Desde hace unos años observo en la consulta algo que me inquieta: los pacientes llegan autodiagnosticados y la percepción que tienen de su salud mental es muy negativa.
No es infrecuente la prescripción de antidepresivos y ansiolíticos en relación con síntomas que forman parte de situaciones adaptativas en la vida. A veces son necesarios, no siempre.
Me pregunto si tanto profesionales de la salud como pacientes, no estaremos estirando el chicle a la hora de poner etiquetas patológicas ante emociones complicadas de manejar.
Durante mucho tiempo las enfermedades mentales han sido estigmatizadas, las personas que las padecían trataban de ocultarlo para proteger su vida laboral y personal. La consecuencia era la desinformación sobre este aspecto de la salud tan importante.
Actualmente tenemos a nuestro alcance múltiples vías de conocimiento, esto es una muy buena noticia. La cuestión es la interpretación que se hace sobre lo que se escucha o lee, y por supuesto lo fidedigna o no que sea la fuente.
Conceptos como: trauma, apego, disociación, trastorno por déficit de atención e hiperactividad, trastorno límite de la personalidad, depresión, ansiedad, narcisismo, relación tóxica y un sinfín de términos psicológicos y psiquiátricos se usan sin criterio.
Sentir malestar, tener una herida emocional, elaborar un duelo, vivir dificultades a la hora de vincularnos no es sinónimo de enfermedad mental, lo que no quiere decir que no sea muy útil y necesario ir a terapia.
Factores como el avance en el estudio de enfermedades mentales y su tratamiento, así como la aparición de estresores en una sociedad digitalizada que vive para el consumo, han influido seguramente en que se hable de patologías que antes no eran tan conocidas; pero hay que matizar a la hora de poner nombre y apellidos a lo que a alguien le sucede.
Los profesionales que atendemos a pacientes tenemos muy claro que la enfermedad mental se ve. Es algo objetivo. Existe un deterioro funcional importante al afectar tres ejes: la cognición, el afecto y el comportamiento.
Se evidencia en el lenguaje corporal, la mirada y en el discurso del paciente o la ausencia de él. El ojo adiestrado sabe identificarlo.
Existen criterios diagnósticos, establecidos por expertos que han dedicado mucho tiempo a formarse y a ver pacientes. No lo subestimemos.
Es responsabilidad nuestra (terapeutas, psicólogos y médicos) no patologizar situaciones que no corresponden a un diagnóstico.
Las experiencias difíciles por las que todo ser humano pasa, requieren un período de adaptación y sin duda el acompañamiento terapéutico es de gran ayuda, no lo confundamos con estar enfermo. No siempre las experiencias duras nos hacen enfermar.
Una emoción no es un síntoma, es una experiencia humana.
Se puede tener síntomas sin que constituyan una enfermedad. El síntoma es un lenguaje del cuerpo ante una situación, lo interesante no es neutralizarlo sino entender su significado. Con esto no digo que no deban ser aliviados, todo lo contrario. La terapia y a veces los fármacos, cuando están indicados son una muy buena alternativa.
Un ejemplo de la confusión entre patología e idiosincrasia lo vemos en la clasificación del estilo de apego. El estilo de apego no es un diagnóstico; es una forma de vincularse que se correlaciona con un modo de procesar la información. Si bien es cierto que los apegos inseguros son factores de riesgo para desarrollar enfermedades mentales, no son en absoluto un diagnóstico en sí mismos.
Del mismo modo, el apego seguro es un factor protector de enfermedad mental sin que por ello inmunice contra las enfermedades psiquiátricas.
La terapia es un espacio de acompañamiento, crecimiento, adquisición de habilidades, herramientas y nuevas perspectivas; y por supuesto forma parte del tratamiento de algunas enfermedades mentales. En ningún caso se debe esperar salir de la consulta con una etiqueta reduccionista.

