miré a través del escaparate, ya había anochecido, los faroles acristalados alumbraban la calle llena de bares, restaurantes y gente dirigiéndose hacia sus citas del sábado por la noche.
Había llegado el momento de cerrar la puerta por dentro y voltear el cartel mostrando el lado que ponía cerrado. Después de tomar estas precauciones me dirigí a su encuentro curiosa y excitada ante lo imprevisible. Su mirada traviesa bailaba de agradecimiento y eso estimuló aún más mi entusiasmo. Cogí la lencería y entré en el probador. Las mejillas encendidas y una media sonrisa mostrando la parte inferior de mis incisivos se reflectaban en el azogue. Me acuerdo que ese día llevaba puesto un vestido de punto color verde, abotonado por delante y unas botas negras altas, de tacón fino. Corrí la cortina, no quería ser vista antes de tiempo y me apetecía demorarme lo necesario para degustar la diablura que me regalaba el destino un sábado anodino.
No iba bien depilada, es lo que tienen los sucesos inesperados, te pillan como digo yo con la cama sin hacer. Me deshice de las bragas y el sujetador y volví a mirarme en el espejo, el triángulo del pubis tenía el vello desordenado y a medio crecer, como cuando desatiendes unos días el rasurado. Pasé las manos por el interior de los muslos sintiendo la suavidad de la carne blanca hace tiempo acariciada con ternura. La derecha tomó el mando perfilando el borde de los labios cubiertos de pelo negro y rizado hasta la horquilla de la que brota el clítoris. Rocé el glande y los cuerpos laterales prolongando con la yema del índice el recorrido hasta el introito acuoso y caliente.
Siempre encontré deleite en los aplazamientos, en el hambre dolorosa de los anhelos contrariados. Es un castigo que secretamente creo merecer y hasta me refocilo en la aflicción que lo acompaña. A veces la fantasía toma otro curso y me vuelvo mala, emerge un orgullo lastimado en un tiempo alejado e incierto y me apetece resarcir esa vieja laceración.
Una vez colocadas las dos piezas, ajusté el tirante derecho del sostén, descorrí la cortina y salí descalza del probador.
—Está preciosa. —Musitó.
—Gracias, ¿hemos acertado con la talla para el regalo?
—Sí, se ajusta perfectamente.
Caminé hacia el tocador provenzal situado frente al mostrador y me senté en la banqueta tapizada. Me sentía alegre y canalla, manchando de fluidos el culotte de un cliente y poniendo mi culo sobre un mueble de la tienda a una hora más allá del cierre. Podría perder mi trabajo, cosa que me pareció hasta apetecible, se estaba volviendo tedioso y en exceso rutinario.
—Voy a pedirla algo, aún a riesgo de que me rechace.
Un enojo creciente, semejante a la irritación ácida del reflujo, subió desde el pecho hasta la garganta. Su cabeza agachada y sus maneras sutiles de repente me fastidiaban.
—No va a tener la oportunidad de que le rechace, es mi turno. Acompáñame al pasillo de los probadores, después le diré lo qué va hacer.
Me siguió en silencio mientras yo caminaba con decisión, cogía mis botas y me las calzaba mirándole soberbia.
—Quítese la ropa y túmbese boca abajo. Rápido, estoy perdiendo la paciencia.
Obediente se desprendió de la cazadora colocándola con cuidado en el respaldo de la banqueta. Se notaba que estaba muy nervioso, le temblaban un poco las manos al aflojar la camisa y se atascó con el cinturón. De los calzoncillos se deshizo rápido, como de un trámite incómodo y amontonó todo en el suelo. Aún quedaban los mocasines Oxford y los calcetines, parecía un duende acurrucado desatando los cordones con sus piernas peludas y su tronco estrecho y poco musculado, tan solo los glúteos resaltaban como dos globos compactos al final de la espalda.
—No hable hasta que yo se lo diga.
Dócil, ladeó su cabeza hacia mí dejando los brazos a lo largo del cuerpo. Me dirigí al Sinfonier donde estaban colocadas las bragas de encaje da la firma chantelle y saqué un modelo negro de encaje con paneles translúcidos. Sus ojos muy abiertos expresaban inquietud, acentuada por el rápido parpadeo cuando me incliné, y tiré de su pelo extendiendo el cuello en su máxima amplitud y metiendo las bragas en su boca.
Mi móvil empezó a sonar con insistencia al tiempo que caminaba alrededor del cuerpo desnudo, no hice caso de la llamada. Me coloqué en su costado derecho y metí la punta de la bota en el espacio entre dos arcos costales, zarandeando ligeramente En unos minutos la llamada cesó y un silencio denso subrayó el insólito retrato que representábamos.
De repente sentí que Ir un poco más allá era un capricho irrenunciable. Su piel tenía la textura de la carne de gallina y daba la impresión de ser muy sensible. Manchas ovaladas de color rojizo con escamas cubrían parte de los omóplatos, parecía un collage, alternando trozos blancos con otros que recordaban una pila de ladrillos ensuciados por la argamasa de las junturas. Clavé el stiletto de mi bota en el oblícuo del abdomen rasgando hacia arriba, hasta llegar a la parte superior de la espalda. Unos segundos después había una impresión rosada en la epidermis de la que brotaba una hebra de sangre.
Caminé hacia el perchero y saqué del bolsillo de mi abrigo el móvil, tenía ganas de bailar, seleccioné el tema New Invention de Dallon Weekes, una canción con mucha caradura. Regresé junto a él, hundí las dagas negras en el pódium que me otorgaba su lomo y bailé mientras se arqueaba.
Cuando terminó la canción ya no tenía ganas de permanecer en el local, metí mi mano en su boca y saqué la braga empapada de saliva.
—Tienes al diablo dentro, estoy exhausto ¿Podrías darme un vaso de agua?
—Mejor cierra la boca como te dije. Voy a envolver tu regalo, las bragas son un obsequio por la compra. Vístete
Entré en el probador a quitarme la lencería y a vestirme. Eran las diez y empezaba a sentir el cansancio propio del final de una semana de trabajo, tenía ganas de llegar a casa, cenar algo ligero y acostarme.
Envolví con delicadeza las tres prendas en papel de seda, metí el paquete en una bolsa con asas de satén y se lo entregué.
—¿En efectivo o con tarjeta?
—En efectivo
Era la primera vez que cobraba un billete de quinientos
María Bartolomé. Relatos insensatos.
Septiembre 2024
Las Bacantes

—Buenas noches, ¿Mercurio?
—No. Hermes, prefiero los dioses del panteón griego.
— El Dios de la elocuencia y de los ladrones. No iba desencaminado, lo pensé al ver tu caduceo y las sandalias aladas. Por cierto, ¿Dónde las conseguiste?
—Las Sandalias por saxophone y el caduceo me lo ha prestado un vecino farmacéutico.
—Hacía mucho que no te veía por aquí. ¿Qué te sirvo?
—Me apetece un Dry Martini.
—Con gusto.
—He tenido que viajar los fines de semana, ahora estoy más relajado y ésta no me la quería perder, me encanta la mitología. ¿Sabes quién pincha hoy?
—Shag, creo que no le conoces, es el nuevo Dj residente, pinchaba en el phonox en Londres, es muy bueno. Antes de la sesión hay concierto en la piscina, tocan Sweetest Bamboo, un grupo de Soul.
Sacha es mi bartender favorito, impecable con su smoking negro cruzado y su pajarita roja. Me fascina el esmero que dedica al ritual de preparación del combinado. Deposita exquisitamente en la coctelera el Vermut y la London Dry ,añade Manzanilla, lo remueve con la fuerza justa y vierte la mezcla en una copa fría, aromatizada con cáscara de limón. Solemos charlar un rato al comienzo de la velada, cuando no hay demasiados invitados aún.
Desde este ángulo de la cocina me convierto en espectador privilegiado de la escena que discurre en la parte más cálida del salón. Frente a la antigua chimenea francesa revestida en blanco, yace un hombre desnudo con dos cuernos sobre su cabeza. Arquea las lumbares ofrendando sus nalgas al tiempo que lame una flauta travesera. Lentamente, se frota sobre el terciopelo ciruela del sofá entregado a su regocijo. El cascabeleo de una risa anuncia la llegada de Artemisa encarnada en una bella mujer alada, que se acerca cimbreante hasta el sofá e inclinando el torso extrae con firmeza la flauta de la boca del dios Pan.
Traviesa, alza la túnica rosada para montar las musculosas ancas del cornudo y con parsimonia le mete la mitad de la flauta por el culo, después eleva su pelvis engarzando la pieza final del LEGO “Lanzamiento espacial Artemis”.
