Cuando leemos, nos vemos obligados a ejercitar la imaginación. Recreamos la escena con la ayuda de los detalles que nos proporciona el autor, y aunque nos conduzca por un determinado itinerario, las imágenes que suscitan sus palabras pertenecen a nuestra mitología.
La mente se vuelve una `pantalla en la que proyectar la historia, dotándola de matices tras los cuales se encuentra el significado. Por lo tanto, la lectura de lo que otro ha escrito se transforma en un acto de creación espontánea.
Si volvemos a visitar un libro al cabo de mucho tiempo, seguramente descubriremos rincones en los que no habíamos reparado, iluminados ahora, por la perspectiva desde la que contemplamos la vida.
A veces nos paramos en un párrafo, algo nos ha secuestrado sacándonos del relato para llevarnos a otro paisaje: la ensoñación. Es como si escribiéramos paralelamente microcuentos que se nos ocurren al hilo del libro que sujetamos en nuestras manos. Lo que estamos haciendo no es otra cosa que fantasear. Unas fantasías alimentan otras.
Leer nos vuelve más imaginativos y flexibles, al menos por un rato fabricamos otras posibilidades o como mínimo las leemos sacudiéndonos la abrumadora realidad.
Los fenómenos de serendipia también se encuentran acolchados entre las páginas. Podemos hallar en una frase algo muy valioso que nos esclarezca o nos muestre un camino hacia lo que deseamos. Estos hallazgos o “chiripas”, esperan escondidos sorprendiendo al lector en el momento preciso.
Cuando el deseo sexual tiene un bajo voltaje, asistimos a una crisis de la imaginación en todos los sentidos.
¿Qué significa esto?
Con frecuencia los encuentros eróticos se conciben desde el compartirse con otra persona, y no solamente esto, sino que se asocian a una erótica en la que el coito está presente siempre.
Permitirse fantasear con otras posibilidades, en algunas personas no es algo que suceda de manera espontánea, y dentro de estas posibilidades incluyo tener sexo no compartido. El autoerotismo es una muy buena opción.
Para que todo esto se nos ocurra, es preciso pensar en el sexo y ser capaz de fantasear, es decir, tirar de la imaginación.
La lectura es un hábito maravilloso que contribuye a cultivar la fantasía. También ayuda a seducir, las palabras cautivan – pocas cosas hay más sexys que una conversación inteligente – y se encuentran en los libros, son una escuela de oratoria y de saber conversar.
Los libros con ilustraciones eróticas son una buena alternativa para echar un poco de sal y pimienta al guiso.
El dibujo a diferencia de la fotografía, estimula de un modo muy poderoso la imaginación. Una foto puede excitarnos mucho, pero ya nos muestra la carne, no hay truco, ahí está congelada ante los ojos. El dibujo en cambio, es una representación, tenemos que intercambiar en nuestra mente el papel por la carne, o lo que es lo mismo: encarnar el símbolo representado. Casi sin darte cuenta te mete en la acción, en cómo sería hacer aquello que estás viendo en el dibujo, cómo te gustaría que ocurriera…te conecta con el placer.
Por supuesto, también podemos fantasear con una fotografía o una película, de hecho, es muy habitual; pero si se trata de ejercitar una imaginación menos acentuada o un deseo desplazado, la literatura y la ilustración son herramientas eficaces.
En la novela de Siri Hustvedt “El verano sin hombres”, hay un personaje femenino, perteneciente a un grupo de mujeres ancianas llamadas “Los Cisnes”, que hace unos tapices con escenas eróticas camufladas como acto de rebeldía, y quizá como modo de reconectarse con la memoria de la piel y el goce. Otra manera de fantasear desde la representación.
Gerda Wegener fue una pintora e ilustradora erótica danesa (1886-1940), cuya trayectoria se desarrolla en París, Dinamarca y Marruecos . Os animo a que disfrutéis con las máscaras , los futones, un libro abierto, medias, zapatos de tacón y mujeres voluptuosas acariciándose, que aparecen en sus ilustraciones. La belleza y el erotismo no os dejará indiferentes.

