En el cuerpo se instalan nuestros placeres y nuestras desdichas. La postura, el estado de la piel, la expresión de los ojos y las reacciones corporales ante las cosas que nos ocurren, son el reflejo de la historia que nos contamos sobre nuestra vida.
Las vivencias no elaboradas, contribuyen a crear tensiones en el cuerpo que se traducen en dolor, contracturas y modos de orientarse hacia el exterior en forma de defensa. Todo esto traduce la autopercepción y la creencia de lo externo como peligroso o amenazante.
Las improntas ocultas en el cuerpo, afectan a la vida sexual y afectiva bloqueando la flexibilidad a la hora de relacionarnos.
El doctor Van der Kolk explicó que “el cuerpo lleva la cuenta “, es el cuerpo, el que recuerda mucho más que la mente consciente los sucesos de la vida.
¿Cómo nos puede ayudar la expresión corporal y la danza a encontrar un estado más saludable?
El baile predispone a entrar en modo lúdico, sacándonos al menos por un rato de las rígidas convicciones que estructuran lo cotidiano. El juego es el antídoto para aceptar la vergüenza como una emoción incómoda, y darla su espacio sin que nos impida acercarnos a lo que deseamos.
Los cambios en la postura corporal inciden en los estados emocionales y en la autoimagen, contribuyendo a experimentar bienestar y confianza.
Por medio del baile exploramos nuevos repertorios de movimiento que nos motivan a seguir jugando y a descubrirnos con una mirada diferente, más amable y coherente con el momento presente.
En la terapia a través del movimiento, se abandonan los juicios acerca del cuerpo. Lo interesante es probar algo nuevo y comprobar que es valioso, es así cómo se derriban las murallas del miedo. Aparece el disfrute y lo que Badenoch definió como deleite: la dulzura que nos hace saber que somos aceptados tal cual somos.
La calidez que se genera en los grupos de baile es una experiencia enriquecedora. Son muchas las cosas que se comparten en un ámbito seguro. Esto es un aprendizaje fundamental que ayuda a saber que la intimidad es posible.
Exploración, creación y placer, se retroalimentan en un circuito de crecimiento que se traslada a diferentes aspectos como la sexualidad y la seguridad en los vínculos.

