“Nunca entro lo suficiente en ellos. Nunca logro arrojarme entera. Te miro a los ojos mientras hacemos el amor: los tuyos me responden con un llamado. Voy a tus ojos, y yendo a ellos, en el insoportable trayecto que existe entre los dos, me desespero”.
Erotika . Perdonen nuestros placeres. Sandra Russo.
Los ojos son los grandes delatores del deseo; más que los ojos la mirada.
Mirar: Furtivamente, con descaro, con timidez, no poder sostener la mirada, o no poder mirar.
¿Qué tiene la mirada en todas sus manifestaciones, que revela el deseo? No es simplemente dirigir los ojos y posarlos, hay algo más definitivo. Tiene que ver con surcar los ojos del otro invocando sus ganas. Deseamos el deseo del otro, es lo que da consistencia y sustento a nuestro deseo. Si me corresponden sin deseo, ¿es acaso eso lo que quiero? ¿Basta con una respuesta inerte?
No, el sumergirnos juntos, es lo que hace ese deseo gozoso, con independencia de que se vuelva carne o no.
Los grandes chivatos del deseo son la mirada, el sonrojo y la sonrisa, transmutaciones corporales que a modo de mensajeros comunican al otro nuestra expectativa.
Están al servicio del cortejo, pidiendo permiso con timidez o con sinvergonzonería, dependiendo de nuestro estilo y seguridad.
Sartre lo expresaba diciendo que el deseo no es nunca una cuestión banal, nos compromete en el sentido de que deja al descubierto nuestra fragilidad, nuestras intenciones.
Nos importa el rechazo de ese sujeto erótico al que anhelamos.
Roger Scruton filósofo y escritor británico explica cómo la caricia junto con la mirada, expresan el interés sexual universalmente.
La caricia nos permite varias cosas: descubrir con el roce la carne deseada, invocarla para que se entregue, espolear el aguijón de su deseo y regalarla ternura.
En la seducción aparte del intercambio lingüístico, nos descubrimos mirando y recibiendo la mirada, acariciando y recibiendo caricias, y es así como nos vamos adentrando espontáneamente en el juego del amor. Juego cuyas reglas inventamos sobre la marcha: avanzando y retrocediendo, en la creación de un tejido sensible que nos envuelve con su continuidad y sus intermitencias.
El deseo precisa la distancia necesaria: ni demasiado lejos que daría al traste con la continuidad del proceso de seducción, ni demasiado cerca ahogando las ganas. La distancia adecuada es la que permite percibir con nuevos ojos a esa persona especial, viéndola brillar con libertad. Es ahí donde surge el milagro del asombro, perpetuando el deseo.
Ser genuino es un elemento clave en el juego del amor, la impostura tiene los pies muy cortos. La fidelidad a uno mismo es la única manera de amar, dando rienda suelta a nuestro modo peculiar de mostrar la sensualidad y el corazón del deseo.
Mantener la diferencia es fundamental, en palabras de Lou Andreas salomé: El amor está hondamente vinculado con la plena autorrealización de la persona y esencialmente en sus subidas y bajadas…las personas nunca se poseen, se ganan o se pierden en cada instante de la vida, el amor sólo existe en su plena acción espontánea.
La renuncia a nuestros otros deseos vitales, es un modo de matar el deseo amoroso, ya que matamos una parte esencial de nuestro ser. Nos vuelve grisáceos y tristes, como apagados y sin energía. El entusiasmo desaparece, y lo que ofrecemos al mundo es una mentira carente de pasión y de interés.


Maria,
sigo observando desde hace mucho tiempo un distanciamiento entre la publicación fotografica con contenido erotico (obviamente), y tus textos distanciandote de la imagen y lo que puede representar esta misma para un observador.
Esto ya he visto en casi todos tus relatos y no comprendo el motivo.
Ya me diras algo.
Muchas gracias Dieter por tu comentario. Me parece muy interesante tu aportación. Qué enriquecedor es compartir impresiones; y cuan diferentes son de unos lectores a otros .
Te lo explico cuando nos veamos.
Un saludo.