Goce y placer son conceptos que nos trasladan a escenarios parecidos, sin embargo, no son la misma cosa.
¿Qué tienen en común para que se confundan?: un duende escurridizo e insistente llamado deseo.
Si buscamos el significado de goce, nos lleva a un sustantivo cuya acción procura placer, alegría o disfrute. Esta es la acepción que conocemos de un modo coloquial; ahora bien, nos podríamos preguntar: ¿Siempre gozamos con el placer?
En la experiencia del goce no hay tantas diferencias entre unos y otros; lo que nos distingue es la capacidad de postergarlo, y por tanto, la cuota de displacer que estamos dispuestos a pagar para alcanzar esa cumbre.
Desde un punto de vita biológico, los seres humanos nos aproximamos al placer y nos alejamos del dolor. Esta explicación es válida en términos de necesidades básicas que determinan la supervivencia. No atañe a una experiencia sofisticada como el goce.
El placer nos hace disfrutar, pero nos satura rápido, su recorrido es corto,
Imaginemos una alcoba, una cama con las sábanas recién desordenadas, y nuestro amante acariciándonos con lentitud la cara interna del muslo. Las primeras caricias son exquisitas, ¿qué sentimos tras la repetición del gesto unos minutos después?
Nos cansa e incluso nos fastidia, el placer se ha transformado en algo indiferente o molesto. ¿Qué sucede si las caricias son breves y cambian de lugar?, ¿qué nos pasa sí no sabemos dónde, ni cuándo nos tocarán de nuevo en ese encuentro erótico? La sorpresa y la expectación nos mantendrán activos dentro de la experiencia.
En el ejemplo anterior, el placer a través de las caricias, nos está siendo esquivo, no termina por el momento de eclosionar. En esa dilatación, nos encontramos tirando de un hilo que no es otra cosa que el deseo.
Es como si estuviéramos perdidos en un bosque, y la madeja del deseo nos fuera guiando hacia el claro. De vez en cuando el hilo se atasca en la corteza de un árbol o se enreda en un matorral, esto nos fatiga y aumenta las ganas de llegar a la pradera.
El placer que nos reporta alcanzar ese espacio anhelado, ha estado precedido de cierta incomodidad o displacer. No es tanto la magnitud de la recompensa – el voltaje del placer- sino el cambio de signo.
El goce es inherente al ser humano y no siempre nos relacionamos bien con él, lo que viene a ser lo mismo que la dificultad para tolerar los deseos.
Tenemos deseos secretos, e incluso a veces no comprendemos bien qué deseamos. En ocasiones, el deseo entra en conflicto con nuestros valores produciendo malestar y algún quebradero de cabeza.
Una cosa es el deseo, y otra cosa lo que hago con él, cómo lo resuelvo.
Resolver no es asfixiar, aplastar o negar el deseo, sino canalizarlo de una manera saludable que nos haga vivir bien.
Mal que nos pese, el deseo es el motor de la vida, tiene más impacto en la conducta y en nuestras decisiones que el placer en sí mismo.
El placer nos empacha pronto y el deseo en cambio nos deja con ganas de más.
¿Qué nos genera tanta incomodidad? : el equívoco entre placer y deseo , y entre goce y placer.
No siempre deseamos cosas que nos dan placer -al menos no de manera inmediata- y no siempre sacamos placer de lo que deseamos.
El goce y el deseo van juntos, y el placer les roza de vez en cuando.

