El término personalidad procede etimológicamente de la palabra latina persona, y hace referencia a las máscaras que se utilizaban en el teatro griego. Según esta acepción, se trataría de algo que externalizamos, y que se vería en nuestra interacción con los demás.
¿Qué pasa entonces con lo que sentimos por dentro?, ¿qué nos define mejor: lo que nos emociona, las ideas que tenemos, o la conducta?.
¿Nos revelamos más si el acto responde a lo impulsivo, o por el contrario somos más auténticos si obedece a la reflexión?.
¿Porqué querríamos conocer la personalidad de quien tenemos enfrente en una cita?: probablemente para predecir su conducta y ver si nos apetece continuar.
La personalidad no es un concepto fácil de acotar, de hecho, hay casi tantas definiciones como autores, y seguramente el lector tendrá la suya propia. Tal es así, que con frecuencia decimos frases del tipo:” me gusta, tiene mucha personalidad”. Seguramente tratamos de señalar que una persona tiene algo peculiar que la diferencia del resto.
Dentro de la personalidad existen rasgos que se mantienen en el tiempo, ligados a lo temperamental, y otros que gracias a la neuroplasticidad y las experiencias vitales vamos cambiando.
El rasgo de extroversión/ introversión es el más biológico de nuestro carácter. Los introvertidos suelen tener mucho monólogo interior, y lo que se conoce como un arousal (nivel de activación cortical) muy elevado, por eso llegado un momento, se saturan y necesitan desconectar de la actividad social .
Los extrovertidos funcionan al revés, su arousal es más bajo y precisan enchufarse al exterior, estar rodeados de gente y hacer cosas.
En un principio se pensaba, que la extroversión siempre iba acompañada de la búsqueda de nuevas sensaciones, pero lo cierto es que son variables independientes. Puede haber introvertidos buscadores de experiencias, y por el contrario extrovertidos amantes de la estabilidad.
Una combinación más complicada , consiste en la confluencia de los rasgos evitación del peligro y búsqueda de sensaciones. Aquí el conflicto está servido; aparece el miedo ante lo novedoso y el deseo de adentrarse y explorar.
Para enredarlo todo un poco más, en esta amalgama que es la personalidad, hay individuos que reaccionan fácilmente a los estímulos externos (rasgo de sensibilidad), y otras personas presentan el umbral de respuesta más alto (son menos sensibles); y por si fuera poco, las formas de respuesta emocional pueden ser más efervescentes o más templadas.
Como podemos ver, atrapar el concepto de personalidad es complejo y escurridizo, y tiene sentido, porque así somos los seres humanos, diversos y en cierto modo indefinibles. Esto hace la vida muy interesante, y aunque usemos adjetivos para describir, las etiquetas no son fieles a la esencia de la persona.
Todos podemos vernos reflejados en varios rasgos, siendo su magnitud dentro de la mezcla lo que nos hace únicos.
¿Quién nos atrae más, una persona muy diferente a nosotros, o que se parezca mucho?. Por supuesto, depende de para qué.
No es lo mismo un encuentro erótico fugaz que una relación estable.
En cualquier caso, estamos hablando de las dos dimensiones que espolean al ser humano: la necesidad de un puerto de refugio y el deseo de explorar cosas nuevas.
La tendencia dependerá del momento vital, de los aprendizajes previos, del bagaje erótico sentimental y de nuestra inclinación natural.
Lo diferente nos llama la atención y nos conecta con la aventura, y lo conocido nos ofrece la ilusión de la seguridad. A una persona puede excitarle el contraste con su forma de ser, y a otra le puede atraer participar de los mismos gustos o costumbres, porque eso es lo que erotiza. No hay una respuesta única para esta pregunta.
El imaginario erótico de las personas es muy rico y variado y como consecuencia, lo que nos atrae sexualmente también : el sentido del humor, la buena conversación , la sensualidad en los movimientos, el gusto por el riesgo, una apariencia original ,la forma de un rostro, los lunares…
por supuesto; lo que fantaseamos , deseamos y queremos dice bastante de nosotros.
Maticemos un poco más. Para empezar, por mucho que dos personas se parezcan, nadie es igual a nadie, siempre habrá divergencias.
Existen dos asociaciones frecuentes que son erróneas y generan confusión: una de ellas, relaciona la coincidencia de muchos rasgos, con la aparición de aburrimiento; y por otro lado, nos encontramos con el mito de las personalidades complementarias y la ausencia de rutina, o la creencia de que esta combinación, por fuerza ha de ser más enriquecedora.
Las relaciones a largo plazo vienen acompañadas de cierto grado de previsibilidad, que en absoluto tiene porqué ser negativo. De hecho, sería muy complicado levantarse por la mañana todos los días, y no tener ni la más remota idea de qué puede suceder. Esto nada tiene que ver con las similitudes o diferencias entre los miembros de la pareja.
El aburrimiento es una emoción difícil de transitar, y es saludable hacerse cargo de ella sin atribuirla a la pareja. Más bien son las carencias y los vacíos propios, los artífices de éste estado desagradable, que puede ser un detonante para hacernos cargo de cosas que no hemos resuelto.
Sería muy bueno dejarnos llevar por lo que nos atrae, parecido o distinto a cómo creemos que somos, sin comprobar si la persona que nos gusta cumple todos los requisitos de una lista.
El conocimiento de uno mismo es lo que hace que sepamos cuidarnos, y nos atrevamos a acercarnos a lo que nos atrae y decidir si nos quedamos o no.

