Peligrosamente juntos. (miedo y enojo)

Es frecuente que nos cueste identificar qué sentimos exactamente. La razón de esto, que en principio no parece complicado, se debe a que las emociones se van desplegando en un continuum.

Un estímulo propicia la aparición de la emoción primaria, y ésta tira del hilo de la siguiente emoción. Por eso nos sentimos confusos en ese lienzo de colores entremezclados.

Otros factores que complican su entendimiento son la estigmatización de algunas emociones y la dificultad para tolerar el malestar.

Cuanto más tratamos de evitar una emoción más insiste, se queda agazapada detrás de otra, pero ahí está, haciéndose notar hasta que la hacemos caso.

A pesar de que actualmente acudimos a terapia y hablamos con libertad sobre el mundo emocional, una cosa es teorizar sobre ello con discursos repletos de jerga psicológica, y otra dejarnos sentir.

Las emociones duras como la ira, tapan emociones blandas como la tristeza o el miedo.

Veamos cómo funciona el tándem miedo/enojo.

El miedo es una emoción descalificada, asociada con la cobardía. Tratamos de sacudirla por su perturbación e interferencia en nuestros proyectos y actividades, sobre todo cuando son relevantes y novedosos. Lo desconocido nos asusta más.

Su malestar nos obliga a confrontar la amenaza con los recursos de afrontamiento. En realidad, el miedo no es un problema, lo que hace es avisarnos de que existe un problema.

El psiquiatra y terapeuta Norberto Levy en su libro “La sabiduría de las emociones “, desmonta la asociación perversa entre miedo y cobardía, señalando algo muy cierto: no todos disponemos de los mismos recursos para afrontar según qué problemas.

Cuando alguien vive una situación como amenazante, es porque desde su subjetividad lo es. Es irrelevante que para otros ojos ese miedo no esté ajustado con la realidad, lo cierto es que para esa persona resulta amenazante. Da igual que desconozca su arsenal de herramientas, su miedo es legítimo.

A veces lo que nos asusta es ver en el otro nuestro propio aspecto temeroso, este mecanismo subyace en las fobias.

La palabra fobia deriva de Fobos, término que en griego clásico significa miedo. El sustantivo implica la acción de huir.

Fobos es hijo de Ares (dios de la guerra) y afrodita (diosa del amor). Aparecía ante los combatientes en las batallas personificando el miedo a perder la vida en la lucha. Su hermano Deimos encarna el terror y se presentaba en los soldados que estaban paralizados.

Las fobias implican un miedo intenso a situaciones, animales u objetos. Algunos ejemplos son el miedo a las arañas (entomofobia) o la fobia a exponerse públicamente (fobia social). Se trata de un miedo encapsulado en torno a un tema.

Norberto Levy lo explica hablando del miedo a las cucarachas (negras, escurridizas y siempre escondiéndose) y de cómo el aspecto “cucaracha temerosa” que hay en nosotros es rechazado. Cuando no se escucha este aspecto, se refuerza el círculo del rechazo y el pensamiento catastrofista.

La emoción del miedo arrastra otras emociones como la rabia o la impotencia por sentirlo; nos pone más difícil la puesta en marcha de acciones, e incluso nos boicotea a veces en cosas que nos gustaría hacer.

El juicio que tenemos sobre nuestro miedo, influye sobre el voltaje que alcanza. Si tenemos un pepito Grillo que nos hostiga, el miedo se hará grande y además lo recubriremos con enojo o con tristeza. Este evaluador interno – según Levy – marca el destino psicológico.

El enojo forma parte de muchas reacciones en cadena. Todo empieza con un estímulo codificado como amenazante que desata el miedo y después lo cubre con el enojo.

¿Qué es el enojo?

El enojo es el excedente de energía ante algo que no hemos logrado. Se relaciona con la frustración.

Aquí nos topamos con el obstáculo a la realización de un deseo.

La función del enojo es colocarnos en nuestro sitio y tratar de satisfacer la necesidad no cubierta o el deseo aplazado.

El enojo y la ira provocan la activación del sistema nervioso, con liberación de catecolaminas:  adrenalina y noradrenalina. Estos neurotransmisores hacen que se dispare el nivel energético.

La dificultad surge cuando utilizamos la misma energía para enfrentarnos a algo actual, con el mismo voltaje de un evento pasado. Esto ocurre porque nos recuerda a lo que sucedió, reactualizándose en el presente. Tememos que los acontecimientos desemboquen en lo mismo y nos defendemos antes de que nos ataquen.

Hay miedo escondido tras esa respuesta tan exacerbada.

La fuerza en exceso merma la coordinación fina que requiere la resolución del presente. Los movimientos se tornan fuertes y desmedidos, alejando aún más aquello que anhelamos. Estamos tratando de resarcirnos del escozor doloroso de la frustración.

 ¿Cómo nos enojamos?

¿De manera resolutiva o destructiva?

La resolutiva implica tolerar el malestar y plantearnos la responsabilidad propia, asunto difícil cuando estamos muy enfadados.

¿Vemos al otro como un adversario? ¿usamos frases del tipo” el mundo contra mí”?

Esto lleva al resentimiento crónico y nos resta capacidad para expresar qué nos enoja.

Ser capaces de ver más allá no quiere decir que no nos enfademos, la descarga del enojo es necesaria, nos ayuda a defender nuestros derechos y a posicionarnos en un lugar de valor y amor propio.

Cuando asfixiamos la ira, se transforma en cólera reprimida, dando lugar a tensión muscular y a otras expresiones físicas.

La cuestión es: cómo expresar el deseo sin la exigencia, ¿qué se gana con exigir?…quizá la respuesta sumisa con el fin de aplacarnos; respuesta carente de deseo.

Lo que hacemos con la no aceptación del dolor es la amplificación del rechazo. Aunque nos complazcan, lo hacen desde el miedo.

Tomar distancia y descomponer el puzzle, puede ayudar a expresar lo que no nos ha gustado de una manera que permita tener una conversación.

Otra circunstancia interesante, es cuando no toleramos el enojo del otro, nos amedrenta y tratamos de que no se produzca. Con seguridad tampoco toleramos nuestra propia ira.

Nos bloqueamos ante la reacción iracunda del otro, pero también bloqueamos la nuestra, desdibujando los intereses propios.

 El enfado se encierra dentro del corazón, ante el miedo a la pérdida del vínculo. Es compatible querer a alguien y enfadarse. Tiene que poder darse la discrepancia y el amor, de hecho, es imprescindible.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.