El deseo ha sido objeto de estudio desde diferentes ópticas a lo largo de la historia de la humanidad. Es sin duda uno de los temas controversiales que nos envuelve y confunde con su ambivalencia y volubilidad.
¿Sabemos siempre lo que deseamos? ¿toleramos nuestros deseos? ¿el deseo es inmediato o se ve moldeado por la voluntad? ¿existe un deseo social?; o, lo que es lo mismo: ¿se nos condiciona socialmente para desear según qué cosas?
El deseo en el occidente clásico
En la Grecia clásica, Platón estudia el deseo en “El banquete”, obra de carácter filosófico y literario. Describe el deseo desde la carencia, cómo el barril sin fondo de las Danaides. Mito sobre las cincuenta hijas del rey Dánao; condenadas a transportar jarras de agua perforadas como castigo por el asesinato de sus esposos.
Es interesante observar cómo la fisura de los recipientes impide colmar la sed y lograr la satisfacción. Es un anhelo de lo NO disponible, de lo que está fuera del alcance. Para Platón, la búsqueda de la belleza – a la que llama Daimon – es lo esencial; esencial que sin embargo tiene mucho de inalcanzable, o al menos de dificultoso.
Aristófanes, uno de los comensales del Banquete, desarrolla su idea del origen de los seres humanos y de su necesidad de vincularse. La escisión del individuo en dos mitades separadas, es el motor del deseo amoroso. De nuevo regresamos al deseo como déficit.
Con Aristóteles la noción cambia. El anhelo se identifica con la potencia y la motivación que nos mueven a la acción. Esta perspectiva, permite diferenciar un deseo a corto plazo – explosivo y ardiente – de otro a largo plazo, que requiere mantener la motivación y amortiguar las dificultades. La pulsión aguda hacia algo que nos conmueve, versus el proyecto concreto visualizado a largo o medio plazo.
Podríamos decir que el DESEO tiene dos dimensiones:
– POSITIVA: Pasión, impulso, vitalidad, motivación, creatividad, seducción.
– NEGATIVA: Adicción, obsesión, duda constante, pérdida de libertad.
Teniendo en cuenta estas dos dimensiones: ¿es el deseo algo salvaje?, ¿puede domesticarse según nuestra conveniencia?
En mi opinión es libre y cabalga a su aire. Más que cuestionarlo, creo que es más útil preguntarse qué hacer con él. Cómo gestionar la frustración que en ocasiones acarrea, sopesar el alcance de su realización.
¿Deseo genuino o deseo social?
Estar vivo nos convierte en seres con DESEO, ahora bien, ¿son todos los deseos genuinos o existe un deseo inoculado socialmente?
Rene Girard expuso el concepto de deseo mimético, para referirse a los objetos que deseamos de un modo triangular; es decir, cuando nuestro deseo tiene que ver con aquello que desea alguien que tenemos en alta consideración. Es un modo de expresar, que en realidad a quien deseamos es a ese alguien.
Esta mimetización está muy asociada a la envidia y a los reforzadores sociales o familiares que nos direccionan hacia lo establecido como apetecible.
El deseo también puede estudiarse desde un punto de vista bioquímico. La dopamina se libera en centros cerebrales relacionados con la recompensa, la memoria y el aprendizaje. Se encuentra íntimamente conectada al deseo. En la depresión desciende la libido, la capacidad de disfrutar y de encontrar fuentes de motivación.
Las máscaras del deseo
El sociólogo Frédéric Lenoir describe en su libro FILOSOFÍA DEL DESEO lo que denomina sus máscaras: la envidia, la codicia y los celos.
La envidia resalta lo que no tenemos. Es puro contraste.
La codicia es querer lo que el otro tiene y la secreta pretensión de arrebatarlo.
Los celos nos advierten de algo que percibimos como amenaza a un vínculo significativo.
Las tres emociones son antifaces que ocultan la pulsión hacia un atractor. No nos suscita celos, ni envidiamos a cualquier persona, siempre es alguien poseedor de algo que creemos carecer. Regresamos al binomio escasez- deseo.
La lógica de consumo, es otra de las facetas de este apetito escurridizo y difícil de circunscribir. Al otro lado de la deseabilidad social -ligada a lo que valora positivamente la colectividad- se sitúa el concepto de “serie limitada”: lo exclusivo que marca la distinción.
Como podemos ver, no siempre es fácil identificar el deseo genuino, del contaminado por la educación, la tradición y el marco referencial histórico.
Probablemente la intersección de varios vectores, configura de modo inconsciente lo que deseamos.
¿Y el deseo sexual?
El deseo sexual es un impulso intencional y específico hacia alguien con quien anhelamos compartir intimidad física y/o emocional. Existe un deseo ardoroso, y también un deseo atemperado que nos habla de las ganas de ESTAR.
Es frecuente en el ámbito de la sexología, escuchar consultas en relación con “la falta de deseo”. En mi experiencia clínica, ante esa consulta, me gusta preguntar: «Exactamente, ¿de qué no tienes deseo?».
Se confunde el deseo con la fase de excitación de la respuesta sexual. En los seres humanos el deseo va más allá de la función, hablaremos con calma un poco más delante de este aspecto.
Continuará…

