Colección privada

Los profesionales de la salud tenemos un privilegio: acceder al mundo interno de nuestros pacientes. No me refiero a las conversaciones que mantenemos con ellos, en las que nos cuentan cosas que exceden el motivo de consulta; sino a entrar en lo más recóndito: el lugar donde duermen, comen y hacen el amor.

La visita a domicilio es una entrada en la intimidad. Los libros, el polvo, los platos con comida, las sábanas y el olor, matizan la idea que teníamos de la persona. Son el clarooscuro del cuadro. 

El hogar nos da cuenta de cómo la enfermedad desordena la vida. Nos enseña las peculiaridades del propietario, que se alzan en cada esquina por encima del dolor  diciéndonos: “éste también soy yo, al que le gusta el cine, la cocina, los viajes, estar acompañado o vivir solo”. Los objetos y los aromas le delatan.

Una vez conocí a un paciente que tenía bajo la cama cientos de pares de calcetines, no sabía utilizar la lavadora y cada vez que ensuciaba un par, se compraba otro nuevo.

 Este descubrimiento, me hacía percibirle diferente cuando venía a la consulta con su traje de chaqueta y sus zapatos relucientes. Sabía su secreto.

Esta semana fui a visitar a M, un hombre amable. Nos conocemos poco, casi siempre viene acompañado por una mujer delgada y bonita, con un rostro lleno de pecas y arrugas en los ángulos de los ojos, de haberse reído mucho. Ella me intriga mucho más, aunque no sea mi paciente. 

M vive en el centro de la ciudad, en uno de los barrios más elegantes. El portal tiene unos espejos enormes con marcos dorados y un sofá color caramelo de café, que parece decir:” tiéndete”.

El portero asoma la cabeza desde su madriguera de oro y me pregunta a qué piso voy:

― al cuarto A ― respondo, mirando la nota dónde llevo escrita la dirección. Me señala el ascensor al fondo del pasillo.

M tarda en abrir, le escucho arrastrar los pies un buen rato. Imagino que es un peregrino fatigado, errando en su propia casa; no la casa del gozo y el reposo, sino la de la fiebre y los medicamentos.

Por fin me abre. Tiene todas las luces encendidas a las doce de la mañana y parece solo.  

Me pregunto por la mujer que a veces le acompaña, pero no conozco la naturaleza del vínculo y prefiero ser discreta.  

Me conduce al dormitorio por un pasillo largo con puertas entreabiertas. Miro con la esperanza de encontrar algo de la mujer misteriosa: un vestido, un libro, unas gafas, lo que sea.., pero ni rastro.

 Su habitación es amplia con las paredes cubiertas de desnudos femeninos y escenas mitológicas. Me fijo en el edredón con motivos florales y los cojines de lino, embelleciendo una cama perfectamente hecha. No es la cama de un enfermo, quizá se levantó a hacerla antes de que yo llegara. El armario blanco con tres puertas abatibles me da esperanza, puede que la bella misteriosa viva allí y llegue en cualquier momento.

 Sobre el cabecero hay una reproducción de “La venus del espejo” de Velázquez. Venus contempla su rostro en el espejo sin dignarse a dar la vuelta. Nos enseña majestuosa la espalda. Hay un límite en la exposición de su carne, límite que habla de la arrogancia al saberse la más bella.

 De repente pienso, que en ese santuario de carnalidad, las pinturas mantienen un diálogo en virtud de la posición que ocupan en la estancia.

Elijo a la venus como la favorita, no en balde está más próxima al cuerpo de M.

El resto de las mujeres aparecen recostadas en el campo o en una cama, con las nalgas abiertas, insinuando miles de juegos y posibilidades. Espaldas tersas, senos redondos y ojos oblicuos reivindican su lugar.

Sobre la que parece su mesilla de noche, hay un pastillero, y al lado una pequeña escultura del “rapto de las sabinas”, la coge y me la muestra explicándome el mito sobre el origen de Roma.

Sobre la otra mesilla reposa una lámpara cuyo pie representa la fusión erótica de Psique y Eros, no hay más objetos.

Estoy impresionada por la cantidad de cuadros, tallas y pequeñas esculturas que hay por todas partes.

Decide hacerme una visita guiada por la casa. Comienza por el salón con sus estanterías repletas de libros encuadernados en piel, continúa por el cuarto de baño, donde tiene un busto de venus en el lavabo.

―Veo que estás rodeado de arte, sobre todo de mujeres― me atrevo a decir.

―Si, me gusta estar cerca de la belleza ― afirma sonriendo.

El tour finaliza en el vestíbulo con unas serigrafías de corte sicalíptico que lucen atrevidas al lado de un aparador de madera.

Durante un rato, he dejado de pensar en la enigmática desconocida que tanto me intrigaba. M ha capturado mi atención y mi imaginación por completo…o quizá han sido sus obras de arte, susurrándome secretos al oído.

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