Nadie puede dudar de que las cosas recaen. Un señor enferma, y de golpe un miércoles recae. Un lápiz en la mesa recae seguido. Las mujeres cómo recaen. Teóricamente a nada o nadie se le ocurriría recaer pero lo mismo está sujeto, sobre todo porque recae sin conciencia, recae como si nunca antes. Un jazmín, para dar un ejemplo perfumado. A esa blancura, ¿de dónde le viene su penosa amistad por el amarillo?…
Me caigo y me levanto. Julio Cortázar
Con frecuencia nos preguntamos porqué nos ocurren cosas que guardan un parecido e incluso tienen un desenlace idéntico. Pese a que comiencen de manera diferente, nos aproximamos a un lugar que ya conocemos y eso nos sorprende.
Pareciera como si, sin proponérnoslo siguiéramos la misma línea argumental. En efecto es así, sin darnos cuenta estamos al servicio de una historia.
¿Porqué sucede esto? Y lo que es más importante: ¿se puede cambiar?
Vayamos por partes.
El cerebro se lleva bastante mal con la incertidumbre. Su función primordial es predecir con el objeto de protegernos y tira de archivos previos que ya tiene almacenados.
Está acostumbrado a funcionar con categorías para clasificar la realidad que se despliega en nuestro día a día. La ventaja de este sistema es el ahorro energético, la desventaja es que no contempla otros significados o alternativas ante una situación.
Pensad en lo costoso que sería tener que inventar todos los significados cada día.
Esta es la causa de lo difícil que es cambiar creencias nucleares. Estas creencias han sido adquiridas en etapas tempranas, nos dictan como es el mundo y como somos nosotros.
La cuestión es que las personas están sujetas a cambios y van siendo otras dentro de un mundo que también cambia.
Cuando chocamos con una experiencia que desdice una creencia nuclear hay dos cosas que puede hacer el cerebro: la más complicada es cambiar la creencia, y la más sencilla y automática es fijarnos en los aspectos de la experiencia que concuerdan con la creencia nuclear, y obviar los que la contradicen. La consecuencia del modo automático es el mantenimiento de la historia con la que nos identificamos.
¿De dónde viene todo esto?
Viene de esquemas mentales procedentes de intercambios con personas relevantes que contribuyeron a moldear nuestra idea del mundo.
En psicología estos esquemas se llaman modelos operativos internos. Es la plantilla con la que funcionamos. Los esquemas usados con más frecuencia se graban con intensidad al reforzarlos.
Lo interesante de esto, es que al pensar del mismo modo siempre, nuestro comportamiento nos lleva a recrear aquello que consideramos un destino inevitable. El esquema actúa como un atractor. Aunque el resultado nos haga lamentarnos hay algo inexplicable que a la vez empuja hacia ese camino.
Desde un punto de vista neurobiológico las experiencias negativas tienen una valencia mayor que las positivas; al sistema le interesa más la supervivencia que el crecimiento. Algo malo conocido pero tolerable- en términos de sistema nervioso – es más “seguro” que algo novedoso que nos hace sentir un poco en riesgo.
De pequeños aprendemos de lo que nos devuelven los ojos de los otros, que a su vez tienen su propia historia. La creación de nuestro relato se fragua en un entramado de guiones.
Hay partes del guion que son explícitas, nos las verbalizan en forma de orden, conclusión e incluso dogma, y otras que impregnan la relación pero no se expresan claramente, dejándonos en una extraña ambivalencia. Estas últimas son los secretos, ocultos y precisamente por esta cualidad casi más influyentes.
La conquista de la seguridad se logra con la creación del relato propio, con el cambio de narrativa. Todo al final pasa por hacer literatura de nuestra propia vida, literatura autobiográfica.
La elaboración del relato propio implica dejar de lado las interpretaciones a las que estamos acostumbrados, plantearnos que las cosas nos las podemos contar de otra manera.
El proceso de aprendizaje de una nueva narrativa no es lineal. Nos vamos situando desde diferentes ángulos, hasta que la perspectiva del tiempo nos ayuda a elegir el lugar donde interpretar el pasado y seguir escribiendo la historia.
La salud implica la capacidad para elaborar guiones flexibles y esto trae consigo reflexionar.
Dentro de los guiones – tanto en la ficción como en la vida real – hay un conflicto. Sin conflicto no hay historia.
La tensión suele producirse entre la necesidad de autonomía y la necesidad de conexión, es decir, el choque entre dos fuerzas motivacionales importantes: la realización y la afiliación.
La persecución de los intereses propios nos confronta con algo que se puede interpretar como traición de lealtades y socialmente es muy castigada.
Cuando el conflicto presenta dificultades en su resolución, la persona que quiere autonomía puede sentirse culpable y la que precisa más proximidad por lo general siente abandono y una mezcla de ira y tristeza.
Debido a los modelos operativos internos de los que hablábamos antes (MOI), colisionamos al relacionarnos con otras personas. El desencuentro es inevitable, lo mismo que las intermitencias en la conexión. Lo importante es saber repararlas o reconectar esas rupturas necesarias en el crecimiento personal.
¿Qué es lo que despierta en ti lo que hace el otro? ¿Cuántos años tiene la persona que está reactualizando ese viejo guion?
Cada uno de nosotros somos invitados a formar parte del drama del de enfrente y a su vez vertimos nuestro propio drama. La reflexión es la habilidad cognitiva que nos ayuda a no caer de nuevo en la misma trampa y decidir no meternos en una vieja historia, que por conocida la tenemos más a mano.

