La adquisición del lenguaje y el deseo de contar cosas son inseparables.
Se calcula que hace más de un millón de años surgieron formas de comunicación primitivas, que podríamos llamar protolenguaje.
La tradición oral de conocimientos y mitos demuestra que desde la oscuridad de los tiempos necesitamos escuchar historias reales o de ficción, y esta es la razón de la literatura.
Etimológicamente la palabra cuento viene de enumerar cosas y el pegamento que las cohesiona da forma al relato:. Relato significa “lo llamado atrás”, una hermosa forma de referirnos al comienzo de todo. Lo interesante de los relatos es que una vez escritos pertenecen al lector, quien les dará su propio significado.
La novela es el formato literario que llegó más tarde. A diferencia del cuento- vertebrado por una sola trama- los acontecimientos se entrelazan y nos van mostrando el conflicto que late por debajo.
Tanto al escribir como al elegir nuestras lecturas, desvelamos un poquito quienes somos; quizá una historia nos fascina por la cualidad de los personajes, y no necesitamos que pasen muchas cosas. Puede ser que nos identifiquemos con ciertos rasgos, o que tratemos de descifrar a partir de un comportamiento en la ficción, cosas nuestras que no alcanzamos a entender. A veces un libro puede suscitarnos una cierta clarividencia.
La escritura puede ser muy terapéutica, tanto si la usamos como canal de reflexión o como vehículo de catarsis. Nos ayuda a pensar sobre nuestros pensamientos, a expresar emociones atascadas y a recrear historias cuya simbología, contribuye a transformar un relato previo que lo mismo necesitaba otro significado o una conclusión.
Una forma de relato oral es la terapia en sus múltiples vertientes. En las sesiones dos personas- paciente y terapeuta – van trazando un relato, que tiene su punto de partida en lo que cuenta el paciente; a partir de ahí, se produce algo que sin dejar de estar mediado por un acompañamiento profesional tiene algo de mágico.
Siri Hustvedt lo explica en su libro: La mujer temblorosa o la historia de mis nervios. Hace alusión a su propio psicoanálisis y a lo que piensa sobre este modo de relato: “En esa tesitura, y a la búsqueda de mi curación, me habría enamorado de mi psicoanalista. Transitaría por una fase de transferencia. Por medio de ese amor, que bien podría transformarse en odio, indiferencia o miedo, le transferiría los sentimientos que albergaba o albergo hacia mi padre, mi madre o mis hermanas, y él, me haría una contratransferencia, construida a partir de sus propias vivencias”.
Es la descripción del psicoanálisis clásico, un proceso interpretativo. Al fin y al cabo, ¿no es eso lo que hacemos continuamente? Interpretamos lo que nos cuentan, lo que leemos, y lo más interesante de todo, somos capaces de reinterpretar los mismos hechos desde otro ángulo. Esto es evolucionar.
Dejando de lado lo Freudiano y pasando a lo cotidiano, la literatura estimula la imaginación. Esto, es fundamental. Tanto leer como escribir nos llevan a escenarios proyectados en la mente.
Pongamos como ejemplo la lectura, es un hábito. Implica concentración y curiosidad, no es amiga de la rapidez. Nos exige estar presente y nos ofrece mucho.
Decía la escritora Anaïs Nin “ Cuando quedes atrapado en la destrucción, abre una puerta a la creación”. Dejarnos llevar por la historia, sumergirnos en esa vida de repuesto, escribir lo que hemos soñado anoche; sin duda nos hace la vida más rica. Es como si viviéramos dos veces, lo que nos pasa en el exterior y lo que llevamos por dentro, nuestra fantasía.

