Algunos inviernos duros

S es un hombre alegre en apariencia, pero detrás de la carcajada espontánea asoma un poso denso que se le apelmaza en los ojos; es solo un segundo, luego desaparece como cuando una tormenta se aleja y vuelve a brillar el sol.

―Me ha ocurrido una cosa muy rara que me tiene preocupado ―dice.

 Le miro y muevo la cabeza en señal de asentimiento, alentándole a continuar.

―Hoy me desperté con una sensación extraña, una especie de recuerdo o sueño, no sé. Había una ambulancia ― prosigue.

―Cuando fui al baño vi que tenía esta pulsera en la muñeca―me la muestra con cara de interrogación.

Le escucho mientras veo como rebusca algo en el bolsillo del vaquero. Saca un papel arrugado y me lo entrega.

Es el ticket con el turno para ser atendido en algún hospital. Ahora, la que pone cara de interrogación soy yo.

― ¿Qué hiciste ayer por la tarde? ― Le pregunto sintiéndome un poco detective a la búsqueda de una pista.

― Fui a un bar en Conde Casal. Enfrente del apartamento de ella. No recuerdo nada más― responde estrujándose los párpados.

Ella era Mónica, su pareja durante treinta años. Murió el año pasado de cirrosis hepática, S la extraña. Solían beber juntos en los bares del barrio de ella. Nunca se casaron ni compartieron piso.

La vida de S transcurre en un nostálgico aletargamiento, salpicado por paréntesis horarios en los que disfraza su estado con una alegría festiva, orgiástica de puro desbordante.

Los dos estamos decididos a desentrañar el misterio, especialmente yo, que es mi responsabilidad profesional.

Le ayudo a bajarse la aplicación de la tarjeta sanitaria en el móvil, por fin logramos ver el informe de urgencias del hospital clínico San Carlos con fecha de ayer a las dos de la madrugada. Es un informe escueto: alta voluntaria sin informar.

―Parece que ayer estuviste en el hospital y te fuiste sin que te viera ningún profesional sanitario ¿No recuerdas nada? ― le pregunto sin mucha esperanza.

―No, tengo la mente en blanco. Es muy raro ―responde encogiendo los hombros.

Parece como si su cuerpo hubiera empequeñecido desde la última visita, tiene la cara más roja llena de capilares serpenteando por la nariz, ancha y plagada de cráteres de piel abultada. Las arrugas de los ojos se le marcan profundamente; ha reído y llorado mucho.

Cuando le explico la necesidad de estudiar a fondo qué ha pasado, se niega rotundamente, prefiere dejar las cosas como están.

Recuerdo entonces, conversaciones anteriores en las que le hice propuestas para mejorar su salud, sus ojos me devolvían el cansancio que acompaña a la derrota.

―Podríamos intentar un tratamiento para dejar el alcohol― le dije una vez.

―No me quite el alcohol doctora. Hace demasiado frío y llevamos juntos mucho tiempo ― respondió.

Me sentí torpe ante la inmensidad de su dolor. Era absurdo apostillar con la mojigatería de una frase hecha.   

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