La palabra apego evoca cosas muy diferentes dependiendo del contexto en que se pronuncie. Actualmente se emplea para referirse a conceptos diversos, lo cual genera confusión.
Todos nacemos con un sistema de apego, pertenece a nuestro equipamiento neurobiológico.
Es un sistema motivacional, que nos empuja a buscar la seguridad y protección en las figuras que supuestamente nos tienen que cuidar, y funciona desde que empieza la vida.
Sobrevivimos gracias a él, por lo tanto, no es opcional.
Cuando el bebé tiene una necesidad, activa una conducta de apego para ser atendido, por ejemplo: el llanto.
En un vínculo sano, la activación de la conducta de apego en el niño provoca la activación del sistema motivacional de cuidados en el adulto, es decir, el adulto se siente motivado a ver qué le sucede y a satisfacer la necesidad.
El cuidado siempre debe tener la dirección de adulto hacia niño, no al contrario; en este último caso, hablaríamos de una situación grave, conocida como parentalización o inversión de roles.
El estilo de apego tiene que ver con la forma en que se procesa la información. Está directamente relacionado con la creencia que la persona tiene sobre sí misma y sobre el mundo.
¿Qué pensamos sobre nosotros, sobre nuestras capacidades? ¿nos parecen confiables los demás, o no? ¿el mundo es un lugar habitable con facilidad, o por el contrario es difícil y tormentoso?
Dependiendo de nuestro estilo de apego, nos sentiremos en nuestro interior de una forma u otra, tenderemos a evaluar las situaciones de un modo concreto, y de ahí desarrollaremos una conducta.
¿Dónde se va fraguando este modelo de funcionamiento, que va a repercutir en cómo nos relacionamos con otros y con nosotros mismos? Se va moldeando desde que nacemos, e incluso antes, existen estudios que hablan de la etapa perinatal: antes del parto y durante toda la gestación.
Se sabe desde hace mucho tiempo, que lo que tiene un impacto decisivo, es todo lo que absorbemos en las interacciones tempranas con los cuidadores principales. Sin embargo, a medida que el mundo se va expandiendo, y el niño se abre a nuevas experiencias relacionales – en el colegio, en el parque, con amigos, y más tarde, de adulto con parejas o nuevas amistades – las representaciones mentales de cómo pueden ser las cosas, van cambiando, o al menos se van incorporando nuevas visiones.
Por esto último, en adultos es más acertado hablar de estrategia de apego en lugar de estilo de apego. Todos tenemos un estilo de apego predominante, pero en la madurez, somos como una madera, cuya tonalidad está enriquecida por vetas.
Hay dos elementos fundamentales que perfilan el estilo de apego predominante: la regulación emocional y la seguridad relacional.
La regulación emocional habla de qué hacemos con las emociones: ¿estamos en contacto con ellas? ¿sabemos qué sentimos y cómo se refleja en nuestro cuerpo? ¿Cuándo nos sentimos desbocados, pedimos ayuda o tratamos de calmarnos solos?
La seguridad relacional determina lo confiables que nos parecen las personas: ¿estamos confortables con la intimidad en nuestras relaciones? ¿necesitamos poner distancia con respecto a las personas con las que nos vinculamos? ¿anhelamos sentirnos muy fusionados con el otro?
En virtud de estas dos cuestiones existen clasificaciones de estilo de apego, y nos podemos sentir más identificados con unas que con otras, o bien presentar características de varios estilos.
El estilo evitativo o distanciante, tiene más desarrollada la autonomía y la exploración y mucho menos la conducta de apego.
El estilo ansioso o preocupado, tiene más acentuada la conducta de apego y presenta menos autonomía y tendencia a la exploración.
El estilo desorganizado, puede presentar cambios abruptos de estrategia porque no tiene una estrategia definida, y con frecuencia se asocia a experiencias traumáticas.
El apego seguro está cómodo en la intimidad y al mismo tiempo es autónomo y le satisfacen la exploración y los aprendizajes nuevos.
Es importante saber que el estilo de apego no es una patología; si bien es cierto, que los estilos de apego inseguros: evitativo, ansioso y desorganizado, llevan consigo una mayor fragilidad psicológica, y el apego seguro una mayor fortaleza, sin que ello vaticine nada.
Por otro lado, es interesante ver el estilo de apego como un gradiente o continuum, de manera que podemos estar más o menos próximos a la línea media – lo que sería el apego seguro – o más cercanos a uno de los extremos: evitativo o ansioso, o tener una mezcla de características que prevalecen dependiendo del contexto.
En mi opinión, no creo que sea importante poner una etiqueta clasificatoria, sino observar cuales son las dificultades que presentamos en nuestros vínculos y en nuestro crecimiento, y solicitar ayuda profesional – siempre con alguien con formación específica y experiencia clínica – en el caso de que hiciera falta.

