Encrucijadas. reales y figuradas

 ¿Quién no se ha visto en la complicada situación de tener que decidir entre dos caminos? La vacilación y el análisis de las ventajas e inconvenientes, nos obsesiona hasta que somos capaces de inclinarnos definitivamente. No basta con hacerlo a medias, eso no es decidir; es seguir dando vueltas.

Elegir seguir indecisos puede proporcionar una calma temporal, como una especie de tregua con nosotros mismos, pero el comezón de algo no concluido surgirá de nuevo.

Encrucijada alude a otra palabra: emboscada. La forma de pensar asociada a ciertas creencias, que como tales, cuesta mucho disolver, nos mete en una cárcel mental. Es entonces cuando pensamos que las posibilidades están agotadas, y regresamos una y otra vez al punto de partida, chocando contra las mismas opciones sin plantearnos otro camino.

En esa trampa, la encrucijada es figurada; no nos bloquearíamos en esa indecisión, o al menos no tanto, si fuéramos capaces de cuestionarnos nuestro diálogo interno. Esta reflexión es muy interesante, ya que el solo planteamiento nos hace vislumbrar que quizá tenemos otras alternativas, y por tanto no estamos en un estado de indefensión.

¿Qué elementos contribuyen en la rigidez mental? Sin duda, cómo nos han dicho que tienen que ser las cosas, las experiencias duras que han reforzado los dogmas, y las respuestas automáticas de nuestro sistema nervioso, en consonancia con esas creencias y aprendizajes tempranos. 

La reflexión y el pensamiento racional son necesarios para resolver las encrucijadas, pero es igualmente necesario entender cómo funciona el sistema nervioso autónomo, y cómo podemos ayudarnos para que juegue a nuestro favor en la toma de decisiones.

Un sistema nervioso alterado afectará sin duda al procesamiento de la información que disponemos, y nos hará muy complicado decidir, elegir y actuar acertadamente.

Stephen Porges desarrolló la teoría polivagal , en la que explica cómo el sistema nervioso autónomo regula las emociones, el comportamiento social y las respuestas a las situaciones estresantes.

Porges explicaba cómo lo que resulta familiar a nuestro sistema nervioso le hace sentir seguro. Por muy conflictivo que sea un entorno, si es familiar equivale a entorno seguro, e iría acompañado de una creencia en línea con esa sensación de seguridad. La rigidez de las creencias es lo que nos conduce a la emboscada.

Las teorías de Porges abundan en la interrelación entre la parte cognitiva relativa a las creencias y la activación del sistema nervioso. Hay un fino engarzamiento entre ambos; las más de las veces, la creencia late oculta en nuestro interior, a través de ella explicamos el mundo, nos da identidad y por tanto corporeidad; de tal manera que las vicisitudes que acontecen se traducen y provocan una respuesta .

Lo que creemos profundamente, a veces incorporado de un modo inconsciente, hace que situaciones, palabras o escenas, sean categorizadas rápidamente y den como resultado una respuesta automática. Aquí el sistema nervioso actúa antes que nuestro cerebro racional.

Veamos el engranaje profundo de esto, y para ello necesitamos el concepto de neurocepción.

La neurocepción es el vigilante interno de nuestro cuerpo, Stephen Porges lo llamó” la Percepción no consciente”.

 ¿Qué quiere decir esto?

La neurocepción es una función sofisticada, al servicio de la supervivencia. Se encarga de detectar estímulos y elicita respuestas defensivas para proteger al organismo.

La biología de la supervivencia es muy potente, tal es así, que con independencia de que un estímulo represente una amenaza real o imaginaria, la respuesta del sistema autónomo prevalece por encima de la lógica.

Los estímulos internos son cambios corporales, pensamientos o síntomas como sed, dolor, fatiga ; los externos  son las amenazas que vienen de fuera como los ruidos fuertes, y los intermedios aluden a las relaciones interpersonales.

El sistema nervioso autónomo se denomina así, porque es automático e inconsciente. Es un sistema que percibe los estímulos y provoca las respuestas adecuadas.

Se compone de dos subsistemas: el sistema nervioso simpático y el parasimpático.

El simpático es activador, significa: “a favor de las emociones”. Moviliza respuestas fisiológicas y emocionales. Nos ayuda a ponernos en marcha por las mañanas cuando nos pegamos el madrugón, pero también es decisivo en las respuestas de lucha y huida ante los peligros. Hace que el corazón lata más rápido, que el flujo de sangre vaya hacia los músculos, que aumente el nivel de glucosa en la sangre, entre otros eventos corporales. La adrenalina, noradrenalina y el cortisol son hormonas que se elevan cuando el simpático lleva la batuta.

