Empecé a bailar con cinco años, cuando mis padres me apuntaron a clase de ballet. Desde entonces no he dejado de hacerlo, es ESENCIAL en mi vida.
La danza me ha regalado momentos hermosos y me ha acompañado en etapas difíciles, ayudándome a trascenderlas y elaborarlas. En otras palabras, la danza y la música son la banda sonora y la coreografía de mis tramos vitales.
Desde muy pequeña he sentido atracción por diferentes estilos de baile, tanto por lo que tiene que ver con el acercamiento a otras culturas como por el deleite de mover el cuerpo siguiendo otros ritmos y musicalidades.
Al margen del placer que me causa bailar y escuchar música, he de decir que son pasiones que han formado parte de mi educación sentimental, en el sentido de que ciertas músicas han desatado emociones que dibujé bailando y situaciones emotivas salieron a la superficie a través del baile.
Tenemos evidencia de que la humanidad danza desde tiempos remotos, en ocasiones a modo de plegaria con un profundo sentido religioso, otras veces formando parte de la celebración de la vida.
La danza se puede observar desde muchos puntos de vista: como espectáculo, actividad lúdica, manifestación artística, herramienta de seducción, folclore, reivindicación social. Son innumerables las ramificaciones para abordar esta experiencia humana.
La danza atañe al cuerpo y como seres sexuados, nuestra sexualidad se manifiesta y reside en el cuerpo. La comunión entre sexualidad y danza atrapa otra serie de conceptos indisociables como erotismo, sensualidad, deseo, emoción y seducción.
El erotismo hace referencia a todo estímulo que llega por medio de los sentidos y excita nuestra imaginación haciendo surgir el deseo sexual. La FANTASÍA y la ANTICIPACIÓN DEL PLACER son cruciales en la vivencia de lo erótico; nos conecta de inmediato con nuestra esencia, puesto que lo que deseamos es parte de lo que somos.
Bailando mostramos nuestro deseo e intentamos atrapar el deseo del otro cautivándole, no hay danza sin espectador, sea éste real o imaginario.
Bailar es un acto de reafirmación del YO, en tanto en cuanto mostramos el DESEO, lo que está dentro de nuestras preferencias. De aquí se desprende que cuando alguien no puede expresar su deseo- por cualesquiera sean los motivos – pierde parte de su potencia, su capacidad de manifestarse está mermada.
La danza es una manera de seducir, con el lenguaje corporal se insinúa el mensaje dejando espacio en la imaginación del espectador, sin suspense no puede comenzar la seducción.
Al no emplear la palabra, la ambivalencia siempre está presente; el cuerpo con sus gestos transmite el deseo sin que pueda darse por sentado, y esta duda incentiva al espectador a quedarse.
En el baile en pareja sentimos la energía del partenaire, percibimos su olor, su respiración, la mirada y el tacto. Todos los sentidos están involucrados y si la experiencia es placentera ambos cuerpos se sincronizan.
Las artes escénicas como la danza y el teatro presentan una particularidad y es que son irrepetibles, el goce no se puede reproducir con exactitud. Cada función, cada baile nunca será igual que el anterior, aunque repitamos de nuevo los mismos movimientos ensayados. El cuerpo fluctúa y con él nuestras emociones. La segunda vez que bailamos con alguien un tango, no se mantendrá todo el misterio del primer encuentro, esto es inevitable. El erotismo lleva implícito la muerte de ese episodio mientras paladeamos el placer que nos reporta.