La mítica Patricia Terracota Sheridan todavía sobria, se manifiesta por la jamba izquierda de la chimenea. Luce un vestido azul añil sujeto por un tirante que oculta sólo el pecho izquierdo. Con un gracioso giro orienta su apetitoso cuerpo hacia la cocina e inicia un sinuoso desplazamiento alcanzando el marco de entrada. Conocedora de la expectación que despierta, prolonga la oscilación de cadera en un baile que parece salir de lo más recóndito del coño. Su cabeza altiva nos desafía. Atrapa la coctelera Boston repleta de hielo del mostrador, y se aleja deslizándose de nuevo hasta la chimenea. Desde allí nos mira insolente. Sacude los hielos aferrando con fuerza los vasos mezcladores mientras sisea shsiii sza sza szu. Seguidamente, acomoda el objeto sustraído en el suelo contemplándolo enajenada, hinca sus rodillas a ambos lados del fetiche, se quita las bragas mínimas color índigo y arremangándose el vestido orina golosa en la coctelera.
Como un pintor renacentista estudio el escorzo de la naturaleza viva desplegada ante mis ojos. El estrépito de la lluvia y las voces en sordina de los invitados recién llegados me devuelven de nuevo a la fiesta mientras busco señales de presagio en los actos revelados.
—Espero que pare de llover. En una hora empieza el concierto, los músicos acaban de avisar que están aparcando – me comenta Sacha, ocupado en escarchar el cóctel de un probable Orfeo con una lira en una mano, y una Eurídice asiática en la otra. Su voz familiar parece arrancada de un episodio onírico. El suceso observado en el salón evoca la deformación de los sueños. Froto mis ojos buscando en la chimenea a la voluptuosa meona sin éxito. No hay rastro del cortejo ditirámbico.
Aerolíneas Erótika se encuentra en un lujoso adosado de cuatro plantas situado en Puerta de hierro, un arquitecto alemán vivió allí hasta finales de los noventa. Conozco los detalles porque soy amigo del dueño del club e invitado habitual de las fiestas temáticas que se organizan mensualmente.
La entrada recuerda a los edificios victorianos londinenses, fachada festoneada de grandes ventanales en la primera planta y coquetos balcones en el resto de los niveles.
En la planta principal hay un salón de doble altura embellecido con una pared de cristal desde la que puedes contemplar la piscina de arena sobre terreno inclinado. Adrián ha sabido aprovechar la mezcla de estilos del arquitecto iconoclasta, combinando el clasicismo del salón con el palisandro de la cocina que prolonga la estancia.
La escalera helicoidal de mármol blanco conduce a cada piso y es uno de los elementos más elegantes del club, los invitados se apoyan en el barandal disfrutando sus copas.
Para entrar en el dominio es preciso el atuendo indicado y la contraseña, este sábado la indumentaria obligaba evocar un personaje mitológico y la clave de acceso enviada por medio de un link era “tus deseos son órdenes para mí”.
Son celosos en el cumplimento de las normas, para contactar con desconocidos debes cabecear y sólo puedes acercarte sí te dan permiso, todo debe ser consensuado. Las drogas están prohibidas con excepción del alcohol y la salida del club no puede ser más allá de las diez de la mañana.
Tras el aguacero la banda instala la mesa de mezclas, los altavoces, cables y micrófonos en la terraza. La ronca voz de Leocadia Finisterre entonando I´ve got a Crush on you se escucha amplificada comprobando la acústica. Alrededor de la piscina los invitados se van agrupando deseosos de que empiece el concierto del grupo gaditano habitual en el Primavera Sound desde hace unos años.
—Buenas noches, es un placer estar con vosotros en este maravilloso círculo – saluda Leocadia sonriente – hemos comenzado con un poquillo de incertidumbre por el chaparrón. Por suerte los restos de lluvia se han evaporado y aquí estamos dispuestos a disfrutar y bailar mucho estas horitas. Os presento a mis compañeros :Nico castaño al contrabajo – señala con un grácil movimiento de muñeca al músico a su derecha – , Luca Torralba y su saxo, Iván Santiago en la batería y yo soy Leocadia-
Los invitados aplauden entusiasmados y un poco achispados por los elixires de Sacha. Cuatro griegos sin sandalias platican sentados en el borde de la piscina remojando sus pies y la tela blanca de sus himationes. El jolgorio de tres ninfas correteando desnudas con purpurina violeta en las areolas, capta la atención de un sátiro barrigudo que emprende un trotecillo animalesco hacia ellas, el efecto es desternillante y un poco grotesco, su pene fláccido se mueve de un muslo a otro como un péndulo alocado.
—Comenzamos con uno de los temas más especiales de nuestro repertorio: “Pale moon on the roof”, espero que os inspire- casi susurra Leocadia al tiempo que dibuja con la mano el contorno del micro vintage.
Un treintañero rubio ataviado con una túnica roja se pasea entre la hermandad mitológica con una charola negra ofreciendo licores, su muñeca mantiene un ángulo perfecto para equilibrar las bebidas que peligran ante los cuerpos danzantes.
Viene hacia mí servicial, mostrando la variedad de tragos y canapés.
—¿Le apetece tomar algo? es el invitado más mesurado de la fiesta.
Todavía no he terminado mi copa, elijo un canapé de salmón.
—Muchas gracias Ganímedes. —Le respondo con una sonrisa ante su cara de extrañeza por la forma de llamarle.
—¿Ganímedes? —Repite asombrado.
—Ganímedes es el escanciador de los dioses del olimpo —le explico . —Labor que desempeñas esta noche, repartir alcohol entre deidades, supongo que con tanta afluencia de invitados Sacha necesita ayuda.
—Me llamaron la semana pasada, ya he trabajado en este club en otras ocasiones, te pagan bien, la música es buena y te dejan a tu aire currando – responde devolviéndome la sonrisa .
Continuamos conversando un poco más y coincidimos en que la selección de los invitados y la discreción hacen diferente este club de otros espacios liberales. Mastico despacio el canapé escuchando The Ghetto en la voz rota de Leocadia, que se ha transformado en la musa de la tragedia y cubre su rostro con una máscara teatral. Las oscilaciones de su carne enfundada en un vestido plateado titilan acompasadas y me parecen un siniestro acertijo.
La luna con su forma de guadaña galvaniza la noche, pareciendo que en lugar de alumbrar ocultara designios secretos. Mientras, los focos de la piscina brillan acentuando la irrealidad del momento. Me abro paso entre criaturas quiméricas y diosas del olimpo buscando mi cenicienta cachonda.
Un hombre descalzo con cabeza de Pegaso avanza hasta colocarse frente a mí, sus ojos vacuos traspasan mi rostro, seguidamente golpea con su codo puntiagudo mis costillas y suelta un relincho. EL dolor me quiebra, caigo afligido y desconcertado, al tiempo que contemplo al caballo alado mojando sus crines en el azul de la alberca antes de que todo se apague.
Una violenta arcada me despierta, lo primero que veo es el papel barroco con ornamentos brillantes de una pared desconocida. Parpadeo con fuerza como si el movimiento ocular me ayudara a descifrar qué me ha llevado hasta ahí. Estoy metido en una cama ajena, arropado con una manta muy fina. Tengo frío y al incorporarme siento un dolor punzante en el estómago y en las costillas.
—Vaya susto nos has dado, ¿cómo te encuentras?
El rostro de Sacha me tranquiliza, se acerca a la cama con una taza de café y un plato con un croissant que deposita en el velador contiguo junto a una lámpara jaspeada. Su presencia suscita imágenes estrafalarias, no sé bien si son recuerdos o fotogramas inventados que rápidamente pasan a un fundido en negro.
—Estuviste un buen rato inconsciente cerca de la piscina, se dieron cuenta los cuatro invitados que iban vestidos con toga blanca. Pensamos llevarte a urgencias. Por suerte abriste los ojos y balbuceaste algo que no entendimos, decidimos acostarte.
—Tengo la cabeza un poco desordenada, es mejor que me vaya a casa y descanse. Gracias por el desayuno.
Sacha sale de la habitación discretamente cerrando la puerta con cuidado. Agradezco quedarme solo, no tengo ganas de conversación. Me levanto de la cama dispuesto a calzarme y salir al espacio exterior. La luz cenital que penetra desde la claraboya proyecta mi sombra en el suelo como la penumbra de las horas no recordadas. Con apremio busco mis sandalias en el cuarto, miro bajo la cama y no las veo. La irritación mezclada con el cansancio, desatan movimientos ineficaces de correteo y gesticulación en cada recodo del cuarto. Un sabor a berrinche infantil se instala en mi garganta y golpeo con los nudillos la puerta del armario lacado en blanco situado frente a la cama. Sin demasiada convicción abro las puertas abatibles y mis ojos tropiezan con un objeto plateado: La coctelera.
La frialdad del acero en mis dedos evoca el chorro dorado de Patricia. Imagino que es caliente y levemente caustico. Súbitamente aparecen pasajes de la noche anterior que me ayudan a reconstruir los hechos.
Separo el metal del vaso mezclador y me acerco esperanzado el recipiente. Un fluido amarillo pálido reposa en su fondo. Glotón lo arrimo a mi nariz, huele vagamente a cilantro y me entran ganas de añadir una rodaja de limón.
La imaginación es el perturbado habitante de la casa que es nuestro cuerpo, cuando digo perturbado lo hago con el mayor de los respetos, es precisamente en la alteración de los significados establecidos dónde encontramos el sentido de nuestra épica. Beberme las emanaciones de la procaz meona era algo decidido, representaba un acto de transición hacia un nuevo estado. Al tiempo que me parecía una idea disparatada, percibí coagulado en un instante todo el tiempo que había perdido.
