Los procesos de duelo constituyen una de las experiencias más complejas que atravesamos a lo largo de nuestra vida.
La palabra atravesar no es gratuita, pues el duelo nos desgarra, y durante un tiempo nos adhiere al dolor de la pérdida. Se para el reloj en ese socavón que se abre bajo los pies.
El duelo evoca la muerte en todas sus acepciones. No únicamente la muerte de un ser querido, también nos duele la pérdida de un vínculo, de una función corporal, de un trabajo, de una situación que nos resultaba grata; en definitiva, nos habla del fin de algo que antes estaba y ahora no.
Parte de nosotros muere también en esa pérdida, ya no somos los mismos. Somos nuestro yo actual sin ese algo.
El carácter especialmente significativo de la pérdida y su imprevisibilidad, son factores que contribuyen a que el dolor sea más intenso y el procesamiento más difícil.
No es lo mismo perder algo como consecuencia de una decisión personal – en la que quizá ganamos algo, aunque nos veamos desprovistos de otro elemento – que la pérdida impuesta por la vida; del mismo modo, no es lo mismo una pérdida anunciada que una repentina.
Durante el duelo las emociones nos invaden y nos producen dolor: la tristeza, la rabia, la culpa, son algunas de ellas. Son fisiológicas, nos ayudan a procesar, es decir, a colocar la información de lo que hemos perdido, junto con la reconstrucción de nuestra identidad en la realidad presente.
Se ha hablado mucho de las fases del duelo: negación, ira, negociación, tristeza profunda y aceptación; lo cierto es que el duelo es una experiencia personal y cada cual transita las emociones como puede, no necesariamente en ese orden, e incluso, es habitual vivir diferentes estados emocionales en el mismo día.
Cuando estamos caminando por ese desierto pensamos que nunca terminará, y nos preguntamos si volveremos a sentirnos bien algún día. Da igual saberse la teoría, la duda sobre su fin aparece.
Le damos vueltas a lo que pasó, tratamos de dilucidar si hubiéramos podido hacer algo. El pensamiento se vuelve obsesivo en el intento de descifrar y calmar el dolor; como si eso, devolviera aquello que no puede ser devuelto.
El duelo termina cuando se ha comprendido emocionalmente, quien se es a partir de ahora. Este saber, trae consigo la paz y la aceptación. El esfuerzo por comprender es el esfuerzo por aceptar, van de la mano.
Escritoras como Rosa Montero, Joan Didion y Siri Hustvedt, han utilizado la creación literaria para elaborar su duelo. Las tres tienen en común la pérdida de sus parejas por la enfermedad.
Rosa Montero escribió “La ridícula idea de no volver a verte”, publicado en 2013. En la primera hoja, que da comienzo al primer capítulo nos dice: “Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos”.
Los nacimientos y las muertes nos sacuden haciéndonos sentir el dolor de estar vivos, al tiempo que detienen todo lo demás, crean el espejismo de dejar todo en suspenso. Digo espejismo porque en realidad, la vida sigue. Nada se detiene. La dificultad radica en seguir viviendo en un mundo que ya no es el mismo, en seguir haciendo que las cosas sean interesantes.
En “El año del pensamiento mágico”, Joan Didion escribe: “…cuando por fin reconocí que a lo largo del invierno y la primavera se habían dado momentos en los que yo había sido incapaz de pensar racionalmente. Yo había estado pensando igual que los niños, como si mis pensamientos y mis deseos tuvieran el poder de darle la vuelta a la narración y cambiar los resultados”.
En el libro Didion describe cómo se transforma en detective en busca de pistas clínicas que expliquen cómo y porqué murió su esposo, tratando de entender algo tan misterioso como la muerte.
“Historias de fantasmas»es el último libro de Siri Hustvedt, narra la relación con su pareja – el escritor Paul Auster con el que convivió cuarenta años hasta su muerte – y lo hace a través del duelo: “No echo de menos al Paul joven y apuesto que conocí. Añoro al hombre entrado en años antes de que lo machacara el tratamiento contra el cáncer”.
El duelo es un duro trabajo del que no escapamos nadie. Siempre estamos en la situación de desprendernos y de volver a reconocernos después en una especie de renacimiento.

