Regresando al cuerpo

¿Dónde se encuentra la verdad:  en lo que nos dicen las tripas o en lo que determinamos tras un pensamiento minucioso?

La respuesta, aunque parece sencilla es compleja. Todo dependerá de si interpretamos bien los mensajes que vienen del cuerpo y de si sabemos pensar de modo reflexivo.

Biológicamente lo que nos dicen las entrañas va antes, lo que sucede es que a medida que crecemos, por lo general perdemos entrenamiento en traducir la conversación que el cuerpo establece con nosotros, nos desligamos de él como si fuera una carcasa molesta. De hecho, podríamos establecer un debate sobre si somos un cuerpo o habitamos un cuerpo.

Durante mucho tiempo, en la dicotomía cuerpo/mente se daba mayor relevancia a la mente; el cuerpo se consideraba un anexo al que había que alimentar y proteger, siendo la mente la responsable de las decisiones importantes.

Desde este paradigma de escisión entre lo corporal y lo mental, gana la razón en detrimento de la sabiduría del cuerpo.

La realidad es que las emociones nos van contando desde la sensación, los capítulos de nuestra vida inscribiéndose en las facciones, gestos, actitud corporal, modo de caminar y de respirar. Las emociones se leen en el cuerpo, pasan por el cuerpo y dejan surcos.

El cuerpo de ahora, delata cosas que nos han ocurrido antes, nos muestra si estamos cansados, si ha sucedido algo positivo, si estamos en un buen momento o no.   

La emoción es el resultado de un estímulo externo y se siente en el cuerpo en forma de lo que conocemos como sensación. Se trata de un proceso automático que pertenece a lo más psicobiológico que tenemos.  El niño sobrevive gracias a la emoción aunque no sepa todavía traducirla en palabras.

Los sentimientos son experiencias subjetivas de la emoción. Primero sentimos en el cuerpo la emoción y cuando llega al cerebro, gracias al lenguaje, le ponemos un nombre que da lugar a frases como: “me siento triste” o” estoy contenta”.

La consecuencia final de este proceso es la conducta encaminada a satisfacer una necesidad o un deseo que ineludiblemente atraviesa el cuerpo.

Muchas personas adultas presentan dificultades para saber qué sienten. Esto obedece a varias causas, pero la más importante es la falta de aprendizaje del mundo emocional en la infancia.

Quizá tuvieron una educación académica pero no emocional. Identificar lo que se siente es una experiencia temprana, ocurre cuando otros adultos ponen nombre y validan, es decir, permiten al niño sentir toda la gama de emociones y le ponen nombre.

Hay familias en las que se permiten ciertas emociones y sin embargo otras son cercenadas: por ejemplo, la tristeza puede ser mal tolerada e intercambiada por el enojo; o bien se aceptan algunas emociones de valencia negativa rechazando las de valencia positiva, ¿qué consecuencia directa tiene la falta de integración de emociones como la alegría, la felicidad, las ganas de travesuras y de juego en nuestra vida erótica?

La consecuencia es la falta de permiso para mostrar el deseo y para gozar a través del cuerpo.

Al no considerarse importante el disfrute y el placer, dejarse llevar por los estímulos que invitan a la más pura sensualidad es tachado de pérdida de tiempo, e incluso puede suceder que las sensaciones voluptuosas no tengan cabida, sean desconocidas o vividas con culpa y vergüenza.

Los diálogos internos del tipo: “primero la obligación y luego la devoción”, o el rechazo de los deseos y apetencias sexuales como algo frívolo o sucio, están muchas veces detrás de esta supuesta anestesia o desconocimiento del placer carnal.

Estas creencias conllevan una desconexión con el cuerpo que resta oportunidades para abrirse a experiencias de goce.

En la madurez de algunas personas operan otro tipo de creencias, en las que se determina el fin de la vida erótica impidiéndolas aceptar la existencia del deseo.

 También es muy frecuente que se desoiga la necesidad corporal de un cambio en la forma de vivir el erotismo. La realidad es que el cuerpo cambia y pide otro tipo de experiencias íntimas acordes con el ciclo vital. La resistencia al cambio impide el disfrute.

Es aquí donde surgen las aparentes faltas de deseo, pero.. deseo ¿de qué?

La satisfacción de una sexualidad desajustada al ser humano que uno es en un momento concreto, es una expectativa absurda.  En esta situación, la escucha del cuerpo se vuelve inestimable para salir del laberinto. Si en virtud de mantener fija una imagen, no hacemos caso del cuerpo, claro que no hay goce.

El cuerpo es sabio y protesta si le forzamos a algo que ya no es, en cambio disfruta si le damos lo que pide dentro de un erotismo rico y real. No es falta de deseo, sino resurgimiento de un deseo satisfecho desde otra dimensión, con otros matices.

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