Compruebo que tengo el móvil y las llaves en el bolsillo del pantalón, entro en el baño y me siento en la taza a orinar y vaciar mi intestino ruidosamente de heces acuosas y gases, después arranco un trozo de papel higiénico blanco con dibujos de tulipanes, es tan suave que más que limpiarte te acaricia el ano como un guante de terciopelo. Por curiosidad miro la marca inscrita en el borde por encima de la línea de puntos: Charming Ultra Soft.
La casa está completamente en silencio, salgo de la habitación y bajo por la escalera hasta alcanzar el piso inferior, entro en la cocina y sin soltar mi cofre abro la nevera. Hay restos de queso y canapés en un plato, un tarro de mostaza, unos arándanos y en un pequeño cuenco unas rodajas de limón.
Excitado cojo un par de rodajas y las dejo flotando en el líquido ambarino, remuevo suavemente la coctelera, separo mis labios y llevo hacia el umbral de mi boca el insólito brebaje. Desciende cítrico y frío lamiendo la mucosa de mi garganta horas después de mojar la vulva y el interior de los muslos de una sátira integral.
La verja de salida está abierta, abandono la casa que bajo la luz diurna se me antoja inquietante. Quizá el contraste entre su aspecto ordinario y el artificio nocturno agitan dualidades hostigando mi corazón.
María Bartolomé. Relatos insensatos
Septiembre 2024
Absenta

Una noche de aquel otoño aterrador la distinguí en la lejanía, cerca de Bond Street. Es fácil reconocerla, se desplaza con la indolente cadencia de un felino. Proyectando el pecho hacia adelante, al tiempo que imprime una llamativa oscilación de cadera. No es intencional, su pierna izquierda es más corta. Esa deformidad la convierte en una mujer ondulante.
Con un apresurado balanceo, cruzó la calle hacia la hilera de calesas dispuestas en el borde de la acera. Al inicio de la fila, dos cocheros charlaban alumbrados por las lámparas de gas. La temperatura era muy agradable para lo avanzado de la estación y de la hora; hacía un buen rato que sonaron las campanadas que anuncian la media noche en la abadía.
Acerqué mis pasos guardando la distancia necesaria, con la cautela de un espía. Deseaba estar más cerca. Observar sus gestos y adivinar el perfil de su rostro tras el velo del tocado. Unos guantes burdeos cubrían más allá del codo, la blancura de una piel poco expuesta. Su mano derecha sostenía un pequeño bolso, redondo y coqueto, adornado con una pluma ocre. Con delicadeza, alzó la falda para no tropezar al entrar en el carruaje. El sonido metálico de la portezuela, resaltó en el silencio de la noche. Una vez acomodada, la fusta en el costado del caballo dio la orden de salida.
No recordaba la fecha exacta en que nos vimos por última vez, hace dos años quizá. Siempre en recepciones concurridas que impedían mantener una conversación lo bastante prolongada como para conocerla.
Dejándome llevar por el impulso, fui hacia el chofer disponible y le indiqué que siguiera al carruaje, aún no había alcanzado la esquina.
Me recosté agitado, escuchando el eco de los cascos contra los adoquines y la fuerza de mis latidos. La noche había tomado otro rumbo. Saqué del bolsillo del pantalón la carta que me había llevado a ese distrito:
Siempre me invade la desgana cuando se trata de George y sus colegas del periódico. La estupidez y el necio sadismo con que escarban los vertederos me repugnan. Les gusta la carroña, pero no entienden nada. En el último momento, un resfriado me sirvió de excusa para librarme del mausoleo que me proponía. Dediqué la tarde a visitar la exposición de cuadros de un viejo amigo, y después, en el crepúsculo, me abandoné a los encantos de la ciudad.
Estimado Jack, después de tanto tiempo sin tener el placer de su compañía, me encantaría que asistiera a una cena en mi apartamento el 18 de noviembre a las ocho. Será un verdadero placer tenerle entre mis invitados.
La dirección es bond Street 53.
Le espero.
George
Desde el interior del carruaje, presencié la mudanza del paisaje urbano. Atrás iban quedando los elegantes adosados y la exuberante espesura de Hyde Park.
A medida que nos alejábamos; los ladrillos cenicientos, la basura y las ratas, pasaron a ser los protagonistas de la calle. Todavía recuerdo la súbita pestilencia de las cloacas al doblar un recodo. El hedor de los animales muertos y los excrementos obligaron a taparme la nariz evitando el vómito.
Con brusquedad el chofer frenó, habíamos llegado al destino. Me bajé rápidamente y le pagué. Apenas había iluminación, tan solo los candiles de algunas casas resplandecían a través de las ventanas. El taconeo de sus botines guiaba mis pasos.
Caminaba erguida, esquivando los tramos de pavimento embarrado. Un anciano hurgando en la alcantarilla, volteó su cara hacia ella soltando una carcajada desdentada. La oscuridad le daba la apariencia estremecedora de los que no tienen nada que perder.
Por fin llegamos a un corredor con farolas adosadas por brazos de hierro a las paredes. Estábamos muy cerca, es posible que me escuchara a su espalda, pero durante el trayecto nunca se giró.
Me sorprendió la seguridad con que transitaba lo más sombrío y desolado de la ciudad en aquel período fatal. Mostraba una libertad de movimiento en un espacio mugriento, contradiciendo la limitación que le imponía su cuerpo.
De pronto se paró, una porquería se había enganchado en el borde de su falda. Se puso en cuclillas para desprenderla y yo ralenticé mis pasos. Desde su nuca me llegó el olor de un perfume floral.
El pasadizo desembocaba en una calle de establecimientos alimentarios y casas modestas. Al lado de una librería, el rótulo verde “The green priestess,” junto a unas espirales enroscadas en el interior de una botella, pretendían incitar la ceremonia del alcohol.
Esperé a que entrara en el local y me demoré media hora, tenía ganas de fumar. Las caladas breves y espaciadas bajaron un poco la excitación, y el sabor del tabaco me conectó con una forma de placer sobria.
Después de este pequeño deleite, vacié la pipa, limpié el ámbar de la boquilla y entré.
El olor a sudor que rezumaba la atestada barra, me golpeó la nariz como un gancho de boxeo. Todas las mesas estaban ocupadas por parejas ruidosas bebiendo cerveza despreocupadamente. Las volutas de humo se concentraban, dibujando un visillo gris semejante a la bruma. Recorrí la sala con la mirada rapaz, buscándola. Por fuerza tenía que estar dentro. No la vi.
Me hice un hueco al final de la barra, al lado de una puerta con un letrero que ponía “privado”.
—¿Qué va a tomar caballero? —preguntó el tabernero, mirándome con desprecio. Mi aspecto de flaneur desentonaba en aquel ambiente.
—Una Old Tom, por favor —respondí seco.
—Hey, chicos, ¿Qué tal una canción para recibir al invitado? —vociferó socarronamente un borrachín pletórico.
Las risotadas burlonas y los aplausos le enaltecieron, y zigzagueando, logró sentarse al órgano situado en el fondo del local. Tocó algo irreconocible acompañado de unos graznidos, que parecían salir del gaznate de un cuervo que estaba siendo estrangulado.
Aproveché la distracción que me otorgaba el esperpento musical y empujé la puerta prohibida.
Al fondo de un pasillo oscuro, una luz anaranjada se filtraba por debajo de una puerta. Lo atravesé hasta alcanzar el fulgor y sin detenerme entré. Había un candelabro sobre una mesa central. Parecía el camerino de un café teatro. De un largo perchero colgaban vestidos de colores y una boa blanca de plumas. Sobre el tocador, la cabeza de un maniquí con pestañas postizas, varias lacas de uñas y una barra de carmín, me acercaban a la intimidad de la mujer que se acicalaba frente al espejo.
Quité la tapa del carmín y lo giré haciendo que emergiera la barra roja y brillante, a continuación, me miré en el espejo y sujetándolo entre el índice y el pulgar, me pinté los labios y lo volví a dejar en su sitio. Tenía el aspecto de un payaso de vodevil. Probé una sonrisa sardónica y luego me limpié con el dorso de la mano.
Junto a la entrada, un armario de dos puertas bastante vulgar rompía el exotismo de la estancia, pero todo mejoraba en la pared de enfrente. Había un busto de madera con un corsé violeta, cerrado con corchetes. Le habían colocado una peluca dorada con rizos.
Lo más fascinante se encontraba al lado del busto: un exquisito biombo tallado en caoba, con paneles de seda translúcida sobre los que estaba dibujado un dragón chino. Por detrás, sobre una balda, había una palangana.
De pronto escuché su voz grave y el sonido del picaporte. La acompañaba un hombre. Con rapidez me oculté tras el biombo.
