La caricia: «mucho más sobre la oxitocina». (Parte I)
La piel que nos envuelve es el órgano más extenso del cuerpo, nos cubre por completo.
Tonalidad, lunares, pecas, cicatrices y rugosidades son cualidades diferenciadoras y constituyen parte de nuestra marca personal.
La epidermis refleja el estado de ánimo, las emociones que delatan el temperamento, el surco de las experiencias vividas, en definitiva, sobre la piel se va escribiendo la biografía.
El sentido íntimamente asociado con la piel es el tacto, que además es el primero que experimenta el embrión en su desarrollo intrauterino.
Tras el nacimiento, el estímulo táctil representa un continuum de la vida acuática previa durante la gestación
En el encuentro erótico el lenguaje es fundamentalmente no verbal y la caricia cobra un protagonismo absoluto siendo la argamasa que otorga consistencia a la ternura y añade picardía y excitación.
La piel se vuelve hacia dentro para tapizar los orificios y cavidades corporales y es en el interior de nuestra corporalidad dónde se torna rosada, esponjosa y acogedora.
El acto de acariciar involucra una molécula de origen proteico fabricada en el hipotálamo: La OXITOCINA.
Este elemento bioquímico es a la vez hormona y neurotransmisor, es decir, actúa como mensajero difundiéndose desde el torrente sanguíneo y comunicándose con grupos neuronales en el sistema nervioso.
Para actuar necesita unirse a receptores ubicados en la membrana celular de diferentes órganos, ejerciendo funciones que hace tiempo se desconocían, ya que tradicionalmente se asociaba sólo a la lactancia y el parto.
Los vínculos amorosos, la intimidad, la analgesia, la relajación, la confianza, el aprendizaje, el crecimiento y la cicatrización, son efectos de la oxitocina demostrados en los estudios de la doctora Kersting Avnäs Moberg del instituto Karolinska de Estocolmo.
Sabemos que los factores emocionales son decisivos en la adquisición de herramientas para aprender. Acariciarnos no es un asunto banal, todo lo contrario, tanto el que acaricia como el que recibe este gesto bañan sus células de oxitocina suscitando placer y abriendo una puerta a la experimentación.
Una particularidad de este mensajero es su rápida activación y su efecto perdurable en el tiempo tras haber experimentado caricias en un entorno de intimidad y deseo.
Esta latencia probablemente se pueda explicar por la sinergia con otros neurotransmisores presentes en el vínculo amoroso y en el placer sensorial.
La dopamina interviene en el deseo, la serotonina se asocia con el bienestar psicológico, las endorfinas son opiáceos endógenos que vehiculizan el placer y también actúan en la analgesia.
Todo un laboratorio interno al servicio de la satisfacción, el vínculo y el deleite.
Tiene mucho sentido que dispongamos de este sistema interno de placer y calma activado por el tacto, puesto que los vínculos nos ayudan a solicitar ayuda y a sobrevivir, al mismo tiempo que actúan como tampón compensando el sistema antagónico de lucha y respuesta ante las situaciones de peligro.
Estar presente plenamente en la comunión amorosa amplifica el goce conectando los órganos de los sentidos y construyendo redes por las que transitan estas moléculas: al acariciar con las manos, percibimos la cualidad de otra piel y la intensidad de su abrazo, no en vano existe la expresión conocimiento carnal. Es en ese cálido ámbito dónde nos mostramos sin el artificio que nos exige la formalidad cotidiana y exponemos nuestra piel.
El beso es la forma más íntima de caricia- un gran disparador de oxitocina – pone en juego los labios, la lengua y participa de otro sentido: EL SABOR.
Durante la intimidad sexual el contacto de la piel que recubre los genitales incrementa la excitación pudiendo alcanzarse el orgasmo, fase álgida en la liberación de oxitocina.
Culturalmente los genitales externos y lo senos han sido considerados “LAS ZONAS ERÓGENAS”, si bien es cierto que se encuentran muy inervadas lo que conlleva una alta sensibilidad, otras partes de nuestro cuerpo como las yemas de los dedos al ser estimuladas producen alta excitación sexual.
Hay un elemento clave en el hecho de que disfrutemos con la caricia en diferentes zonas corporales: EL DESEO.
La dopamina nos habla de deseo y la oxitocina de intimidad, ingredientes presentes en el vínculo amoroso, siendo el placer el acicate para ambos.
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