Imaginemos a tres personas contemplando la catedral de Florencia: una arquitecta, un director de cine y un escritor.
¿Están contemplando las tres lo mismo?
La arquitecta se fijará en la cúpula y la distribución de cargas, y en cómo la iglesia, el campanario y el baptisterio dibujan la silueta de la ciudad. El cineasta contemplará la luz embelleciendo la fachada, y el novelista pensará en la simbología y en el misterio tras las puertas de bronce.
La belleza atrapa a los tres visitantes, pero la manera de percibirla es diferente. Vemos las cosas como somos. La memoria es nuestra narración, plagada de significados de la propia mitología. Dicho de otro modo: estamos hechos de historias que nos contamos.
Supongamos que el escritor tenía ese día un fuerte dolor de cabeza, el cineasta discutió con su pareja en el desayuno y la arquitecta comenzaba sus vacaciones tras un exitoso proyecto. El archivo de la experiencia se verá afectado por las emociones.
Ahora imaginemos al cabo de un año a cada una de estas personas contando su visita a Florencia y su impresión al contemplar la catedral. El relato tendrá matices muy diferentes.
Al evocar el recuerdo volvemos a construirlo con nueva información incorporada desde el tiempo presente. La memoria es un poco tramposa. No sólo recordamos en función de cómo somos, sino de cómo somos «ahora”, bajo la perspectiva y el color del presente. Por esto, si leemos algo que escribimos en el pasado, nos retrotraemos al estado emocional y a la persona que éramos por aquel entonces.
Hoy sabemos que la memoria es plástica, se puede procesar añadiendo nueva información que modifique la valencia del recuerdo. También sabemos que no se ubica únicamente en el cerebro, tenemos memorias en el músculo, en el tracto gastrointestinal y en otras partes del sistema nervioso.
No archivamos todos los estímulos, sólo aquella información que es relevante y está revestida de emocionalidad. Grabamos las experiencias con la emoción, la sensación corporal y lo que pensamos sobre lo que sucedió. La memoria grabada y guardada se llama memoria consolidada .
La memoria no desaparece, permanece en algún lugar del cuerpo, lo que sucede es que no siempre está disponible en forma de recuerdo.
Los disparadores que elicitan el recuerdo son muy variables: un perfume, una canción, un día de lluvia …algo que por similitud o contraste tiene ese poder evocador.
Siempre se asoció la memoria con el hipocampo, localizado en la parte interna del lóbulo temporal – a la altura del pabellón auricular- pero lo cierto, es que hay más estructuras implicadas .
El hipocampo hace las veces de directorio registrando las memorias a modo de índice, para que podamos saber si eso ya nos ha pasado antes. El tálamo está muy cerca , es el centinela que decide si una experiencia merece la pena ser guardada.
La postura corporal depende de memorias archivadas en el cerebelo – localizado en la parte posterior de la cabeza, cerca de la nuca – tradicionalmente relacionado con el equilibrio. Estudios recientes han puesto de manifiesto que también se ocupa del equilibrio emocional. Tiene mucho sentido, el cuerpo sabe las cosas que nos sucedieron y antes de que el recuerdo se haga consciente en la corteza cerebral, el cerebelo y los músculos, se activan con el objeto de adoptar la posición más adecuada de cara al afrontamiento.
Las neuronas dialogan a través de un mecanismo que se llama sinapsis, basado en fenómenos eléctricos y químicos. Cuando algo importante debe ser recordado, las neuronas experimentan un cambio de voltaje, como si en esa conversación se subiera mucho el volumen. La consecuencia de este hecho biológico es lo que se conoce como memoria a largo plazo.
A partir de los cuatro años aparece la memoria declarativa o episódica – ya somos capaces de narrar una historia – todo lo anterior, incluido lo que sucede en etapas preverbales, se guarda de un modo fragmentado, como en pedacitos.
Cuando todavía no sabemos hablar , las cosas que nos pasan se traducen en sensaciones corporales que quedan tatuadas sin estar asociadas racionalmente a un concepto. Estos tatuajes infantiles aparecen de forma automática en la edad adulta sin que sepamos muy bien a qué obedecen, constituyen la memoria somatosensorial o implícita.
La memoria nos lleva al pasado reactualizándose en el presente. Nos otorga identidad, nos dice quienes somos ahora partiendo de todos los cambios que se han ido produciendo. El tiempo pretérito se inmiscuye en el gerundio, conformando un presente que nace para desvanecerse a continuación.
Las fotos, las cartas y los escritos son testigos del pasado. Si todas las huellas tangibles desaparecieran, reconstruiríamos la biografía entretejiendo cachitos almacenados en nuestro cuerpo. Dentro de la propia existencia corporeizada, llevamos incorporados recordatorios del camino recorrido hasta lo que hoy somos. Se funden los tiempos verbales.