Mi corazón retumbaba en el pecho como un animal enjaulado, comenzaba a sentir la boca seca y los músculos entumecidos. La adrenalina siempre tiene un sabor metálico en mi boca, igual que la sangre. Con la punta de la lengua toqué el labio inferior, me había mordido. Presioné con fuerza mi mano sobre la herida, y puse todos mis sentidos en lo que estaba ocurriendo.
—¿Dónde dejo el sombreo y la chaqueta? —preguntó él, al tiempo que echaba una ojeada a la habitación.
—Lo primero de todo el sobre —respondió, ofreciendo su mano enguantada.
—Por supuesto querida. Aquí lo tienes.
Sin dilación, lo abrió y contó los billetes. Con un gesto afirmativo, señaló la banqueta del tocador. —Toma asiento por favor, en un instante empezamos.
Devolvió los billetes al sobre y lo metió en su bolso. Extrajo dos elementos que no pude ver bien desde mi escondite y los depositó sobre el tocador. Me parecía que todo discurría con lentitud, como si los actos se fueran congelando conforme sucedían. Es probable que mi inmovilidad de estatua y el control de la respiración provocaran esa sensación, casi alucinatoria.
—Ponte cómodo. Puedes dejar el sombrero y la chaqueta en el perchero. Descálzate si te apetece – Le indicó, mientras se desprendía del alfiler que sujetaba el tocado, descubriendo su cabeza. Después se quitó los guantes, tirando despacio de los dedos, estaban muy ajustados y costaba sacarlos. —Bonito agujero, tiene clase. Me gusta mucho el dragón —comentó el tipo en un alarde de cortesía. Sin el sombrero de copa parecía más joven de lo que había calculado al escuchar su voz. Me resultó arrogante.
—Es un regalo, el dragón en la cultura china se relaciona con la buena fortuna —le explicó.
Ella comenzó el ritual sin prestarle atención. Sacó del armario una copa alta cónica, una botella de absenta, y un recipiente con algo blanco. Dejó todo sobre la mesa.
—¿Qué es eso blanco?, parece azúcar.
—Es azúcar. Ya tengo casi todo lo que necesitamos, solo falta una cosa.
Se acercó al tocador. Cogió uno de los elementos que había sacado del bolso: algo metálico, plano y fenestrado, acabado en punta.
Lo colocó sobre el borde de la copa y depositó con la mano una colina de azúcar, después, con mucho cuidado, vertió el líquido verde de la botella a través del metal, empapando el montículo blanco.
—Bebe, es muy especial —dijo tendiéndole la copa.
—Gracias. ¿No vas a acompañarme?
—No. Mi trabajo es darte placer.
Lentamente, se bajó la falda y la colgó en el biombo, y con elegante calma, desabrochó la camisa dejándola al lado. Llevaba un corsé estilo Balconette color crema, que descubría sus senos pequeños y redondeados hasta justo un centímetro por encima del pezón. Sin la ropa, la asimetría de su cuerpo es más evidente. El hombro izquierdo cuelga desnivelado, dándola una forma trapezoide. Es hermosa.
Sólo una capa fina de seda nos separaba, casi podía tocarla. Me agaché para ocultar mi sombra.
El resquicio entre los paneles me permitía mirar.
Tumbada de espaldas sobre el suelo, desató los lazos de la enagua, descubriendo la grieta roja que ofrecía descarada e impúdicamente su embocadura. Él hundió su cabeza degustando con morbidez la lisura de cada pliegue, mientras ella ascendía la pelvis exigiendo que rellenara su gruta.
Al cabo de unos minutos de lamerla con avidez, sintió sus espasmos en la boca, y al retirarse el rocío de su coño empapaba la barba y la punta de su nariz fina y larga.
—Todavía hay tiempo. Te preparo otra copa y seguimos —le dijo mirando sus pupilas, con las mejillas encendidas.
—Por supuesto. Será un placer. Puedo beberlo directamente de tu cuerpo —respondió, jugando con los remolinos del pubis de vello negro y espeso.
Con la copa en la mano, fue hacia mi encuentro. Me sentí turbado al darme cuenta que ella sabía que los observaba. Su piel blanca y pecosa hacía un fuerte contraste con la oscuridad de unos ojos que nunca se achinan por la sonrisa.
—Déjate seducir por la copa, Jack —le dio un sorbo y me la ofreció.
Se arrodilló rebuscando con destreza entre la ropa hasta tomar el miembro tenso y cálido. Me arrebató la absenta, y sin contemplaciones, metió la verga dentro del líquido esmeralda. Su muñeca se inclinaba hacia los lados para mojar bien todo el recorrido. La piel se impregnó por completo de alcohol.
Entonces, una vez bien empapado, enroscó la lengua en el tallo, como una pitón al tronco de un árbol y me engulló.
Abrí mucho los ojos, forzándome a salir de la ensoñación.
La vi acercarse a la mesa desde el tocador con algo que parecía una pipeta. Puso unas gotas de líquido incoloro en la copa que reposaba sobre la mesa,.
—Este ingrediente te sacudirá con fuerza —le explicó, ofreciéndole de nuevo la bebida.
—Me estás asustando, ¿qué es? —preguntó riéndose.
—Un aderezo que añade propiedades fantásticas.
—¿Qué clase de aderezo?, Lady misterio.
—Es un alcaloide que procede de la corteza de una planta. Prueba —insistió.
No estaba convencido del todo, tenía los ojos ensimismados, sopesando. Aun así, aceptó la propuesta. Tomo el cáliz y bebió un largo sorbo, manteniendo el líquido en la garganta unos segundos antes de tragar.
—Tiéndete, vamos a pasarlo bien- ordenó ella, cogiendo la copa de sus manos.
—Quiero besarte —la dijo, mientras agarraba su cadera. Ella se zafó retrocediendo, sin dejar de observarle.
En unos segundos la cara del hombre se deformó en una mueca horrible. Llevó su mano crispada a la garganta, y cayó al suelo agitando las piernas y arqueando la espalda en una contorsión endemoniada.
Su rostro se había vuelto púrpura, y la lengua rígida asomaba por una de las comisuras. Los espasmos se fueron espaciando hasta que el cuerpo inmóvil dejó de respirar.
Cuando todo había cesado, por primera vez, la vi sonreir. Cogió el instrumento metálico y seccionó el cuello de un extremo a otro. Una sábana espesa manchó la piel rebanada, derramándose en un charco que tiñó de rojo el suelo.
María Bartolomé. Relatos insensatos.
Octubre 2024
You can Leave your Hat On
Como en una galería de espejos, el deseo se refleja desde diferentes ángulos. El relato que viene a continuación trata de esa cualidad reflectante; la historia desde otra voz y con otra temporalidad narrativa

En unas horas un barco me llevaría muy lejos de esta ciudad. Me dirigía “Hacia cero”, el punto sin retorno.
El charco brillante se transformó en una densa laguna granate. Había un par de manchas en la pared junto al cuerpo. Tenía la belleza hipnótica de las naturalezas muertas.
Pequeños coágulos salpimentaban su herida, como las cuentas de una gargantilla adornando el cuello. La sangre sobre su torso , conformaba un clarooscuro en la penumbra escasamente alumbrada por las velas. Era mi obra de arte, transformar el cuerpo llevándolo de la exaltación a la quietud.
Abrí un cajón del tocador y saqué un pañuelo para limpiar el arma escrupulosamente, como un pintor con sus pinceles más preciados, y lo dejé sobre la mesa. Las salpicaduras de mi pecho, se habían solidificado en forma de grumos, y al frotar con vigor, la piel fina, enrojeció.
Su sombrero colgaba del perchero. Un modelo negro de seda muy elegante, que probablemente estrenó para la ocasión. Su visión me trasladó unas horas atrás, cuando llegó al pub, con la inocencia disfrazada de soberbia en una juventud poco experimentada. Lo cogí colocando las yemas de los dedos en las alas, con los codos apuntando hacia los lados y me lo puse. Deseaba contemplarme ataviada solo con la prenda; caminando hacia el espejo.
Mi pierna izquierda se arrastra un poco más de lo normal. Tardé mucho tiempo en aceptar que el dolor y una fatiga densa, me azotarían con dureza en los cambios de estación. Esa noche estaba siendo soportable. La cojera se volvió una danza cimbreante y me sentía bella sin la escaramuza de la ropa.
—Julia, querida, ¿puedo entrar? —la voz de Ewan y sus nudillos en la puerta, me sacaron de mi vanidoso arrobo. Imaginé que estaría impaciente y eso me complacía.
—No, todavía estoy ocupada
—De acuerdo. No olvides pasar por la barra a despedirte
Sonaba a advertencia. No quería que me fuera sin pagar el alquiler del cuarto.
Sería la última vez que haríamos negocios. También era la última oportunidad para Jack, que seguía en el único escondrijo del cuarto. Estaba demasiado asustado para amarme.
Pasé la palma de la mano por las piernas. El vello estaba empezando a salir, sobre todo cerca de las rodillas. Aún no era muy evidente, pero pinchaba al tacto.
Cogí la botella de Absenta y vertí el líquido sobre las piernas haciendo círculos. Con suavidad, tensé la piel y con el borde del metal rasuré los pelos fuertes y negros que habían brotado en caóticos rodales. Una hebra de sangre permanecía pegada en el filo.
