Las relaciones de intimidad entre adultos representan un desafío y no es infrecuente toparse con áreas sensibles cuyo origen se remonta mucho tiempo atrás.
El conocimiento nos ayuda a situarnos y a hacernos preguntas muy interesantes como: ¿porqué me bloqueo, me enfado o tiendo a escaparme?, y otro aspecto crucial, ¿porqué ahora?
Poner palabras a nuestra biografía nos ayuda a entenderla y a observar el presente con perspectiva, atemperado por el tiempo.
Ser capaz de nombrar qué nos ha pasado y cómo nos hemos desenvuelto hasta ahora, es un punto de partida para dar sentido a la persona que somos hoy; nos permite proyectarnos en el futuro y tomar decisiones.
Cuando reflexionamos sobre el pasado más remoto, debemos tener en cuenta que las primeras experiencias relacionales son sensoriales, y al no haber adquirido el lenguaje todavía, no se encuentran dentro de nuestra memoria declarativa.
Cómo nos sostenían en brazos y nos miraban queda guardado en la memoria corporal, y explica porque reaccionamos ante determinadas situaciones de un modo que a nosotros mismos nos sorprende.
La epigenética juega un papel fundamental en la expresión de los genes en función de las experiencias que vamos teniendo, por poner un ejemplo sencillo: en los primeros meses de vida el ser humano tiene la capacidad de llorar y sonreir, sin embargo, si se desatienden estos gestos con frecuencia, el bebé deja de realizarlos.
El desarrollo del sistema nervioso se va produciendo de atrás hacia delante, de tal modo que el córtex cerebral y sus logros, son un poco más tardíos que otras partes como el sistema límbico y los ganglios basales. Todos los hitos biológicos se encuentran influidos por nuestras relaciones sensoriales en la etapa de desarrollo más tierna.
Lo anterior explica porqué personas con una inteligencia normal, se bloquean o presentan dificultades en la ejecución de cosas sencillas. Es como si su aprendizaje hubiera ido a trompicones. Esto nada tiene que ver con su inteligencia, sino con temas relacionales, presentando altos niveles de autoexigencia y vergüenza.
Al margen de que todos tenemos más habilidades en unos terrenos que en otros, en ocasiones los problemas de coordinación y de equilibrio postural, los fallos en el uso del lenguaje y la dialéctica – que además se acentúan en situaciones de stress – son una muestra de esas “pequeñas torpezas” que tratamos de ocultar, aunque ante los ojos de quienes nos aprecian no tengan importancia, es más, nos hacen especiales.
En el ámbito de la intimidad todas las grietas y dificultades quedan expuestas. Las huellas de nuestro pasado, a menudo reforzadas por otras experiencias inciden en la dinámica de la relación.
Esconder aspectos que no nos gustan, va de la mano de potenciar otras facetas con el objeto de distraer la mirada del otro, o “compensar”. En esos momentos se nos olvida que nuestras pequeñas victorias se deben más a los supuestos “fallos” que a los dones.
Abrazar lo más oscuro cuesta, y curiosamente lo luminoso a veces también. El brillo algunas personas lo viven como exceso de vanidad y cuando reciben un halago resbala de su cuerpo sin llegar a prenderse.
Cuando no se adquirió la sensación de seguridad, la cercanía se torna un campo de minas en lugar de un lugar acogedor para compartirse. El miedo a ser descubierto, propicia conductas de distanciamiento. La proximidad asusta, activando un viejo temor a ser rechazado, y las conductas de escaneo de las expresiones faciales y los tonos de voz, apartan el placer sacándonos de uno mismo para vigilar los posibles abandonos imaginarios.
Abrazar todas las piezas que nos conforman es un desafío maravilloso e implica sentir que somos susceptibles de ser amados con todo lo que somos, incluidas las defensas con las que de vez en cuando torpedeamos un poquito a los que más queremos.

