En el ámbito penal, la culpa se define como la omisión de cuidado al calcular las consecuencias de un hecho, sin embargo, a menudo nos acompaña en ausencia de delito.
Para hablar de culpabilidad, es necesario despertar la conciencia del YO. No hay culpa si el individuo no se siente culpable. La vivencia del YO, es un fenómeno contemporáneo. En la antigüedad el disparador de la imprudencia o la responsabilidad, tenía que ver con la comunidad. No existía el delito sino la venganza familiar.
Con la aparición del mito surge el pecado. Esto es inevitable, representa simbólicamente una sociedad idealizada, y por lo tanto es señalada la mancha del goce y del sufrimiento.
La mayor parte de las veces nos sentimos culpables, no por una gran fechoría, sino porque desde nuestra subjetividad estimamos no haber cumplido con el cuidado dentro de un estándar. Quizá hemos pervertido un orden o no hemos satisfecho expectativas.
¿Hay intención de daño en el acto?, la intención de causar dolor origina la culpa reparadora, o más bien el remordimiento que nos lleva a disculparnos y enmendar lo ocurrido.
Otras veces dañamos sin querer, al rozar una herida que ya existía. Por ejemplo, cuando decidimos proteger nuestra membrana y nos negamos a un requerimiento que no le va bien a nuestra vida.
Hay conceptos que juguetean con la culpa como el error. Errar es inevitable en el proceso de aprendizaje. Cuando lo revestimos de culpa se convierte en fracaso, entonces un muro grueso deja el proceso inacabado.
El fracaso es un juicio que desencadena sentimientos de tristeza y de ira . La internalización del fracaso merma la creatividad y la innovación ante el miedo al error. Al no tolerar el error propio, es frecuente no tener empatía hacia el error de los demás.
Existe una culpa inconsciente que nada tiene que ver con esto, puesto que pertenece al orden de la fantasía. Detrás de esa culpa se acurruca el deseo de castigo por haber gozado. Quizá existe la creencia de no haberse ganado el derecho al goce y tiene consecuencias en la realidad. Se puede observar en las personas que boicotean su éxito profesional, social o sus relaciones amorosas.
La ceguera inconsciente impide dar un giro a la historia, llevando el relato sesgado por el mismo camino. Como el mito de Sísifo, que enfadó a los dioses y fue condenado a arrastrar una pesada roca hasta la cima de una montaña, para luego caer y comenzar de nuevo.
Todo se vuelven conversaciones internas, en las que se pierde el contacto con la realidad, esperando que el mundo sea otro. Hay un regocijo en el sufrimiento, como el ácido regurgitado en una mala digestión. Obsesivamente el relato se escucha una y otra vez, dando sentido a sorberse los mocos de una desdicha anticuada que se resiste a marchar.
El miedo al rechazo es otra emoción escondida tras la culpa. Escudarse en “me he portado mal y no merezco brillar”, es un modo de evitar el riesgo a la exposición que trae consigo colocarse en una posición relevante, bajo el cañón de luz. Lo contrario sería no empequeñecerse y perseguir lo que se desea por derecho propio.
Detrás de la culpa hay un sentimiento de ser el centro del mundo, pareciera que las cosas dependieran por completo de uno mismo. En un análisis profundo, el afán de control se disfraza de culpa, y nos apacigua pensando que con otro comportamiento estaba en nuestras manos cambiar lo que ha sucedido.
Lo cierto es que nuestro margen de acción es más estrecho de lo que fantaseamos y que la vida tiene sus propios planes.

