regulación emocional, autonomía y reflexión

La manera en que calibramos nuestras emociones, la capacidad reflexiva y la autonomía, son aspectos interrelacionados, que nos hablan de la seguridad en nosotros mismos.

Pensar no es lo mismo que reflexionar. Cuando pensamos sobre algo de modo circular, rebobinando incansables en torno a un aspecto que no podemos modificar, entramos en el terreno de la rumiación.

La rumiación es improductiva. No aporta soluciones, tan solo magnifica aquello sobre lo que nos enfocamos machaconamente.

La reflexión es otra cosa. Permite escapar de esa habitación cerrada que puede llegar a ser nuestra mente. Busca alternativas, nos obliga a ser creativos y por tanto, azuza la flexibilidad cognitiva.

La rumiación es rígida y la reflexión es elástica.

Mentalización y metacognición son dos facetas del pensamiento reflexivo, nos ayudan a vivir mejor en la realidad, sacando el mayor provecho de nuestra situación.

La metacognición consiste en pensar sobre los propios pensamientos. Vernos desde fuera y comprender nuestro modo de procesar la información. Esta habilidad favorece tomar decisiones más acertadas y contribuye a regular el termostato emocional.

La mentalización es darnos cuenta que la persona que tenemos enfrente tiene otra mente y piensa de otra manera. Saber esto que parece obvio, hace que elaboremos un abanico de interpretaciones sin dar las cosas por sentado.

Hay personas que creen reflexionar, cuando lo que hacen es embeberse de sus propias convicciones. Ponen un tabique a cualquier discurso que amenace con tambalear el suyo. Esto no es reflexión, es sobredosis.

Emoción y pensamiento se retroalimentan.

Cuando la emoción se desboca o por el contrario se apaga, la capacidad reflexiva se entorpece. Del mismo modo, ser capaces de reflexionar coloca la emoción en una medida más ajustada, sin tener por ello que ahogarla.

¿Qué tiene todo esto que ver con la autonomía?

Para empezar, tener autonomía implica poseer un criterio y unos valores, y actuar conforme a ellos. Sólo desde la seguridad es posible la autonomía.

Saber cuales son los valores que nos guían es algo fundamental, de lo contrario estaremos sujetos a otros por la dependencia.

¿Sabemos qué nos empuja a actuar en contra de lo que para nosotros es importante?

A veces se desconoce lo que es importante, esto es así cuando el proceso de individuación se ha cortocircuitado y se reproducen esquemas mentales y patrones de comportamiento, alejados de la esencia personal.

Otras veces el miedo exacerbado a frustrar expectativas da al traste con la autonomía y se vive una vida falsa, de pura complacencia, pero sin propósito.

Cómo pensamos, es crucial en el camino de la conquista de uno mismo. Pensar de modo creativo nos ofrece explorar posibilidades, en cambio el dogma nos vuelve dóciles.

Es más interesante ser un poco desobediente, en el desacato nos encontramos con el deseo y con la identidad.

Ser desobedientes con un porqué, no simplemente por llevar la contraria. Para desobedecer a nuestro favor, las emociones juegan un papel fundamental. Reflexión y emoción de nuevo.

Si estamos pasados de revoluciones emocionalmente nos costará frenar la impulsividad, si estamos congelados será difícil movernos hacia la dirección que nos interesa.

La emoción siempre es válida, el comportamiento no siempre lo es.

¿En qué consiste la regulación emocional?

En situar la emoción en una intensidad manejable, que nos permita extraer la información que trae consigo.

Hay muchas maneras de regular la emoción, algunas son saludables y otras no.

La capacidad de reflexión, conversar con personas relevantes y solicitar ayuda profesional, son buenas opciones. También realizar actividades que nos calmen o nos energicen, sin desatender  “el porqué ahora” de esa emoción.

Las conductas de riesgo y las adicciones regulan, pero creando problemas añadidos. En realidad, más que regular nos distraen de la emoción perturbadora.

La neurobiología nos dota de un sistema motivacional llamado apego. Este sistema con el que nacemos – se torna muy evidente a partir de los seis meses – permite desplegar conductas encaminadas a lograr satisfacer la necesidad de protección y cuidado.

 Sin el apego no habríamos sobrevivido. El niño activa su sistema de apego cuando necesita que le cuiden, y el adulto activa el sistema motivacional de cuidados.

Hablar de apego es hablar de regulación emocional. Es el adulto el que enseña al niño a regularse.  De esos barros vienen estos lodos, porque el estilo de apego y las estrategias de regulación suelen ser consistentes en el tiempo.

En niño va adquiriendo representaciones mentales de cómo es el mundo y de cómo es él, y esto ocurre en función de lo que le devuelven los ojos de las personas cercanas.

En el adulto, el apego es como una madera, presenta diferentes vetas. Las representaciones mentales procedentes de experiencias son más variadas, el mundo se ha ensanchado fuera de los confines del hogar. Es por esto que en los adultos es mejor puntualizar y hablar de estilo de apego predominante.

Cuando el apego es más o menos seguro, la persona es capaz de lograr adecuada regulación emocional, usa su capacidad reflexiva y tiene agencia. Hay autonomía y uno se hace dueño de su propia vida.

En las relaciones romántico afectivas se transfiere el apego, pero el ámbito en el que se manifiesta es muy diferente. Se trata de una relación entre adultos; en la que se dan y reciben cuidados, no desde la indefensión sino desde la colaboración.

Además, existe otro sistema motivacional que diferencia el vínculo: la sexualidad adulta.

Amor, apego y sexualidad se entremezclan siendo experiencias distintas, que con frecuencia se confunden.

De las tres, el amor requiere madurez y mucha reflexión para fraguarse germinando con el pasar del tiempo.

No decidimos lo que deseamos, pero si decidimos amar y lo que ello supone: aceptar al otro.

El amor es una cuestión de voluntad y autonomía, el apego es primitivo y viene con el material genético. 

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