Antes de salir de casa aquella noche definitiva, pensé en todas las cosas que dejaba atrás. No planifiqué meticulosamente lo que iba a hacer. Hay que contar con el azar, siempre se inmiscuye.
Indiqué al cochero una dirección un poco alejada del Pub; no me interesaba que supiera el destino exactamente
—¿Está segura de la dirección?, eso queda en Whitechapel. —Me preguntó inquieto.
—Si. Estoy segura y tengo prisa. —Miré al otro lado de la calle antes de subir al carruaje y vi a Jack. Es curioso, la suerte siempre nos cruzaba esquivándonos.
Habíamos coincidido en reuniones de amigos comunes. Un saludo desde el otro extremo de la sala era nuestro lenguaje, la invitación hacia algo que nunca llegaba a ocurrir. Encontrarle de nuevo, se convirtió en una ilusión violenta , sofocada con cada decepción.
El deseo, restalló incómodo e inevitable. Comprendí que ese fuerte displacer era el goce que tanto tiempo llevaba buscando. Huía de los placeres baratos. Precisamente , ese gusto por los márgenes es lo que me llevaba a franquear el otro lado de la noche.
Cuando me bajé del carruaje, la calesa que nos seguía frenó abruptamente a lo lejos. Pagué al cochero que permanecía inquieto, y me adentré en los laberintos callejeros.
Los pasos de Jack resonaban contra el pavimento de las calles vacías. Le sentía detrás, como un ángel caído a la espera de su momento. Jugábamos al ratón y al gato, pero, ¿quién era el ratón y quién era el gato? De pronto dejé de escuchar sus pisadas. Crucé la calle, había llegado a The green Priestess.
Entré en la concurrida taberna y saludé a Ewan con una inclinación de barbilla. El recodo de la derecha de la barra, estaba ocupado por un grupo de hombres bebiendo sus pintas de cerveza y conversando. Un pelirrojo muy pálido, hablaba excitado; sin duda llevaba ventaja en la velocidad de los tragos. Ese ángulo es el lugar idóneo para aguardar sin ser vista. La camarilla, absorta con la cháchara, no se percató de mi presencia. Me coloqué detrás de ellos, sentada en la silla junto a la pared.
El joven me esperaba bebiendo al fondo de la tasca, muy cerca del órgano. De vez en cuando sus dedos largos y delgados tamborileaban sobre la madera como siguiendo una canción interior. No me acercaría hasta que hubiera vaciado su vaso; así, no habría demora en el saludo. Hice tiempo frotando con las uñas una mancha marrón en el dobladillo de la falda. Algo pegajoso se había adherido.
La puerta se abrió, y con ella entró una ráfaga de frío. El pelirrojo se subió las solapas del abrigo y dio un trago largo. Su nuez, desmesurada para un cuello de avestruz, ascendió con el buche. Luego, chasqueó la lengua de un modo repugnante, dejando ver un filamento de saliva que se estampó en la mejilla de su interlocutor.
Jack se adentró como el forastero que se encuentra en una ciudad hostil. El rostro parecía reflejar que el humo y el olor a sudor, ensuciaban su elegante traje de una humanidad muy alejada de su naturaleza. Volteó la cabeza en todas las direcciones posibles, buscándome en las mesas y entre los clientes apostados en la barra. Hubo un instante de titubeo, hasta que se acomodó en el extremo más alejado del local.
Los acontecimientos se enredaban conformando un escenario más complejo, pero sin duda ganaba en interés.
Saqué del bolso un espejo para comprobar mi aspecto. Me había maquillado como siempre: con cuidado y mucha pereza. Hoy no me sentía hermosa. Mi cutis tenía una tonalidad mate, debido al insomnio y la abulia de los últimos meses. Tan solo un rescoldo de la belleza de antaño, reverberaba tenue en los pómulos.
Levanté la vista, Jack había desaparecido de la barra. El joven continuaba bebiendo, sus pies marcaban el ritmo de Amazing Grace. Un borracho estaba destrozando la canción con ladridos agudos y golpes en el órgano. Era el momento de acercarse.
—Buenas noches. ¿Me acompañas?
—¿Julia?, preguntó mirando con extrañeza
—Sí. Puedes acabarte el vaso en un lugar más agradable. Sígueme.
Se levantó de la silla con la elasticidad de un muelle. Me entraron ganas de reír. Parecía un niño larguirucho que había pegado un estirón por la fiebre y se le había quedado corto el pijama.
—No te imaginaba así. —Dijo con impertinencia.
Ignoré el comentario y le hice una seña con la mano para que nos pusiéramos en marcha.
Abrí la puerta que ponía privado, al final del bar. Me siguió en silencio por el pasillo. Al fondo, la cálida luz que asomaba bajo el resquicio de una estancia, se obturó unos segundos por la sombra de un espectro. Jack estaba dentro.
No me detuve, tiré del picaporte y nos metimos en el cuarto. Conservaba el aspecto de la última semana después de la actuación. La boa de plumas descansaba en el perchero con los vestidos y en el tocador estaban mis lacas de uñas.
—¿Dónde dejo el sombrero? —me preguntó receloso, cuando en realidad quería saber dónde demonios se encontraba.
—Lo primero de todo el sobre. —Respondí firme.
Me lo entregó, añadiendo alguna lindeza prescindible. MI actitud fría, resaltó la naturaleza comercial del encuentro, sin la impostura ante el embeleso masculino.
Conté los billetes con las manos enguantadas, asegurándome que pagaba por el servicio completo.
—Puedes dejar el sombrero y la chaqueta en el perchero. —Le indiqué, pensando que estaría mucho más atractivo dejándose solo el sombrero.
—Estás muy delgada. Dijo por decir algo. Le incomodaba el silencio.
—Me alimento en comedores sociales. Las filas son largas y cuando me toca, casi no hay nada en el puchero. Tenía muchas ganas de abochornarle, era idiota.
Inicié la liturgia del hada verde poniendo mucha atención a todos los detalles. saqué del bolso una cuchara metálica, afilada y fenestrada para filtrar la absenta. Con el primer vaso, las cosas parecen ser como uno desea, después… nadie sabe lo que puede acontecer.
Éramos tres en la habitación, y yo manejaba con la habilidad de un prestidigitador la expectación de los dos hombres.
Jack se agazapaba en mi pequeño teatro de sombras chinescas: un biombo con un dragón rojo. A algunos hombres les gusta que juegue con la silueta a través de la tela. Jack contaba su historia proyectándose en la mampara. La historia de un placer clandestino que se apropia de la voluptuosidad de otros.
Se agachó tembloroso, con la codicia de un mercader fenicio. Esperando.
Ofrecí la copa de absenta al joven y me desprendí de la ropa despacio, con un ejército de libélulas en mi vientre, semejante a una ilusionista en un teatro demorando el truco final. La falda y la camisa colgaban del biombo resbaladizas. Casi podía tocar a Jack. Sentía su respiración contenida y sabía que no uniría su carne a la nuestra; del mismo modo que prefería desearme en la distancia de las calles oscuras.
Me tumbé en el suelo con las piernas muy abiertas ofreciendo mi carne esponjosa y mojada para que me atravesara con sus hambrientos ojos.
El joven se esforzaba, mientras yo imaginaba mi pulpa roja licuándose hasta dejar un estanque cristalino en el suelo.
—Todavía hay tiempo. Te preparo otra copa y seguimos. —Le propuse.
Por supuesto aceptó. Después de un pequeño silencio, tras disipar sus dudas, tomó de nuevo la copa entre sus manos con la actitud de un mártir involuntario. Añadí unas gotas de un ingrediente que aceleraría la noche en una espiral impensable.
Sólo tuve que aguardar unos segundos, su cuerpo casi adolescente comenzó a sacudirse violentamente con los ojos vueltos hacia arriba. La lengua asomaba fuera de la boca en una burla siniestra al tiempo que se orinaba encima.
Una vez dejó de respirar, abrí su cuello con el filo del metal. La herida manaba tranquila, desaguando en un delta de sangre que se iba coagulando despacio.
Miré con enojo la mancha ocre extendiéndose sobre la superficie. Como tantas veces, Eric había vuelto a derramar el café, arruinando mi calma en el desayuno. Es descuidado para los pequeños detalles, y es justo en esos gestos donde nos desvelamos.
Por supuesto ignora mi vida de repuesto en el otro lado de la ciudad. Después de una década, nos habíamos alejado. La conexión se fue deshilachando como un suéter mal tejido, hasta que un día había tantos agujeros que no abrigaba nada. Sosteníamos una convivencia mecánica, que estimuló en mí, una sed feroz largamente contenida.
Estábamos en la terraza, el día lucía formidable. Comentó con ligereza que tenía una conferencia en Cambridge. Regresaría al día siguiente.
Después del segundo café, se despidió con amabilidad y sin demasiados dispendios. Sentí la indiferencia acostumbrada.
No nos volveríamos a ver. Salió por la puerta sin saberlo, en busca de sus paraísos urbanos.
