El don del psicólogo Milton Erickson, residía en su capacidad para ver al paciente; no negaba la imperfección que le atormentaba, sino que la cambiaba de signo. No ahuyentaba la mácula que el paciente veía. La ponía bajo la lupa, mostrándola en la dimensión percibida, y luego hacía que el defecto jugara a favor.
Cuando no se es excelente en algo desde el punto de vista canónico, es necesario buscar dolorosamente una voz propia.
El propio Milton Erickson tenía esa voz. Salía de la ortodoxia y arriesgaba con devoluciones y ejercicios que planteaba a quienes solicitaban su asesoramiento.
Buceando en su biografía descubrí que padeció poliomielitis desde los diecisiete años, en una época en que los médicos no le alentaron hacia la mejoría. La tenacidad le hizo recuperar parte de su movilidad y le impulsó a terminar las carreras de medicina y psicología.
Jay Haley describe en su libro «Terapia no convencional» las técnicas psiquiátricas de Milton Erickson. Entre ellas, la hipnosis y la psicoterapia breve centrada en soluciones son las grandes aportaciones.
Erickson jugaba con las resistencias de los pacientes, de tal manera que terminaban haciendo aquello que negaban con fuerza; en virtud precisamente de seguir resistiéndose a la autoridad.
Sus casos eran como una Matrioshka. El interior de cada muñeca albergaba una paradoja, y en el acto de abrirlas encontrando otro ejemplar más pequeño, se producía el cambio.
Un cambio en pro del crecimiento, sin alterar el núcleo identitario. Para mí ahí está la grandeza, en el movimiento desde el déficit, desde las derrotas, y aún así hacerlo de todos modos.
En su trabajo con la hipnosis – técnica que hoy día podría resultar extravagante para algunos –obtuvo buenos resultados, traducidos no solamente en la desaparición del síntoma, sino en el crecimiento del paciente.
Su enfoque del trance hipnótico era el de la relación transferencial con el objeto de expandir las capacidades.
La hipnosis es en sí misma una paradoja, se trata de que el paciente actúe de modo espontáneo, aunque al mismo tiempo está recibiendo instrucciones del hipnotizador.
Podríamos pensar que todo esto tiene bastante de manipulación, pero vayamos un poco más allá de las connotaciones que trae consigo el término.
Cuando un paciente acude a la consulta de un médico, un terapeuta o un coach, plantea sus motivos de consulta o sus anhelos. El profesional con una mirada perspicaz sabe diferenciar la demanda, del verdadero problema. Siempre hay un currículum oculto en la intervención terapéutica: el lugar al que se conduce al paciente para que cambie su perspectiva y como efecto colateral desaparezca el síntoma.
La magia se produce si existe alianza terapéutica, y ésta se da cuando se respeta el marco de referencia del paciente.
Por otro lado es importante saber que el trance hipnótico no induce al paciente a hacer algo que no haría en su estado consciente, nunca se pierde del todo la conexión con la realidad. Se trata de un estado de la conciencia que permite acceder a herramientas no engrasadas ni utilizadas, pudiendo disponer de ellas.
Erickson trataba problemas relacionados con la excesiva cohesión familiar, fomentando la autonomía.
Los síntomas en el sistema familiar aparecen cuando alguna circunstancia cambia, alterando el equilibrio preexistente. El conflicto eludido hasta ahora, se despliega. Ya no tiene otro remedio ante la incomodidad y el malestar. Llegado a este punto, el paciente acude a terapia.
Erickson rozaba el inconsciente con metáforas que inducían a ponerse en marcha al paciente hacia su crecimiento.
Esta especie de trance – otra vez paradójicamente – le despertaba de una inercia cotidiana en la que sobrevivía en lugar de vivir en plenitud.
Una situación muy frecuente consiste en la salida de los hijos adultos del núcleo familiar. Esta ruptura en el ciclo vital supone a los padres, volver a verse como pareja. Enfrentarse a un deseo sexual descuidado muchos años, a la falta de conversación e intereses comunes.
La deriva disfuncional de este escenario, no pocas veces se encarna en la enfermedad. Uno de los miembros de la pareja precisa ser cuidado. El síntoma sirve de excusa para hablar cuando no hay nada que decir. También reporta una ocupación en lugar de aceptar el riesgo de la creación de nuevos roles.
Por la consulta de Erickson pasaron disfunciones sexuales como la eyaculación precoz , la disfunción erectiva y la evitación del encuentro erótico, fruto de la educación conservadora y sexofóbica.
Uno de los miedos entre las mujeres que le consultaban, tenía que ver con la percepción de no encajar en el modelo de belleza de la época. Este asunto no nos resulta demasiado ajeno actualmente.
Erickson afirmaba que era importante conocer la imagen que los pacientes traían de sí mismos. Esto le permitía trabajar sobre la idea del atractivo personal como algo que nace de la individualidad del rostro. Aquí coincide con el filósofo Roger Scrutton, en que la cara es la embajadora del cuerpo, la especificidad es lo que detona el enamoramiento.
Nos sentimos constreñidos por la exigencia de un modelo social, cuando lo que cautiva es la diferencia, permanecer fuera del estereotipo.
Volviendo al trance hipnótico – método psicoterapéutico que comenzó a finales del siglo XIX, basado en la relajación y también en los movimientos rítmicos – sigue utilizándose en diversas problemáticas que atañen a la salud mental. Es común combinarlo con otras modalidades terapéuticas.
El neurólogo francés jean-Marie Charcot (1825-1893) fue conocido como “el Napoleón de las neurosis”. Estudió en profundidad el hipnotismo como medio para comprender la histeria y logró el reconocimiento de la hipnosis entre sus colegas médicos.
Freud fue discípulo de Charcot, empleó la hipnosis para explorar los deseos reprimidos de los pacientes. La perspectiva de Milton Erickson es muy diferente, para él el inconsciente es una despensa de recursos nutritivos.
Requiere de una confianza muy estrecha con el terapeuta, hasta el punto de abandonar el control y dejarse guiar por su voz. De nuevo una voz única, dotada de carisma y sensibilidad.
No nos dejaríamos hipnotizar por cualquiera. Abandonarnos, envueltos en ensoñaciones que no pasan libremente los filtros conscientes, es una experiencia demasiado íntima.
Se necesita de alguien especial para dejarnos guiar y mostrarle aquello recóndito que también nos hace especiales a nosotros.

