Erotismo en Julio Romero de Torres

En el primer tercio del siglo XX en España, los textos de contenido sexual – tanto de divulgación científica como de ficción – son abundantes, y se acompañan de postales y fotografías de alto voltaje erótico. Tal es así, que la postal se convierte en una suerte de pedagogía sexual.

Hoy día no podemos disfrutar de aquellos tesoros, puesto que muchos fueron destruidos. La dicotomía progresismo / religión en la España del momento, explica los movimientos de avance y retroceso en torno al sexo.

En otros países como Francia, Alemania, o Inglaterra se incentivaba el trabajo de los fotógrafos eróticos. Estos capitalizaban su trabajo de modo muy sustancioso exportando postales y haciendo las delicias de los coleccionistas.

A España llegaron sobre todo postales de origen francés, que posteriormente fueron coloreadas. Las postales eran por lo general anónimas, representaban con frecuencia a mujeres, aunque también se podían encontrar escenas eróticas o pornográficas de parejas sobre todo con orientación del deseo heterosexual.

El libro “Culturas del erotismo en España 1898 – 1939, de Maite Zubiaurre, muestra muchas de estas postales y fotografías, aparte de explicar de un modo extraordinario cómo el sexo, el erotismo y el arte se funden en la edad de Plata española.  

El erotismo con su exaltación del deseo, es derramado en las emanaciones de los artistas. Su mirada nos transmite la belleza particular, el gesto definitivo que cautiva. Lo que enamora siempre es lo singular, nunca lo canónico.

Julio Romero de Torres, pintor simbolista cordobés (1874 – 1930), pertenece a una familia de artistas, comienza con una pintura de corte tradicional para ir acercándose a lo modernista y a lo simbólico.

En la producción del pintor cordobés, el tema central es la mujer; así como la dualidad amor y muerte, contraponiendo la pasión humana versus la pasión divina. El binomio Eros /Tánatos, se pone de manifiesto en la miscelánea de beatas con mantilla y mujeres sensuales, nos sumerge en un universo en el que lo espiritual y lo carnal se dan la mano.  Este aspecto es reflejo del conflicto entre la modernidad y la tradición que envuelve a España en su edad de plata (1868- 1936).

El cartel será otro de los medios de expresión del pintor, que se deja impregnar por la moderna publicidad francesa que nace a finales del siglo XIX . Uno de los más atrevidos es el de la Unión española de Explosivos, en el que aparece Natalia Castro, apoyada en el alféizar de una ventana, mientras empuña una pistola con la mano derecha.

La chiquita Piconera es una de las obras más emblemáticas de Julio Romero de Torres. Representa a una mujer morena, con el pelo recogido, sentada en una silla. Tiene las piernas abiertas, cubiertas por unas medias claras de satén, que a la altura del muslo se sujetan con una liga roja.

El torso se inclina hacia adelante, proyectando un trozo de piel no cubierto por su blusa blanca entreabierta.

Ente sus piernas hay un brasero de picón, y con las manos lo enardece haciendo círculos, al tiempo que nos interpela con una mezcla de acatamiento e irreverencia.

La simbología sexual es clara y de ella se han apropiado otros artistas en sus obras: el brasero circular de hierro o cobre, que además se colocaba habitualmente bajo las faldas de una mesa camilla representa el sexo de la mujer, y la paleta con su mango el órgano masculino. Los movimientos circulares para avivar el carbón han sido interpretados como caricias masturbatorias.

 Los ojos desafiantes de una mujer con pasado en el cuerpo de un joven con futuro, nos miran ofreciéndonos y juzgándonos.  Una mirada hermosa y oscura, con las ojeras del conocimiento que llega antes de tiempo. Al fondo hay una ventana desde la que se atisba un trozo de la ciudad.

 Los colores contribuyen a contarnos la historia de la mujer; en la parte inferior del cuerpo son cálidos (los marrones y rojizos), la parte superior es iluminada por la pureza del blanco.

La mujer que posó se llamaba María Teresa López González, nacida en Buenos Aires, aunque de familia cordobesa.

Para algunos autores, como José María Palencia, la colaboración de María Teresa es un acto de poder, en el sentido de agencia para utilizar su cuerpo y mirada, en virtud de motivos económicos o por el simple placer de ser retratada.

Hay mucho poder en ser artífice de las emociones necesarias para que otro configure un relato. Julio Romero de Torres plasma en el cuadro melancolía ante un destino inevitable, sin embargo, la mujer real con todo su capital erótico decide.  Palencia en su libro “La chiquita Piconera”, hace una lectura alternativa por medio del estudio simbólico: La mujer en última instancia se proporciona la profundidad y la duración del acto amoroso, representado por su mano agarrando el instrumento que azuza las brasas.

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