Hace dos años, fui a ver ¨El Cascanueces “al Covent Garden. Desde mi palco descubrí a mi esposo acompañado de una mujer morena. Eran discretos, pero la oquedad entre sus cuerpos hablaba de la intimidad que habían alcanzado.
Los observé a la salida del teatro. Eric rozó levemente el dorso de su mano y ella le miró cómplice. Entonces la reconocí. Creo que en una recepción alguien la llamó Martha.
Les imaginé fornicando en el sofá de un elegante adosado; él encima de ella, mientras yo le azotaba las nalgas con una paleta de madera para que empujara con más fuerza.
Bajo su cuerpo de gran dama había una furcia de proporciones mayúsculas, abriendo su sexo en una entrega total. Eric la colocó como una perra en el suelo, se quitó el anillo del índice y se lo metió por el coño. Sentí mucha envidia de sus ojos líquidos; parecía la exuberante muñeca de un cartel modernista, gimiendo al sentir la lengua en su pozo estriado y oscuro. Tiré unos peniques al suelo como una forma de degradar a esa perra sagrada cuyo deseo anhelaba. Nunca mencioné que los había visto, los secretos agrandan el abismo entre las personas.
Acabé mi taza y entré en el dormitorio. En el último cajón del secreter, debajo de unas cartas, guardaba la cuchara de absenta y el billete. Olí el papel y acaricié con mis dedos la promesa que representaba.
Un poco antes de la media noche me dirigí a la parada de carruajes de Hyde Park.
María Bartolomé. Relatos insensatos.
Diciembre 2024
Gula

Me gustaba pegarme a su delantal mientras preparaba alguna receta, callada y quieta esperando recibir un poco de su calor. Ella refunfuñaba para que me apartara, llenando el espacio con su cuerpo de robusta matrona. La dureza contenida en sus delicadas manos, encerraba lo imprevisible de su carácter. Capaz de abofetear, y de dar forma a las croquetas con idéntica determinación. Siempre tenía los dedos manchados de harina o pan rallado, los limpiaba con un paño de cocina que soltaba con descuido sobre la encimera. Pareciera que el mundo fuera una densa bola pegajosa, obligándola a dar pasos cortos e impacientes, suspirando a cada poco.
De repente me miraba con ojos maliciosos y me daba un trozo de hojaldre. Su índice torcido señalaba, regañándome anticipadamente para que comiera el capricho que no había pedido.
Después llegaba la advertencia: cómo no comas luego en casa, vas a tener problemas.
Una de cal y otra de arena, así funcionaba la cosa.
—Vete al salón a mirar un cuento, enseguida van a llegar tus padres y no quiero que te manches.
Todavía no sabía leer, lo que me gustaba era ver los dibujos y contarme una historia. Mi juego favorito consistía en imaginar que engañaba a todos, haciéndoles creer que leía, e inventarme sus caras de asombro y las felicitaciones por ser una niña aplicada.
—Robin, tus padres acaban de llegar —la oía desde la cocina.
La misma escena de tantas otras veces, yo miraba mis zapatos, al final de unas piernas cortas y delgadas que colgaban del sofá, y esperaba a que entraran en el salón. Los dos actuaban como si no supieran que había pasado mucho tiempo, pero yo sentía el agujero.
¿Qué tal lo has pasado con la abuela?, ¿tienes hambre?
Me preguntaban sin esperar que respondiera, —era la forma de darme a entender que nos íbamos—. Sus ojos escarbaban, calculando en los míos la magnitud del descaro en el intercambio de tutela. Nunca supe cómo devolverles algo apropiado en su escrutinio, sólo lograba ocultar tras mi rostro inexpresivo las ganas de pedir comida, y algo más que no acertaba a describir.
Un día decidí dominar el agujero, alimentándole con la insurrección. Era agosto y estábamos comiendo en la terraza. Masticaba despacio, haciendo esperar al cuerpo la llegada de la carne envuelta en puré de patata. Cuando mis padres fueron a la cocina a por el postre, me levanté y escupí un trozo de ternera desde la barandilla. Al mirar hacia la puerta vi a mi padre con el rostro de un dios furioso.
—Baja a la calle y no subas hasta que hayas recogido el trozo de carne. Aquí te espero con el plato.
Los fines de semana nos reuníamos alrededor de la mesa, observando con suspicacia la bandeja de pasteles. Éramos la policía del cuerpo, vigilando al sospechoso que se resistía a meterse la golosina en la boca. Vivíamos bajo un matriarcado , donde la abeja reina batía sus hermosas alas doradas, regulando el ritmo de la ingesta; sólo ella podía mordisquear y dejar de lado el pastel.
Cuando me invitaban a comer mis amigos, me sentía como Alicia, en un mundo dado la vuelta al otro lado del túnel. En las casas ajenas el tramposo era el que comía un trozo de más.
Mi padre, sentado a la mesa frente a mí , me trata con una dulzura que llega con retraso.
—Un poco más de vino Robin?
—Sí, por favor.
Sam acaricia mi mano con una ternura infinita, ayudándome a sostener un rescoldo de tristeza, que cómo un invitado inesperado se ha colado en mi ánimo. Pregunta muchas cosas a mi padre sobre su pasado empresarial, se esfuerza en caerle bien. En realidad, ambos intentan encajar en la pantomima que todos estamos interpretando.
—Cómo era Robin de pequeña?
—Muy buena, nunca rompió nada.
Le doy un trago al Chardonnay, mientras recuerdo cómo me tiraba del pelo, metiendo mi cara en el plato para que tragara el trozo de carne que había vomitado. A pesar de su obstinada pedagogía, ahora como de maravilla.
Nos conocimos en Clisson, durante un paréntesis en mi discontinua trayectoria profesional. Me alojaba en un pequeño hotel de teja roja y ladrillo, rodeado de castaños. La sala de estar, era como un cuento de Perrault, todo cojines mullidos, y el calor del fuego.
Apareció con el chubasquero empapado y se acercó calentándose las manos con el aliento. Su manera de sentarse en el sofá interrumpiendo mi lectura, era pintoresca y hasta un poquito cómica. Tenía las piernas enroscadas, y el pantalón se le había subido, mostrando unos calcetines negros y arrugados.
No paraba de hablar en un francés desfigurado por la melodía oscilante de los anglosajones. Me contó sus visitas a los viñedos y la opinión acerca de los vinos que había probado. Su trabajo en una revista gastronómica le obligaba a viajar con frecuencia .
El torbellino de palabras me llegaba en sordina , mientras me fijaba en los rizos del flequillo, que por la humedad se pegaban en su frente, y al mover la cabeza con entusiasmo, las gotas de lluvia traspasaron la tapicería .
—Por cierto, ¿cómo te llamas? preguntó, justo cuando estaba a punto de levantarme del sofá?
—Robin.
—Yo soy Sam, encantado. ¿Te apetece comer conmigo?, tengo ganas de probar un restaurante cerca del castillo.
—No, muchas gracias. No tengo hambre —respondí seca. Me pareció simpático , pero deseaba estar sola.
Como una burla a mi autonomía, una grieta semejante al rugido de una bestia salió de mis tripas quebrando el silencio entre los dos. Abochornada, me levanté del sofá con la rapidez de un escarabajo, como si me hubieran clavado una chincheta en el culo.
Al día siguiente me demoré en la cama, haciendo tiempo para desayunar en el último turno con la esperanza de no encontrarme con él. Todavía sentía la vergüenza de lo más humano e incontrolable del cuerpo, el salvaje gorgoteo de la barriga contradiciendo mis palabras.
Estaba sola en el buffet, las mesas lucían manteles nuevos de color turquesa y un pequeño jarrón blanco con brezo. Elegí un croissant con mantequilla y me serví un café con leche, escuchando los ruidos metálicos de la cocina y el correr del agua.
A la entrada, una alacena de madera pintada de color verde oliva , lucía piezas de vajilla mezcladas , conformando un collage de cacharrería floreada . En un estante había un bote de mermelada de frambuesa, me levanté y lo cogí, junto con un panecillo de cereales de la cesta de bollería.
Tragaba despacio, aplastando contra el paladar el amasijo de pan y saliva, antes de que la lengua empujara la bola azucarada hacia el fondo de mis fauces. Se me acababa el hambre al tiempo que crecía la rebelión hacia las buenas formas.
Metí tres dedos en la mermelada y los llevé a mi boca succionándolos con voracidad. Primero lento, asegurando que los sacaba limpios, y luego muy deprisa, tragando aire cada vez que los lamía. Humillar a la chica de familia bien constituida, con los berretes de gelatina roja y la panza hinchada al borde de la arcada, eso era lo que quería.
Sentí sed, y levanté la vista del bote de cristal, tropezando con la mirada preocupada de Margot, que con discreción se metió de nuevo en la cocina.
Por la tarde llovía con fuerza y tuve que cancelar la visita a una bodega. Me quedé en mi cuarto y traté de continuar un relato que hacía meses había aparcado, en un páramo sin ideas ni ilusión.
Unos toques suaves en la puerta me sacaron de la concentración.
—¿Sí?, pregunté incómoda.
