La cascada defensiva

¿Conoces la forma en que te defiendes?

Ante una amenaza real o una situación que consideramos agresiva, respondemos según esquemas propios empleados con frecuencia.

A veces lo que se nos presenta como amenazante no lo es, sin embargo, roza alguna herida y reaccionamos defendiéndonos en lugar de mantener asertivamente nuestra argumentación.

¿Dónde se generan estos esquemas?

Se van conformando desde el comienzo de la vida, en virtud de las experiencias tempranas que nos van atravesando.

Somos mamíferos y nacemos con un sistema de apego que se activa para garantizarnos la protección y algo llamado “seguridad epistémica”. Este término, hace referencia a la necesidad de abandonarnos sin temor a quienes nos cuidan. El apego está en nuestra genética, nacemos con él.

De entre los mamíferos el ser humano es el más social y el que permanece indefenso más tiempo.

Tal es así que podríamos hablar de una exogestación. Precisamos atención física y afectiva mucho más allá del nacimiento y el período de lactancia.

En las dos primeras horas tras el nacimiento, el sistema nervioso del bebé se decantará por el circuito de calma y placer de la oxitocina, o por el del stress gobernado por el cortisol.

¿ De qué depende le elección de una ruta u otra? Depende de los cuidados que reciba, sobre todo del cuidado afectivo, donde el tacto y el arrullo cobran igual o más importancia que la alimentación.

Cuando nos sentimos arropados por el afecto, la parte ventral de nuestro nervio vago- la compartimos con otros mamíferos – se encuentra bien recubierta por un cableado llamado mielina, y nos permite mantenernos quietos y en calma al lado de otras personas.

¿Qué ocurre si repentinamente algo nos asusta, o por desconocido desata las alarmas?

Lo primero que nuestro sistema nervioso hace es poner en marcha el mecanismo de prevención. Nos quedamos paralizados, pero la parte frontal de nuestra corteza cerebral está reflexionando para ver qué resulta más eficiente.

A partir de ahí el sistema simpático nos ofrece dos opciones: la lucha o la huida.

Si calibramos nuestras herramientas de afrontamiento y el resultado es que son óptimas para enfrentarnos al adversario, entramos en modo lucha.

Si tras el análisis la conclusión es que podemos salir mal parados, decidimos huir.

Ahora bien, si el peligro se nos ha venido encima y pensamos que no disponemos de herramientas, activamos el sistema parasimpático.

El sistema parasimpático opera en dos fases :

La fase de inmovilización : aquí disminuye la frecuencia cardíaca para ahorrar energía, y liberamos sustancias endógenas como opioides y cannabinoides, que aumentan el umbral del dolor e incluso pueden alterar el estado de la conciencia en un intento de no sentir la adversidad.

La fase de colapso: se produce el desmayo.

Cuando el parasimpático toma el mando la reflexión desaparece y nos quedamos bloqueados.

Según la teoría polivagal de Porges, en el sistema parasimpático hay dos partes, una que nos conecta con el placer y otra que se pone en marcha cuando estamos en peligro y los otros sistemas no nos permiten defendernos:

1) el vago ventral : asociado a los estados placenteros de relax, cuando desconectamos para encontrarnos mejor.

2) el vago dorsal: lo compartimos con los reptiles . Se activa cuando estamos en modo derrota. Los sistemas defensivos anteriores han fallado. Nos desconectamos para no sufrir.

¿Cómo luchamos cuando somos muy pequeños?

Luchamos con el llanto, es nuestro lenguaje para comunicar que nos sucede algo. Estamos asustados, tenemos hambre, la oscuridad o los ruidos nos atemorizan.

Si un bebé permanece de veinte a treinta minutos llorando sin ser calmado, entra en modo dorsovagal. Si esto se repite, su cerebro acabará aprendiendo que ésta es la manera de enfrentarse a las dificultades.

La calma desde un punto de vista neurobiológico se logra bajando el tono de voz. Tiene mucho sentido, los murmullos abren los canales de escucha, y por otro lado, uno de los miedos más ancestrales son los ruidos fuertes o los gritos.

Cuando estamos asustados la amígdala – estructura del sistema límbico – se encuentra encendida como un piloto en rojo. En los niños el tacto y la voz suave calma la amígdala. En los adultos la conversación con tono tranquilo y bajo, apela a nuestra parte cognitiva, haciéndonos reflexionar y disminuyendo poco a poco el miedo.

En las familias y los entornos en los que es habitual gritar cuando hay discrepancias se normaliza algo que en realidad es una forma de agresión.

Desde aquí es fácil comprender porqué no sabemos discutir. Al elevar el tono de voz la comunicación se cortocircuita y nadie está en disposición de escuchar o flexibilizarse.

Se pierde la oportunidad de acercar los puntos de vista y de comprender otro discurso aunque no tengamos que estar de acuerdo. No hay asertividad y por lo tanto está garantizado el fracaso de esa conversación.

Quizá estemos atacando en lugar de tolerar que hay otros enfoques, quizá estemos escapando de una conversación ante la dificultad de expresarnos, o nos quedamos bloqueados como si nos hubieran puesto un esparadrapo en la boca.

A estas alturas es posible que sepas cómo te defiendes: lucha, huida o bloqueo.

Dependiendo de las circunstancias puede que sea la mejor decisión que haya tomado tu sistema nervioso; lo que está claro es que viene de muy atrás.

Si sientes que tu modo de defenderte no es flexible, o que muchas veces te defiendes cuando no te atacan, puedes pedir ayuda para reducir la rigidez y tener un repertorio de conductas más adaptativas.

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