un lugar llamado infancia

Qué fácil sería que comprendiendo racionalmente las cosas que nos han ocurrido adquiriéramos un aprendizaje lo bastante sólido para borrar nuestras inercias.

Bastaría con leer un libro y comprenderlo intelectualmente, o con escuchar las palabras de aquellos que nos ayudan con experiencia y conocimientos. Por supuesto, todo esto contribuye a avanzar un poquito, pero cuantas veces volvemos a sentirnos perdidos, con las emociones desbocadas o repitiendo algo que sabemos no nos hace bien.

Cuantas veces volvemos a preocuparnos por cosas que no dependen de nosotros y dejamos de disfrutar, acechados por la sombra de lo que podría pasar sin ser capaces de relajarnos.

Qué difícil es darnos permiso para jugar porque sí, sin más, o para adentrarnos en algo nuevo que nos atrae, pero que no llega a materializarse al transformarnos en el juez más implacable.

¿Dónde aprendimos si nos merecemos o no las cosas que anhelamos, hasta qué punto es aceptable la autonomía y la expresión de las emociones?, ¿sabemos que emoción hay agazapada detrás de lo que sentimos en el cuerpo?

Parte de estos interrogantes tienen su respuesta en la etapa más blandita y vulnerable, la infancia, e incluso podríamos ir más lejos: ¿cuales eran las proyecciones de nuestros progenitores antes de que estuviéramos?

Quizá en la expectativa de los adultos estábamos destinados a ser un profesional serio y responsable, o a ser el bálsamo donde acudir por nuestra dulzura y empatía cohesionando un sistema familiar tambaleante.

A veces hay que desaprender. Desaprender no es borrar lo anterior, no se puede. Lo que sí se puede es crear nuevas alternativas que desafíen las creencias nucleares para que vayan perdiendo fuerza, de modo que no sólo sepamos que tenemos otras opciones, sino que lo sintamos, ahí está la gran transformación.

Hay una gran diferencia en entender que puedo vivir de un modo que tiene que ver más con mi esencia, que creerlo completamente.

La importancia del juego en la infancia es crucial, y no me refiero a los llamados “juegos educativos “, que en ocasiones son las tareas del colegio disfrazadas. Estoy hablando de entrar en un lugar de magia y símbolos. Un bosque fantástico donde explorar e inventarse cosas que sólo uno puede imaginar, sin normas ni juicios. En ese lugar no hay frases del tipo: está bien hecho o mal hecho. Es un juego, y en él, el niño se proyecta tal y como es.

Desde etapas muy tempranas se va cociendo la capacidad de conectarnos con lo que sentimos. Esto implica tolerar sensaciones que en principio son desconocidas y nos desregulan, sacándonos del estado basal de confortabilidad. Aquí el adulto seguro ayuda al niño o al bebé a regularse.

Es así cómo se aprende a identificar lo que sentimos, localizarlo en el cuerpo, ponerle el nombre de la emoción que representa y saber que es pasajero.

El lenguaje implícito es toda la información sensorial que nos llega de nuestro cuerpo y de la persona que tenemos enfrente. Esto es muy interesante, y lo podemos hilar con el hecho científico de que la expresión facial de las emociones es innata y universal. Tal es así que el bebé es capaz de darse cuenta del estado del cuidador y recibir si tolera el tener que cuidarle y si está tranquilo o no. Por supuesto no lo sabe de un modo racional, pero sin duda lo capta; su supervivencia depende de ello. Los hemisferios cerebrales derechos del cuidador y del niño se conectan.

Cuando de pequeños nos miran y nos sentimos mirados, aprendemos a mirarnos. Cuando nos sentimos cuidados, aprendemos a cuidarnos.

En torno al año de vida termina de desarrollarse el sistema nervioso de regulación excitatorio  – sistema simpático – y aproximadamente al año y medio el sistema de regulación inhibitorio – parasimpático -inductor de la relajación. El equilibrio entre ambos es la clave de la regulación emocional.

las conexiones excitatorias son las que nos conectan con el placer al sentirnos cuidados, las inhibitorias se van desarrollando sobre todo cuando somos capaces de deambular y nos tienen que poner un freno para no hacernos daño. Estas últimas se relacionan con el manejo de la frustración y la demora de la recompensa.

Allan Shore explica el sustrato biológico de las emociones. El sistema límbico , formado por estructuras como la amígdala, la corteza órbitofrontal, el córtex cingulado anterior , la ínsula y el hipocampo, se encargan de los procesos emocionales y regulan las conductas encaminadas a mantener la supervivencia. La buena noticia es que la corteza cerebral , responsable de funciones superiores : atención , ejecución ,razonamiento y toma de decisiones , se modifica a lo largo de la vida.

Las experiencias tempranas de negligencia o de falta de regulación emocional en los adultos que cuidan al niño, dificultan el modelaje de las emociones y la capacidad futura de calmarse. sin embargo, la neuroplasticidad hace que esta circunstancia condicione pero no condene irremediablemente.

Con la adquisición del lenguaje (a los dos años los niños suelen ser capaces de construir frases de dos palabras), traducimos el lenguaje implícito en explícito, conectando ambos hemisferios cerebrales. En otras palabras, le damos un nombre a lo que sentimos en el cuerpo y se van construyendo en forma de oraciones las creencias nucleares que hemos ido adquiriendo.

Desaprender va de la mano de fabricar un nuevo relato, no de cambiar el hecho objetivo, sino de contarlo de un modo que contribuya al crecimiento y la individuación.

Dentro del aprendizaje un elemento indispensable es la exploración, que pasa por el juego en los niños y también en los adultos; ahora bien, las conductas de apego – la búsqueda desconsolada o enojada del cuidador- ante la inseguridad , son contrarias a meterse en nuevos jardines e investigar.

Saber regularse emocionalmente (pidiendo ayuda o con las propias herramientas) y tener seguridad relacional, son dos coordenadas que influirán en los vínculos en la etapa adulta. Permitirán fluir en los momentos de compartir y en los momentos de distanciarse para  enriquecerse con otras cosas.

Será fácil alejarse en pro de la autorrealización sabiendo que las personas significativas permanecen, aunque en ese momento no estén presentes.

Como antes he mencionado el juego es importante en la vida adulta, tiene que ver con la fantasía, la creatividad y la flexibilidad cognitiva. Si somos capaces de introducir un pedazo de chispa y encantamiento entre la avalancha de obligaciones y mandatos, mejorarán muchos aspectos de la vida íntima, porque en ese pequeño resquicio surge el niño, sin el peso de la obligación ni el reglamento de instrucciones.

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