La fuerza de eros y la fuerza de la costumbre

Una de las preocupaciones más recurrentes en las relaciones de largo recorrido tiene que ver con la aceptación de la polaridad entre aventura y estabilidad.

¿Se puede tener todo? ¿es una expectativa realista?

Existe un discurso sostenido por muchas personas que trasluce una cierta instrumentalización de las relaciones afectivas; pareciera que la pareja tuviese la obligación de satisfacer las diferentes carencias y requerimientos del otro miembro del vínculo.

Algunos hablan en términos de rentabilidad: “me renta o no me renta esta relación”. Desde hace más de un siglo elegimos nuestras relaciones afectivas en virtud de lo sentimental, sin embargo, el paradigma actual pretende además sacar provecho de esa relación; una paradoja que secuestra la motivación y la seguridad de muchas relaciones íntimas.

Este planteamiento provoca un choque de trenes entre cuestiones intangibles como el amor y la sexualidad, y algo absolutamente pragmático como son las relaciones contractuales.

Todo contrato implica un acuerdo de voluntades, hasta aquí todo bien, pero ¿qué sucede cuando algo tan caprichoso como el deseo discurre por derroteros diferentes al espíritu inicial del contrato?

 Sin duda, podemos modificar el contrato o disolverlo, ¿tiene validez en términos de seguridad un contrato que puede modificarse siempre que se quiera? ¿es el contrato garante del compromiso?

El contrato no deja de ser una ficción generadora de falsa seguridad ante la incertidumbre consustancial a las experiencias humanas.

Citando a los sexólogos Masters y Johnson: “no es lo mismo tener un compromiso que sentirse comprometido”. Sentir la implicación emocional y las ganas de proyectarse en un futuro es lo que da solidez y estabilidad a un vínculo; algo que tiene un carácter volitivo, ya que apela a la voluntad, pero que al mismo tiempo está inmerso en el mutuo interés de permanecer sin que por ello haya garantías. Voluntad y deseo en algún grado son precisos.

El deseo y la estabilidad constituyen dos necesidades presentes en el alma y en la psique de cada persona. La proporción de estos dos ingredientes varía en función del momento vital y de la naturaleza de cada cual. Son opuestos necesarios.

La terapeuta Esther Perel lo explica muy bien aludiendo al deseo como un lugar al que se va a explorar algo nuevo interpelándonos con una violencia insólita.

El hiato entre el deseo y su consecución está barnizado de misterio, y en él se acurruca el erotismo esperando a ser desplegado.

El erotismo no entiende de tutoriales, se alimenta del riesgo.

En otro orden nos topamos con el amor cocinado al fuego lento de los cuidados. Esta previsible intimidad proporciona un placer en el que reposar, muy diferente a la electricidad del erotismo.

Muchas preguntas cuyas respuestas se encuentran sujetas a la aceptación de nuestra naturaleza dual y a algo que nos toca como adultos:  reflexionar y decidir.

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