—mademoiselle, ¿puedo pasar?
—Adelante, Margot.
—¿le apetecería preparar conmigo el farzforn para esta noche?, es muy fácil. Me gustaría probar una variante que lleva ciruelas pasas y uvas.
—¿Me está proponiendo hacer repostería? —pregunté asombrada y contenta a la vez.
—si, será curioso. No nos llevará mucho tiempo.
—No se me da bien cocinar, me abruman las medidas exactas y se me suelen caer las cosas al suelo —le advertí.
—No importa, doy clases de cocina los sábados en Nantes. Lo fundamental es que no olvidemos encender el horno —sonrió.
—está bien, ¿Nos vemos en media hora?
—C’est magnifique —exclamó, guiñando un ojo.
Entré con timidez en la cocina —es el sitio de la casa donde menos tiempo permanezco. —Me impone la pulcritud y variedad de utensilios ordenados con el rigor de un laboratorio.
Margot se acercó con un delantal blanco, y lo metió con cuidado por mi cabeza. Tenía algo de rito iniciático, pero con la solemnidad de una coronación. Recorrió con sus manos mis costados, y rodeando mi cuerpo, alcanzó la espalda atando con firmeza el lazo.
Empezó preparando las ciruelas en un cuenco bañado con ron para macerarlas. Sus manos cuadradas de alfarera, se movían con una seguridad elegante, acariciando el alimento que más tarde asimilaríamos como parte de nuestro cuerpo.
Mi tarea consistió en batir los huevos, mezclándolos con la harina, tratando de no hacer grumos. Una vez en el horno, había una hora por delante hasta finalizar su cocción.
Nos quedamos una frente a otra, con la mirada cómplice de un feroz secreto descubierto y ahora compartido. No quería hablar de lo que había presenciado en la mañana; pensé en cómo sería rozar sus labios glotones con mis dedos, y enroscar nuestras lenguas. A su manera era guapa, su nariz ligeramente curvada le daba un aspecto audaz, y los pómulos anchos reafirmaban una personalidad extrovertida que no se apabulla con las dificultades.
—¿Le apetece un joint?, en España decís porro, creo.
—Sí, me apetece mucho.
Extrajo un ramo de hortensias de un jarrón que estaba en el mostrador, metió la mano y sacó un canuto ya empezado. Nos entró la risa cuando lo encendió con el chisquero de la cocina.
—Robin no es un nombre muy español —dijo como en broma.
—Me lo pusieron por el personaje del “bosque de la noche” de Djuna Barnes, mi madre era profesora de literatura.
—No conozco la novela. ¿De qué trata?
—De amores complicados entre mujeres.
—Toda una declaración de intenciones, —respondió, sosteniéndome la mirada.
No seguí el juego, me bastaba con fantasear sobre las promesas que ofrecía su rostro. En la universidad me acosté con una compañera de un curso superior a la que admiraba. Creo que tuvo que ver más con la experimentación que con la atracción.
El pastel se iba dorando lentamente a la vez que nosotras intercambiábamos caladas y nos hacíamos confidencias, conscientes de la fuga de detalles y de las alegorías inventadas. Una extraña intimidad, que no necesitaba de la exactitud de los datos, se expandía despacio, propiciada por el cannabis y el calor del horno.
Tenía ganas de tumbarme acurrucada y seguir hablando, al cobijo de la templada burbuja que habíamos creado. Me saqué los zapatos y el jersey, sentía la piel caliente. El alegre sopor me regaló una confiada ligereza como para bailar de puntillas, girando hasta llegar a un pequeño sofá de mimbre en una esquina de la cocina.
Tendida, apoyé la cabeza en un cojín, recibiendo de las manos de Margot una nueva calada, que me empujó más hondo en la haima del placer.
Cerré los ojos e inhalé de nuevo, sintiendo el sabor del humo en la boca, antes de insuflar en los pulmones el hechizo.
El aroma del ron llegó con suavidad, Margot estaba colocando el pastel en un recipiente redondo de cristal. Traté de enfocar la vista, había un hombre a su lado sacando unos platos de un armario. Se giró hacia mí, era Sam.
Colocó los platos sobre la mesa, y con una media sonrisa me preguntó sí me apetecía probar el pastel .
—Si, muchas gracias —respondí, al tiempo que me levantaba lenta y fumada pero bastante feliz.
Me acerqué a la mesa con la sensación de estar buceando, fijé la vista en el dibujo de cerezas del mantel, y me senté despacio en la silla que quedaba libre. Margot estaba a mi derecha y Sam enfrente, sosteniendo un cuchillo de hoja larga y redonda, que humedeció en una jarra de agua antes de blandirlo con suavidad en el pastel. Acompañamos el farzforn con Muscadet Sèvre et Maine. Tras varias copas la atmósfera tenía la tibieza que transforma en íntimos a los extraños.
Margot hablaba con frivolidad sobre la ropa interior y las bolsas de aseo de los huéspedes. Me sorprendió escuchar ese lado fisgón e impúdico, que contrastaba con el cuidado compasivo que me había proporcionado. Sentí curiosidad y asco, y me imaginé asomándome por el agujero de una pared mientras un calvo cagaba en el baño.
Sam me sirvió un poco más de vino y se puso otra porción del pastel.
¿Te ha gustado hacer repostería? ― me preguntó Margot, con un mohín de amabilidad forzada, como si hablara con una niña de dos años. Me quedé callada sin saber qué responder, percibí el cambio en el equilibrio de poder, semejante a cuando te dan un pescozón y no lo veías venir.
―No lo has hecho mal para ser la primera vez― añadió, buscando en Sam una mirada de aquiescencia.
Pensé que tenía una manera retorcida de llamar la atención. Vi su mejilla derecha y su cuello ancho y blanco con la marca de mis uñas. Me froté los ojos deseando hacerlo: arañarla y azotarla hasta que se la quitara ese aire de conocer a fondo la naturaleza humana.
Me acerqué a su cuello, la yugular rebosaba sangre verdeazul de chica de campo mantecosa, clavé mis dientes y ella se rio por la nariz como una gorrina; separé los dientes y los volví a ensartar con más fuerza, logrando que chillara por el dolor.
Sam me abrazó desde atrás y posó sus labios en mi nuca un instante , fue tan fugaz que dudé que hubiera ocurrido.
Durante unos segundos vi nuestras sombras recortadas en la pared, parecíamos animales hambrientos. Margot se arrodilló y separó mis muslos vaciando su ansia. Al principio no me gustó, había demasiada fuerza. Agarré su melena, recogida en una cola de caballo y tiré de la rienda furiosamente hasta que gritó. Sin soltarla, cerré la mano con fuerza domesticando su boca. Éramos un insecto de seis patas; la sombra de una mariposa proyectada sobre un papel de seda blanco. Margot comía con voracidad, yo abrazaba sus senos que oscilaban como dos peras, suaves y tibias, y Sam se hundía en mí, al compás lento y fuerte de su musculada grupa.
De pronto prolongó el tiempo entre cada redoble, deslizándose hacia atrás y robusteciéndose con la humedad de la carnosa galería. Inspiré profundo para recibirle , arqueando mi espalda y abriendo mi sexo, sin descuidar la labor de doble anfitriona.
la lengua de Margot, juguetona me acariciaba, yo reía retirando su cabeza : «todavía no, espera». Ella insistía un poco más , supongo que no quería desdibujarse en el lienzo de gozo y carne que conformábamos.
Me entraron muchas ganas de comer, mis tripas gruñeron con la estridencia salvaje de un gato montés. Retiré la cabeza de Margot y dejé a Sam embistiendo el aire de la cocina , parecía un Pierrot al que le hubieran robado el traje en un callejón oscuro.
Fui a la mesa y clavé las uñas en el farzforn rompiendo la limpia simetría que había dejado el cuchillo, las migas cayeron desordenadamente sobre el mantel dando un toque de doméstica desidia. Me senté en el suelo , sintiendo el frío de las baldosas y tragué como un depredador que lleva mucho tiempo sin cazar . Margot acariciaba el mentón de Sam con la despaciosa dulzura del preludio de un beso, pero el gesto se escapó quedando prendido sobre sus cabezas sin conclusión.
Al día siguiente me iba del hotel a continuar mi recorrido de bodegas. Estaba haciendo la maleta en mi habitación después del desayuno , cuando un leve crujido me sacó de la tarea. Alguien deslizó un papel doblado bajo la puerta ; me quedé quieta, escuchando . Se oía el murmullo lejano de una mujer hablando desde otra estancia de la casa .
Con sigilo di unos pasos, una madera crepitó delatando mi avance hacia la nota. Estaba escrita con un bolígrafo de tinta azul , y la letra se inclinaba hacia la derecha en trazos largos y suaves :
― ¿Nos vemos dentro de dos días?, quizá podamos comer algo sabroso.
Había apretado un poco más el bolígrafo sobre el papel en la rúbrica, que resaltaba como una ola rizada.
Ahí estaba de nuevo el misterio, obligándome a decidir a qué carta quedarme.
Continuará…
María Bartolomé. Relatos insensatos.
