La intimidad en la relación terapéutica II

Los enfoques psicoterapeúticos se han expandido notablemente existiendo un abanico amplio de opciones en función de las características del paciente. Asistir a terapia si necesitas acompañamiento profesional es una muy buena opción.

Vayamos hacia atrás y rastreemos un poco la historia de la psicoterapia con el fin de conocer el origen de las cosas.

Freud escribió al médico berlinés Wilhelm Fliess en 1894: “Me encuentro bastante solo ante la dilucidación de las neurosis. Incluso me consideran casi un monomaníaco, mas tengo la nítida sensación de haber topado con uno de los grandes misterios de la naturaleza”.

El modelo de Freud ha servido durante mucho tiempo, sobre todo por la disección del aparato psíquico y el concepto de inconsciente; por supuesto, hoy día sabemos muchas mas cosas y los profesionales no nos adherimos a su tesis de modo dogmático, lo cual no resta importancia ni valor a sus teorías.

A finales del siglo XX, a través de técnicas de neuroimagen se empezó a desentrañar la fisiología existente tras el procesamiento cognitivo de la información y su localización anatómica.

Joshua Roffman, de la escuela médica de Harvard en Boston, explicaba que hasta 2005 sólo había 15 estudios sobre los efectos de la psicoterapia contrastados por neuroimagen. Esos estudios valoraron las terapias cognitivo conductual, conductual e interpersonal, centrándose en dos puntos del proceso terapéutico: el inicio y el fin de la terapia. Faltaba mucha información: todos los acontecimientos que sucedían en el tramo intermedio del proceso.

A mediados de los noventa del siglo XX el profesor de psicología clínica David Mohr, analizó factores influyentes en la calidad de la relación terapeuta/ paciente, encontrando como responsables de un proceso terapéutico negativo: la ausencia de empatía, el enfado, la hostilidad o el aburrimiento del terapeuta.

Mohr afirmó la necesidad de “formar buena pareja” entre ambos participantes de las sesiones de terapia. La recomendación en este sentido sería prestar atención desde el principio a la “química con el terapeuta”.

La confianza es otro de los elementos ineludibles en cualquier vínculo sano, y no podría ser de otro modo en la terapia, ya que es ahí donde se muestra la parte vulnerable y el dolor; por otro lado, se hace necesario estar abiertos a propuestas y cambios que precisan dejar las protecciones que los humanos usamos cuando pensamos que nos pueden herir.

Lo que está claro es que la terapia, con independencia de la modalidad tiene un punto común con los albores freudianos: El vínculo entre dos personas, algo frágil y misterioso.

Por mucho que un profesional esté pertrechado con los estudios más actualizados, al fin y a la postre es la naturaleza del vínculo la clave para que se den avances ; lo cual no menoscaba en absoluto lo indispensable del conocimiento y la experiencia de aquel en el que dejamos nuestro corazón a la intemperie esperando su abrigo.

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