Hay una frase muy buena que dice: “cuando no afrontas un conflicto en el exterior lo trasladas a tu interior”.
El conflicto es una situación incómoda, que se despliega cuando dos fuerzas de sentido contrario pugnan por alcanzar el equilibrio o la ventaja de una sobre la otra.
El conflicto es inherente al ser humano, y por lo tanto inevitable.
Con frecuencia, nos encontramos en la situación de tener que escoger para resolver los problemas en los que nos vemos inmersos, y ya sabemos que elegir implica renunciar. Una opción no puede darnos todas las prestaciones.
Renunciar no es un asunto fácil, y explica porqué nos cuesta disolver los conflictos.
Cuando dejamos en stand by demasiado tiempo un asunto conflictivo, o le ignoramos, suele reflejarse en el cuerpo a modo de recordatorio. Muchas veces, no relacionamos las cosas que nos suceden en el cuerpo con los derroteros que va tomando la biografía.
La somatización es la expresión en el lenguaje del síntoma de nuestra esfera emocional.
Hay varios escenarios posibles: La aparición de síntomas que no encajan con ninguna enfermedad orgánica, el empeoramiento de las patologías de base o la presentación de nuevas enfermedades.
Las principales manifestaciones son:
Dolor de cabeza: migrañas y cefaleas tensionales. Muy relacionadas con el pensamiento rumiativo y los rasgos de personalidad obsesiva.
Síntomas digestivos: dolor abdominal, alteraciones en el ritmo intestinal, brotes de colitis ulcerosa o enfermedad de Crohn, sobrecrecimiento bacteriano. No en vano al aparato digestivo se le conoce como “la caja de resonancia de las emociones”.
Problemas en la piel: picor, eccemas, brotes de psoriasis, inflamación de los párpados y orzuelos.
Síntomas respiratorios: sensación de falta de aire, asma, disfonía.
La cefalea fue abordada en la Grecia clásica desde un punto de vista físico y espiritual, e incluso tuvo su protagonismo en el mito del nacimiento de Atenea – diosa de la sabiduría, la ciencia y las artes – cuenta la historia que Zeus sufrió un dolor de cabeza tan fuerte que pidió al dios Hefesto abrir su cráneo, y de la brecha nació Atenea.
En el mundo antiguo el dolor de cabeza se consideraba un castigo de los dioses, siendo la historia clínica un interrogatorio sobre los posibles “vicios o faltas de moralidad” del que aquejaba esta dolencia.
Los griegos trasladan la soberanía del mito a la razón, comenzando así los primeros atisbos de una medicina más científica.
Hipócrates describió los síntomas visuales que preceden a la migraña, conocidos como aura; para él, las relaciones sexuales acumulaban vapor en el estómago, que ascendía a la cabeza ocasionando dolor. Como vemos, ya desde la antigüedad hay testimonios de la asociación entre aparato digestivo y cefalea, y entre cefalea y actividad sexual.
En el siglo XI en la Escuela de Salerno, una neuróloga llamada Trótula realiza una descripción de la fisiopatología de los dolores de cabeza, sosteniendo: la descompensación de los humores es lo que ocasiona la enfermedad.
Según ella, la melancolía localizaba el dolor en el lado izquierdo y la cólera en el derecho. Aquí se trasluce, cómo en el medievo existía la idea del influjo emocional sobre la salud física: tanto la cólera como la melancolía son generadas por la pelea mental ante contenidos conflictivos.
Si estáis interesados en el tema, os recomiendo la lectura del artículo de neurohumanidades: “Historia de la cefalea en la antigüedad y el medievo “de Guerrero Peral y Frutos González.
Siguiendo con la cefalea como expresión de conflictos, desde el punto de vista psicoanalítico, es considerada un mecanismo al que accede el inconsciente del paciente, con el objeto de desprenderse de las contradicciones que le abruman. La cuestión, y de nuevo tenemos aquí una paradoja, es que esas contradicciones son deseadas por el paciente, y por lo tanto la desaparición del conflicto es dolorosa.
Todos nos hemos visto envueltos en dicotomías y sabemos lo difícil que es descartar y elegir. Este acto conduce a la liberación, pero también a la pérdida de un elemento que por algo manteníamos vivo en el conflicto.
Se ha hablado mucho de la personalidad del migrañoso: obsesiva, perfeccionista, introspectiva, en definitiva, una psique analítica dando vueltas incansablemente.
Oliver Sacks en su libro “Migraña” explica: “Una migraña es un hecho físico, que también puede ser desde un comienzo, o posteriormente, un hecho emocional o simbólico. Expresa necesidades, tanto fisiológicas como emocionales: es el prototipo de reacción psicofisiológica”.
Cuando el migrañoso por medio del dolor se adapta a expresar el malestar o a no elegir; el desafío de encontrarse bien supone abandonar un lenguaje de enfermedad. Un idioma de dentro hacia fuera que le es útil para no mover ninguna pieza en el ajedrez de su vida.
Oliver Sacks prescribió la importancia de aprender a sentirnos bien, a dejar de lado esas muletas que nos han acompañado tanto tiempo y que hemos escogido a nuestro pesar.
La conciencia corporal permite discernir las cuestiones importantes que el cuerpo nos pone de manifiesto con su particular forma de hablar, y nos da la opción de elegir la salud.

