un lugar llamado infancia II

La sexualidad tiene mucho de juego y picardía, requiere abandonarse y ponerse en modo disfrutón. Hacer y dejarse hacer.

¿A qué nos recuerdan las situaciones de sorpresa y deleite? sin duda al goce del juego en la infancia. En el encuentro erótico salimos del mundo ordinario para adentrarnos en un lugar travieso y sinvergüenza.

Un lugar donde las reglas- si es que las hay – las improvisamos o las ponemos según nuestro deseo.  

La sexualidad no concierne a la productividad ni al rendimiento. Nos empuja a dejar al adulto serio y a volver a jugar despreocupadamente.

No todos los adultos han jugado lo suficiente en la infancia, eso tiene un coste en términos de  dejarse llevar. Con frecuencia las preocupaciones les asaltan, viven acompañados de un radar detector de posibles problemas.

De niños tuvieron que ser adultos pequeñitos, no les permitieron equivocarse sin que hubiera alguna consecuencia, ahora tampoco ellos se permiten el error.

Probablemente las preocupaciones y los miedos que les mantenían alerta se transmitieron a través de las generaciones, dando lugar a eslabones de personas inseguras y con mucha necesidad de control.

Meaney – investigador de epigenética – estudió cómo las caricias ayudaban a la regulación del stress. Hoy día sabemos que la regulación emocional en etapas tempranas pasa siempre por el tacto. Cuando esto falla se producen alteraciones en la expresión de los genes que se traducen en más reactividad al stress, menos conductas de exploración, más hipervigilancia, dificultades en el aprendizaje y un nivel de cortisol más elevado . También sabemos que afectará en las vinculaciones adultas y por supuesto en la intimidad física.

La sexualidad y la preocupación no se llevan muy bien. No estamos diseñados para disfrutar en el presente al mismo tiempo que proyectamos un futuro catastrófico. Son dos cosas incompatibles.

 Hablamos en la entrada anterior de lo importante que es la etapa infantil en la adquisición de la seguridad esencial, ese tesoro que nos hace sabernos queribles y nos da una idea del mundo como un lugar en el que hay personas confiables.

En la infancia los padres seguros van descubriendo el perfil de orientación del niño, y así pueden potenciar sus intereses y talentos incipientes. A partir de aquí se van desplegando las creencias de uno mismo, de los otros y del mundo.

Los cuidadores también ponen límites a la conducta del niño, esto es crucial para que sienta seguridad, pero la consecuencia inmediata es el sentimiento de vergüenza.

Es importante poner el límite protector a la conducta infantil sin perder la conexión . Lo fundamental es que se entienda cuando una conducta no es aceptable, no avergonzar hasta el punto de ahogar la confianza y confundir el acto con la idea de sí mismo.  Para que esto sea posible, los padres deben ser seguros y tolerar la emocionalidad del niño sin disparar la suya. No se trata de sofocar las emociones infantiles subiendo el voltaje de las del adulto para que éste regule las suyas.

Eso no calma al pequeño ni le ayuda a aprender, todo lo contario, la emoción infantil sigue presente pero aplastada y acompañada de miedo y mucha vergüenza . Si esto se repite con frecuencia, interpretará que no es válido lo que siente y que tiene que cambiar su esencia para ser aceptado, es decir, se le quiere condicionalmente : por lo que hace, no por lo que es.

La adquisición de creencias en virtud de las emociones de orgullo y vergüenza que detonan los juicios de los cuidadores, son decisivas en la creación de la identidad.

Dejan una huella neurobiológica, porque la creencia es identidad.

En las creencias subyacen las experiencias sensoriales desde la etapa más tierna del bebé, las acontecidas en grupos y las que tienen que ver con la cultura del entorno de desarrollo en la infancia y adolescencia.

Es un proceso complejo y lento que repercutirá en las interpretaciones que hagamos de los hechos objetivos, en los juicios sobre nosotros mismos y sobre las respuestas de los demás.

Algunas de estas creencias se han configurado en torno a necesidades no cubiertas en la infancia y son las responsables de diálogos internos del tipo “no me merezco”.

Las ideas sobre la sexualidad transmitidas y reforzadas por experiencias negativas, constituyen otra forma de modelaje que puede condicionar la intimidad en el adulto. El resultado puede desembocar en la contradicción entre la necesidad legítima y humana de conexión, afecto y placer, y el miedo a ser rechazado o a no estar a la altura.

Traslademos todo esto a un encuentro erótico, una situación que conlleva la expectativa de placer y al mismo tiempo el riesgo de la intimidad.

La intimidad siempre conlleva un riesgo, nos desnudamos tal cual somos y nos transformamos en alguien vulnerable a las expectativas y los deseos de otro, es decir, si estamos ahí, es porque la situación de algún modo es relevante. No nos da igual lo que haga, piense o desee la otra persona con la que nos compartimos.

No es lo mismo encontrarnos en ese ámbito sintiendo seguridad esencial que con la fragilidad de quien no se sabe querible.

La fragilidad siempre estará en la vinculación humana, pero la seguridad esencial nos permite abrazar eso tan hermoso que es que las personas nos importen.

Buscar esa seguridad protectora en nosotros mismos si no nos la dieron, es cuidarnos.

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