El título de esta película de 1957 dirigida por Nunnally Johnson – adaptación del libro publicado por dos psiquiatras norteamericanos, y protagonizada por la actriz Joanne woodward – me permite aproximarme a un tema interesante y complejo: la diversidad dentro de cada ser humano. El reflejo de su riqueza.
Vaya por delante que la historia entra en el territorio del desorden mental grave. Nos muestra los diferentes rostros de Eve White, una esposa y madre responsable, que de manera abrupta alterna su timidez con una exuberante desinhibición.
No voy hacer spoiler de la película por si algún lector no la ha visto, es fantástica y la recomiendo vivamente, pero voy a usar el título como nexo para acercarme a una cuestión fascinante: los roles antagónicos que se encuentran dentro de una misma mujer.
Desde tiempos remotos las sociedades han esculpido a sus individuos en base a dos conceptos: los arquetipos, que son modelos profundamente enterrados en el inconsciente de la colectividad, y los estereotipos o creencias construidas socialmente.
El arquetipo es universal, mientras que el estereotipo no tiene el mismo alcance, ya que se desarrolla en una cultura determinada.
Lo cierto es que las personas no somos arquetipos- pese a que nos influya su fuerza simbólica – ni tampoco estamos obligados a funcionar según estereotipos sociales, aunque rechazarlos suponga cuestionarnos los aprendizajes instalados.
Las formas diferentes de ser mujer, al margen de lo ineludible de la biología, han estado vertebradas por los mitos de la religión o cultura imperante y servían a un propósito claro, el control social de la mujer, y más específicamente de su sexualidad.
Lilith era una diablesa originaria de la cultura asirio-babilonia, de la que posteriormente se apropió la tradición hebraica. Se la describe como la primera mujer de Adán, pero no nace de su costilla, sino de los excrementos y la suciedad.
Adán y Lilith discutían porque Lilith deseaba galopar encima de la pelvis de Adán en lugar de adoptar una posición sumisa. En algunas representaciones pictóricas aparece con una larga melena y su hermoso cuerpo desnudo termina en la cola de un reptil.
La Eva bíblica, con la manzana del árbol del conocimiento, mantiene en las representaciones artísticas una suave sensualidad en absoluto inocente, en contraste con la feroz seducción de Lilith.
A finales del siglo XI surge la dicotomía María / Eva como reflejo de una profunda misoginia. En la confrontación entre la mujer pura “capaz de concebir sin pecado” y la mujer concupisciente, María es entronizada y se la considera la garante del hogar; eso sí, su dominio se encuentra en el ámbito doméstico. En cambio, la mujer pública, la voluptuosa Eva, ocupa el punto más bajo en el escalafón de la moral social.
La esposa/ madre burguesa decimonónica adopta el papel de la “dolce far niente” o la dulzura de no hacer nada. Se encuentra ociosa y en un estado de convalecencia crónica, haciendo de la fragilidad física una virtud que se pone de moda, y también una ostentación de status social que permite no trabajar. Aquí podemos ver como la vulnerabilidad se asocia con lo femenino, una estratagema paternalista; la supuesta pureza de la madre es recompensada con una pleitesía que la confina al hogar.
Hasta bien entrado el siglo XX la mujer es incluida en dos categorías: la virtuosa o la mujer casquivana. Existe una asociación entre maternidad y bondad, y entre libertad y egoísmo. Pareciera como si la madre no albergara otros deseos al margen de la crianza, y la No madre fuera sospechosa de algo turbio e incluso de alguna deficiencia.
En este modelo dicotómico se asimila la asertividad sexual femenina con algo muy negativo, al mismo tiempo que se da por hecho que la madre no tiene interés por el sexo.
Actualmente la madre sigue teniendo un gran poder simbólico, aunque las cosas han cambiado mucho. La maternidad ha dejado de ser un destino obligatorio y las mujeres hace mucho que trabajan compartiendo los espacios públicos con sus compañeros masculinos.
La crianza ha experimentado muchos cambios, entre ellos la participación y disfrute de los padres en el cuidado emocional y físico de sus hijos, algo muy extraño de ver en los modelos de familia de principios del siglo XX.
Aún así , el sentimiento de culpa femenino ante la disposición de parte de su tiempo para hacer cosas fuera de las obligaciones familiares sigue estando presente.
Reducir la esencia de la mujer a su maternidad o no maternidad, como si fuera la columna vertebral de su existencia, es algo nada realista y absolutamente restrictivo de las potencialidades de un ser humano.
Parte del embrollo tiene que ver con la asimilación de lo natural con lo intrínsecamente femenino, de tal modo que muchas personas hablan del instinto maternal en lugar del deseo de maternidad.
La maternidad está ligada a la espera, y más lo podemos ver hoy día con la postergación de la edad de ser madre y los largos procesos de reproducción asistida. El anhelo y la anticipación de la llegada del hijo están marcados por el deseo. Deseo de ser madre, esa es la cuestión, no es por tanto un designio biológico instintivo.
El psicoanalista Massimo Recalcati en su libro “Las manos de la madre”, cita con frecuencia a Lacan en las conclusiones que va desarrollando a lo largo de su ensayo sobre las diferentes formas de ser madre y ser mujer, y cómo de importante es integrar los dos aspectos.
La mirada de la madre permite al bebé sentirse mirado. Es decisiva para el desarrollo en etapas tempranas. Permite implementar la confianza en uno mismo y en el mundo, trampolín que impulsará la autonomía.
Lacan explica muy acertadamente que el deseo de la mujer no totalmente absorbido en el de la madre, es la condición esencial para que este deseo pueda ser generativo.
¿Qué quiere esto decir?
Siendo indispensable el cuidado y protección maternos, es crucial atesorar la experiencia de la presencia y la ausencia de la madre. Precisamente en la ausencia es cuando el niño accede al mundo simbólico del juego, e inicia su camino hacia la exploración.
En otras palabras, las diferentes pasiones e intereses de la madre, lejos de menoscabar la crianza, contribuyen al enriquecimiento.
Hay muchas mujeres dentro de una misma mujer.

