El acatamiento de las instrucciones dadas es lo que define al obediente, en especial cuando las dicta una figura de autoridad.
Por el contrario, la desobediencia se define como la resistencia a cumplir con las exigencias y los mandatos establecidos.
A propósito del acatamiento, y muy especialmente en el ámbito de la sexualidad: REIVINDICO la insubordinación.
¿Hay que ir siempre con el reglamento bajo el brazo?, ¿en virtud de qué criterio alguien es investido con la autoridad para decirnos lo que NO es oportuno hacer en nuestra intimidad, o en el modo de vincularnos?
Decir que SI, Decir que NO, ¿realmente es necesario tenerlo SIEMPRE todo tan claro?, ¿es acaso posible?
En una dimensión envolvente, con límites imprecisos que eluden una acotación simple, ¿se puede ser tan ingenuo como para erigirse en juez entrando en la alcoba y en la vida privada de la gente?
La sexualidad es como un bosque con bruma, donde tienen una cita el deseo, la seducción, el vínculo y la emocionalidad. Abrirse a la diversidad es imprescindible. Todo lo demás es normativo y pertenece al relato social y no a la subjetividad.
La cultura de una comunidad hace referencia a las creencias, la tradición y establece los roles que permiten convivir en sociedad. Con mucha frecuencia chocan con nuestros deseos. Desde siempre la sexualidad ha tratado de regularizarse, metiéndola en compartimentos con el objeto de controlar lo incontrolable. Se puede censurar y castigar la conducta, pero no se puede matar el deseo.
La escritora Kerstin Thorvall, en su libro » Recuerdo a todos mis amantes y cómo solían tocarme «; recorre en cada capítulo su historia erótica-sentimental . Comienza con los encuentros de la juventud hasta llegar a la mediana edad , etapa en la que siguen ocurriendo cosas en contra de lo que socialmente se espera de una mujer en ese tramo vital. Reproduzco algunos fragmentos de este delicioso libro, que por supuesto recomiendo:
«a ver, conviene que estéis al corriente de la situación inicial. yo era una mujer sueca de cincuenta y nueve años que se había fugado de un hospital psiquiátrico de su país donde pretendían reciclarla para que abandonase el erotismo y los amoríos , y adquiriese el sentido de la importancia de la cultura y de lo maravilloso que es cuidar de los nietos.
Simplemente tenía que aprender que para ella había llegado el momento de despedirse de los besos y las caricias, los morreos y los juegos entre las sábanas, pero que hay otros valores en la vida, ¿no es cierto?
Un paciente masculino , sin embargo, habría recibido otra prédica en la misma situación, y se le habría hecho saber que él tenía aún mucho que ofrecer, precisamente por su condición de hombre. que podía conocer a otra mujer, engendrar otros hijos, empezar de nuevo desde el principio, sin preocuparse lo más mínimo por promover su interés por el teatro….
Mi objetivo era una gran cafetería situada en una zona al abrigo de una sombra muy densa. Y resultó que allí había un número extraordinario de hombres solos, de todos los colores. Todos se quedaron mirándome fijamente. y yo pensé que se debía a algún defecto de mi indumentaria …pero después del primer día comprendí que me miraban porque me deseaban»
Lo normativo, aparte de presentar diferencias genéricas , no se corresponde en absoluto con el sentir de la persona , por mucho que se pretenda «domesticar» en lo que resulta más «adecuado o funcional» .
El poder simbólico oculto tras la norma, no sólo nos dice lo que socialmente es correcto ; sino lo que nos debería gustar en función de la edad, el género, el nivel hormonal… . Las personas somos mucho más poliédricas como para encajar en categorías tan estrictas.
Lo normativo pretende definir el comportamiento idóneo en las distancias cortas , como si se tratara de un negocio en lugar de un encuentro erótico. Un intento absurdo de eliminar la inevitable cota de riesgo que conlleva la intimidad y el deseo.
No obstante, la ética no puede dejarse fuera de la comunión sexual. Aquí se da una paradoja interesante. El estudio de la ética atañe al esclarecimiento sobre lo que es bueno o malo en la interacción entre las personas, y la creación de normas que ayuden a que se produzca un buen trato. Esta línea discursiva nos lleva a hacernos infinidad de preguntas: ¿qué es bueno o malo?
A mi modo de ver, en la intención de un acto subyace la bondad o maldad. El deseo de no dañar, es la clave.
Me surgen un montón de interrogantes: en el caso de dos amantes con un recorrido que los ha transformado en amigos y cómplices, es más sencillo saber, se descifran los códigos inherentes a la relación. Sin embargo, en una historia incipiente o en un encuentro fugaz e inesperado, el misterio de la otredad es inmenso. La cuestión no es sólo qué desea el otro, sino qué deseamos nosotros mismos. Leer el lenguaje del amante – que puede ser mas o menos opaco- sin llevarnos el manual de instrucciones que pretende la mojigatería.
Desobedecer la norma y crear la liturgia compartida
Bibliografía recomendada:
» El verano sin hombres». Siri Hustvedt
«Recuerdo a todos mis amantes y cómo solían tocarme «. Kerstin Thorvall
«El sentido de consentir». Clara Serra

