Sexualidad y maternidad. Parte I: los roles.

La decisión de ser o no madre es una cuestión que aparece en algún momento del  recorrido vital de la mujer, para algunas se trata de una elección sin asomo de duda y para otras se encuentra sujeta a reflexiones que la complejizan.

Los testimonios de las mujeres entrevistadas en el libro “Madres arrepentidas” de la socióloga Orna Donath, experta en las expectativas sociales depositadas en lo femenino, pone de manifiesto que muchas no han hallado la prometida sensación de plenitud tras la maternidad.

Según Donath, en algunos países se examinó la maternidad desde la perspectiva de la satisfacción femenina, intercambiando la palabra arrepentimiento por la de ambivalencia, conceptos que no encierran el mismo significado puesto que una mujer puede sentir emociones contradictorias en la crianza de un hijo y en absoluto estar arrepentida.

La impresión que la autora obtuvo, es que la sacralización de la maternidad obliga a más mujeres de lo que la sociedad admite a silenciar su pesadumbre, sin que ello reste un ápice de amor a sus hijos.

La casuística sobre la vivencia de la maternidad es amplia y diversa, otro ejemplo lo encontramos en la experiencia de la periodista María Fernández Miranda, autora del libro NO MADRES, dónde muestra generosidad y valentía al relatar su recorrido íntimo partiendo de una pregunta que con frecuencia se hace a las mujeres: ¿Cuándo vas a tener hijos? O ¿Cómo es que no has sido madre?

Fernández Miranda explica cómo la presión social apresura a las mujeres a plantearse la maternidad primordialmente, sin tener en cuenta que es posible dar a luz otros proyectos vitales.  

Con frecuencia cuando se habla de maternidad aparece en el imaginario colectivo la presencia de una madre con un bebé, un escolar o adolescente; pero lo cierto es que este rol acompaña a la mujer siempre, aunque los hijos sean adultos. La cuestión que quiero plantear es: ¿Cómo afecta, en el caso de que así sea, el rol de cuidadora en la vivencia de ser sujeto erótico?

La postmodernidad abarca las transformaciones culturales a partir del siglo XIX, los cambios han sido especialmente vertiginosos en la generación milénica; en nuestra sociedad globalizada, conviven mandatos culturales heredados junto con nuevas corrientes ideológicas asociadas a un fuerte desarrollo de la tecnología.

A un nivel profundo persisten creencias injertadas, que en cierto modo nos condicionan y se mantienen como un tatuaje en el inconsciente.

 Lévi- Strauss explica muy bien la división de roles atávica enterrada en el transfondo de nuestra   conciencia determinado  QUÉ DEBEMOS creer ,  para ello diseñó un modelo gráfico  que denominó el triángulo culinario

Este triángulo equilátero invertido, presenta un rol femenino situado en cada vértice y asociado a una cualidad relativa a la preparación de un alimento: lo crudo representa a la DONCELLA, lo cocido a LA MADRE y lo podrido a LA PUTA.

La explicación del polígono aparece ilustrada en los cuentos infantiles; la doncella se encontrará en la dicotomía de seguir el camino de la virtud convirtiéndose en Madre y pasando a ser la jueza y cuidadora, por el contrario, sí la doncella toma otra dirección se transforma en lo corrupto, encarnado en los relatos de la infancia por la bruja o la madrastra.

Enrique Gil Calvo en su libro “las máscaras de la masculinidad “, trata estos asuntos con gran maestría y desarrolla ampliamente la teoría del triángulo de Lévi-Strauss:  lo que está en juego es la identidad, es decir, seguir – según el concepto de racionalidad de Weber -el sendero de la racionalidad técnica, asociado al cálculo de las consecuencias y la responsabilidad, o el de la racionalidad expresiva, ligado a la vocación y el deseo.

Desde la óptica tradicional el sendero del deseo se cuestiona más en la doncella que en su equivalente masculino representado por el héroe aspirante a patriarca.

Cogiendo estos conceptos y trasladándolos a la mujer actual, podemos observar que los roles de esposa, amante, madre y abuela están atravesados por lo que Marcela Lagarde denomina SINCRETISMO DE GÉNERO, esto quiere decir que la mujer de hoy se escinde entre los mandatos del rol tradicional y su vida fuera de la esfera del cuidado.

Por supuesto este hecho no se expresa de un modo explícito, pero podemos observarlo en productos culturales y en la publicidad, dónde las mujeres gestantes no aparecen, al menos mayoritariamente, publicitando productos de embellecimiento.

 El estereotipo de belleza femenina es estático, representando sólo a la mujer joven , cómo si la belleza no aconteciera en otras etapas de la vida y sin tener en cuenta que la pirámide demográfica está invertida y la población es cada vez mayor, además, es la mujer madura la que dispone por su bagaje profesional del poder adquisitivo para proporcionarse los artículos de belleza ,ropa y tratamientos estéticos que una veinteañera – exceptuando la modelo del anuncio – no puede habitualmente permitirse.
La consecuencia de la propaganda de lo que se CONSIDERA ERÓTICO, logra generar inseguridad en la mujer y un sentimiento de dejar de ser sexy o atractiva cuando atraviesa el umbral de una nueva etapa vital.

No siempre lo que se nos transmite cómo consigna social se corresponde con nuestra experiencia de vida, aun así, es tal el poder simbólico que muchas creencias acaban siendo insertadas por la propia mujer haciéndolas suyas y presentando gran dificultad para desmontarlas después.

Al adoptar como dogma la pérdida del atractivo y asumir que LA BELLEZA es un concepto invariable y canónico, lo siguiente es despreocuparse de resaltar el encanto propio y abandonar el deseo de ponerse en “clave erótica”, esto por supuesto afecta a las relaciones sexuales y afectivas.

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