El parasimpático significa “contra las emociones” e induce la relajación, el ahorro de energía y las respuestas de inmovilización.

Ambos sistemas están siempre en funcionamiento, no se apagan, lo que sucede es que uno predomina por encima del otro.

Vayamos un poquito más al fondo de la cuestión: El sistema nervioso parasimpático consta de las dos ramas del nervio vago: 1) La rama del circuito ventral, que compartimos con el resto de los mamíferos, responsable de la conexión social, los vínculos, la relajación, la sensación de seguridad. Está asociada a la oxitocina.

El circuito ventral está mielinizado, es decir, los nervios de este tramo llevan un cableado recubierto de mielina, lo que permite que la conducción nerviosa sea más rápida.

En este circuito nos sentimos enraizados y confiados. El aprendizaje, el juego y la creación de vínculos es posible.

2) La rama del circuito dorsal la compartimos con los reptiles, se activa en respuesta al miedo. Es la artífice de los estados disociativos, la inmovilización y la depresión. Estos estados se ponen en marcha cuando hay un pavor intenso junto con la sensación de derrota. Ni la lucha ni huida se barajan como opciones posibles.

El circuito dorsal utiliza una sustancia llamada acetilcolina, que genera entumecimiento y desconexión. Cuando no hay escapatoria y la muerte es inminente, permite que pasen a la sangre sustancias anestésicas para no sentir dolor y perder el conocimiento. A un nivel menos intenso provoca falta de concentración, de disfrute y de aprendizaje.

En síntesis: el sistema parasimpático actúa de freno del simpático sin llegar nunca a anularle, ahora bien; el circuito ventral lo hace desde el placer y la conexión social, y el dorsal desde el miedo.

Las respuestas emocionales y fisiológicas del sistema nervioso autónomo, se transmiten con un decalaje de tiempo al sistema nervioso central, es decir, el cuerpo primero reacciona y luego piensa, porque si la vida está en juego lo primero es actuar.

Este camino desde el sistema nervioso autónomo hacia la parte racional de nuestro cerebro, se llama camino ascendente, o de abajo hacia arriba.

Desde aquí es sencillo entender, cómo la parte reactiva automática de nuestro cuerpo influye en nuestros pensamientos y en la manera de enfocar los problemas. Del mismo modo, los pensamientos – léase creencias – influyen en las respuestas del sistema nervioso autónomo.

La evolución ha permitido que dispongamos de tres circuitos autónomos: simpático, vago dorsal y vago ventral. Bien calibrados, nos hacen la vida fácil; por el contrario, cuando hay sesgos cognitivos o los detectores de peligro se encienden sin que la amenaza sea real, empiezan las dificultades entorpeciendo la vida.

En este caso las decisiones estarán mediatizadas por el miedo, distorsionando la realidad. La sensación de bienestar y nuestro comportamiento se verán afectados.

El nervio vago tiene una función importantísima regulando la aceleración y desaceleración cardiaca, permitiendo la transición flexible de unos estados fisiológicos a otros. Del buen funcionamiento del nervio vago depende la salud general.

Vamos a poner un ejemplo: ante la ansiedad o el stress el sistema simpático se activa y esto tendrá como consecuencia el aumento de la frecuencia cardiaca y respiratoria. Una vez que la demanda que ha provocado el stress desaparece, o a medida que ponemos en marcha recursos de afrontamiento, ya no hará falta que el corazón bombee tan rápido. El nervio vago actuará de freno, restableciendo el organismo a la situación previa de normalidad e incluso, una vez pasado el susto nos llevará a la relajación.

Una buena variabilidad cardiaca es señal de un tono vagal alto y se correlaciona con buena salud.

La respiración consciente es un entrenamiento para acceder al funcionamiento del nervio vago. Al inspirar la frecuencia cardiaca aumenta y en la espiración se produce una desaceleración. Podemos notarlo poniendo tres dedos en la arteria carótida del cuello.

Este simple ejercicio nos ayuda a regularnos emocionalmente, logrando una mayor tranquilidad, lo que permitirá pensar reflexivamente y ver las cosas desde otra perspectiva.

Pese a que algunas encrucijadas son muy complejas, tener el sistema nervioso regulado y la mente clara hace que no caigamos tan fácilmente en las trampas mentales.

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