Febrero 2025

¿Qué nos hace seguir el rastro de alguien?
Empujé la puerta concentrada en la pregunta, deseando penetrar un nuevo santuario que alimentara mi obsesión. Tras el mostrador, una joven con el pelo azul leía distraída. Aproveché su ensimismamiento para moverme como si estuviera sola.
Sobre una mesa había un expositor destacando las tendencias recientes, me acerqué con ánimo de merodear, el motivo de mi visita era otro.
Ella había metido los libros en cajas de cartón selladas con cinta aislante, y los había entregado. En la ofrenda desvelaba quien había sido hasta ahora.
La joven librera de pelo azul levantó la cabeza y me miró sin ocultar el fastidio por la interrupción de su lectura.
― ¿Recogéis libros de segunda mano? ― la pregunté.
―Si, aceptamos donaciones.
―Estoy pensando deshacerme de unos cuantos volúmenes.
Pensé que la palabra deshacer era poco amable en un lugar donde los libros son amados incondicionalmente.
―Es muy acogedora la librería ―dije un poco para entablar conversación, aunque lo pensaba.
― Muchas gracias, ¿no habías entrado nunca?
―No. ¿Dónde tenéis los libros de segunda mano?
―Estamos por colocarlos aún. Nos llegó un depósito de varias cajas.
―Sería estupendo echar un vistazo para ver si me gusta algo.
―Sígueme― respondió entrecerrando los ojos.
Bajamos una escalera de madera muy desgastada y sin pasamanos. La chica de pelo azul descendía de perfil e inclinada hacia adelante para no resbalar. En la semioscuridad su nariz recta y puntiaguda le hacía parecer un duendecillo.
Encendió el interruptor de la luz y desapareció el oscuro encanto de un desván de tesoros.
Había varias cajas selladas al lado de una mecedora, una de ellas estaba abierta, reconocí la portada de “La sonrisa vertical”.
Me acerqué con la delicada codicia del que desviste un cuerpo anhelado.
El título de la novela era “Pubis de vello rojo”. En la portada una mujer de muslos poderosos estaba sentada con el cabello recogido. De su pie colgaba una media negra, como si se desvistiera para alguien.
En una esquina de la caja, varios libros se apelmazaban a punto de desbordarse. Los fui cogiendo con excitación: “Flappers y filósofos”, “La Rendición”, “Música para camaleones”, “Una mujer difícil”.
Sentí mucho calor en las mejillas al pensar que Ella se habría mojado leyendo “La Rendición”, ¿gozaría dejándose abrir un camino entre sus nalgas?
―Me llevo éste ― le dije a la librera.
Recogió los otros de mis manos y los devolvió con cuidado a la caja.
La edición era antigua, con tapas negras y un triángulo rosado en el centro. El título original me gustaba mucho más: “The Surrender: An erotic Memoir”. La vibración de las erres daba un tono sagrado al acto más lúbrico.
Pagué y salí con el tótem, acercándome un poco más a las manos que lo habían sostenido. Lo sujeté por el lomo y deslicé las hojas con la esperanza de encontrar algo: un marcapáginas, un pétalo, un papel con algo escrito.
Descubrí algo mucho más interesante: algunos párrafos estaban subrayados con un rotulador azul de punta fina. Los trazos eran más o menos rectos, sin embargo, algunos presentaban zigzagueos atravesando las frases. Quizá los leyó en el metro o en algún lugar con poca estabilidad.
“Entrad por la salida: os espera el paraíso “, aparecía encerrado en un círculo de tinta.
Cerré los ojos y pensé de nuevo en la obsesión: una hermosa carroza anaranjada girandosobre sí misma, hasta derretirse en ordenados triángulos que conformaban un mandala inagotable.
la obsesión me llevaba a incorporar sus fijaciones volviéndolas mías; o quizá ya eran mías y por eso me fascinaba tanto.
Era verano cuando Rafael me habló de Ella por primera vez. Dudé mucho antes de aceptar su propuesta de quedar a cenar; intentaba que nuestro pasado no se apoderara del presente. ―He reservado en una terraza en el paseo marítimo― insistió al notarme indecisa.
Mientras me contaba, sus ojos eran dos rosetones negros, inmensos, rodeados de azul. Se habían conocido en una clase de pintura. Quiso decirme cómo se llamaba, pero le interrumpí poniendo una mano en sus labios. Prefería no saber datos banales.
Acordamos que sólo relataría lo esencial.
Se veían a la hora de la comida en un estudio con grandes ventanales que daban a la playa del Ángel. Las paredes desnudas servían de apoyo a los cuadros. Había muchos libros por el suelo y un colchón apenas cubierto por una manta de lino, que se arrugaba bajo sus cuerpos, mostrando manchas antiguas.
A Ella le excitaba leer fragmentos. Una de sus manos, pálida y de dedos largos, separaba su sexo y la otra sujetaba el libro. La lengua de él la alisaba despacio, hasta que sentía la mullida elasticidad de la carne caliente e hinchada; sólo en ese momento, untaba su índice en el caramelo para que resbalara detrás.
El galope respondía a lo que dictaba su imaginación. Un relato la hacía moverse en círculos pequeños. A veces, cerraba los ojos y se elevaba apoyando las rodillas para dibujar signos del infinito. Otras veces era un reptil ondulándose esponjosa y abrazando la firmeza de él.
El vientre empapado de lascivia bailaba con la palabra, conformando un evangelio que se escribía con la cálida humedad del aliento y la saliva.
El último día Ella tenía junto al colchón una novela: “Los nombres de Feliza”. Lo abrió al azar y comenzó a leer despacio, mientras le acariciaba con las uñas el diamante de piel rugosa entre el ano y los testículos. Trazaba líneas imaginarias que terminaban en los pliegues oscuros del esfínter, como tratando de que se borraran, invitando a entrar.
Escogió otra página y continuó la lectura, su voluptuosidad era implacable y una vez comenzado el juego no había paliativos.
Le escupió, y con el pulgar extendió la saliva, cubriendo bien los rayos de un sol negro y oculto.
Él pidió que esperase al sentir algo metálico. Durante unos segundos sólo escuchó su voz aguda concentrada en la lectura. Poco a poco una presión suave y tenaz le iba venciendo.
Después de que Ella se derramara sobre su boca, giró el torso sin deshacerse del beso y tiró de la parte metálica que sobresalía.
Se abrazaron cansados y durmieron un rato como hacían siempre.
Rafael se despertó primero y se dio cuenta que algo había cambiado: una especie de frialdad sustituía la extraña intimidad que les abrigó hasta ahora.
― ¿Y esas cajas? ― preguntó, con la angustia de un mal presagio.
― Son viejos amigos.
― ¿No los echarás de menos?
―Sí, me han acompañado mucho tiempo.
No supo qué decir. Había una isla sombría a la que no podía acceder; la dureza rocosa expulsaba su amor lejos del archipiélago sin llegar a conocerla del todo.
La conversación quedó flotando entre los dos. Incómodo se levantó y acarició la foto clavada con una chincheta en la pared. Ella miraba seria a la cámara con sus ojos almendrados de profundas ojeras, estaba en el salón de su antigua casa.
Le parecía una mujer muy bella con un rostro siempre cansado. El desconcierto que provocaba era uno de sus dones.
Rafael y yo seguimos viéndonos en restaurantes cada semana, ninguno de los dos quería poner fin a un vínculo cuya ligadura era Ella, un nudo de seda que no aprieta pero enlaza eficazmente.
Cuando llegaba a casa escribía con voracidad, me inventaba su rostro y su cuerpo usando los pequeños trazos que Rafael me proporcionaba. Era capaz de casi verla con un vestido burdeos de tirantes del que colgaban como perchas unos brazos eternos.
Su presencia me acompañaba, y sin darme cuenta, se colocaba a mi lado mientras la creaba. Me sonreía, miraba la pantalla para después corregirme: “así no, eso yo no lo hubiera hecho”.
Entonces me mostraba cómo lo hacía: apoyaba su espalda en el borde de la mesa, se subía el vestido y retiraba hacia un lado las bragas. Estaba depilada, su clítoris asomaba como un hada traviesa entre las cortinas de un teatro.
Se metía el índice en la boca hasta la primera falange y se acariciaba despacio, echando hacia atrás el cuello. Yo tecleaba con la mano derecha al tiempo que resbalaba dos dedos en mi sexo.
Pasamos juntas muchas tardes. Dejé de necesitar a Rafael.
Un día decidí dar un paso más, ya no me bastaba con imaginarla desde la memoria del relato, quería algo tangible que me permitiera anclarla a la realidad. Tocar algo que ella hubiera tocado.
Pensé que las huellas que dejaba, eran una cerradura desde la que espiar. Conocerla más era hacerla mía: amarla y odiarla, envidiarla y desearla.
Sólo hay dos librerías en el pueblo; una está en la plaza: Timeless daisies, y la otra cerca de la cala de Los Mareados: Clarice Lispector.
La intuición me decía que esta última era su librería. Hacia allí fui, siguiendo su rastro.
María Bartolomé. Relatos insensatos.
Mayo 2026
