Edith Wharton (Nueva York 1862) autora de la novela “The Edge of Innocence”, dibuja un fiel retrato de la oligarquía neoyorquina de 1870 resaltando el poder que confiere la sangre y la casta a la hora de prescribir los comportamientos aceptables dentro del grupo privilegiado. En cierto modo refleja la vida de la autora que vivió un romance clandestino con el periodista Morton Fullerton y se sirvió de la literatura condenando furtivamente los condicionamientos sociales y el matrimonio concertado.
El personaje de Ellen, una mujer poco ortodoxa, con un pasado frívolo y mundano para los estándares de la época, es un trasunto de Edith Wharton, una fascinante dama que escapa de un matrimonio desdichado y violento malogrando su aceptación dentro del escenario neoyorquino.
La aventura oculta entre Ellen y el protagonista masculino Newland Archer, abogado prestigioso y comprometido con una joven de familia influyente, deviene en un amor que no alcanza a desenvolverse en el ámbito ordinario aplazándose en el tiempo. Desde su llegada a la ciudad Ellen es considerada una mujer con mácula y se la conmina a alejarse del círculo de poder, esta circunstancia la llevará a realizar múltiples viajes afincándose al final de su vida en París.
Newland termina percatando la vacuidad de su grupo social y la desigual autonomía de los sexos. Si analizamos el vínculo amoroso entre los personajes protagonistas podemos entender la naturaleza romántica contenida en la atracción sexual y la afinidad intelectual que les hace reparar en su inclinación por los mismos valores.
La tensión dramática que mantiene la atención en el desarrollo de la historia, radica en los escollos sociales para la construcción lineal de la relación, siempre sometida a interrupciones, que lejos de menguarla la vuelven más hermosa y anhelada.
En el tramo final de la novela Newland viaja en busca de esa mujer amada a lo largo de décadas, sin embargo, una vez allí no es capaz de subir a su apartamento, quizá no pudo enfrentarse al final del encantamiento o no tuvo el arrojo de sentir ese viejo conocido llamado Deseo, de lo que sí es consciente es de que Ellen ha llevado una vida más plena y extraordinaria que la suya.
Edith Wharton hace una crítica contundente a la mojigatería hipócrita de la sociedad neoyorquina finisecular y al doble rasero con el que se mide a hombres y mujeres, y lo hace con una novela romántica, reivindicando con su pluma la resolución de los propios conflictos y la toma de decisiones al margen de la tutela masculina, desafiando el ostracismo que supone la desobediencia.
En la actualidad es frecuente tanto en publicaciones escritas como en otros medios, asociar el Romanticismo con el patriarcado, lo cierto es que el sistema patriarcal es una estructura sociopolítica arcaica elaborada por hombres y mujeres. Podemos rastrear sus huellas en el neolítico, su unidad básica es la familia nuclear dentro de la cual se establecen los roles específicos en función del sexo, la supremacía y el papel proveedor corresponden al hombre quedando la mujer encargada del cuidado.
El movimiento sufragista originado a finales de 1840 en Estados Unidos y extendido a gran parte del mundo anglosajón, constituyó la punta de lanza del ejercicio de la ciudadanía de la mujer, logrando el derecho al voto, el derecho a recibir el mismo salario que el hombre por el desempeño del mismo trabajo, la posibilidad de ser tutoras legales de sus hijos y la incorporación a carreras universitarias antes vetadas.
La emancipación femenina, que sin duda pasa por la independencia económica, y como decía Virginia Woolf la necesidad de tener “un cuarto propio”, tuvo su punto de partida en 1848 con la “declaración de sentimientos de Seneca Falls”, texto fundacional del feminismo.
En el ámbito cultural anglosajón este período de lucha feminista se corresponde con la época victoriana que abarca desde el romanticismo hasta los movimientos literarios de finales de siglo, la sociedad había cambiado mucho en relación a la descripción romántica cobrando importancia el proceso de industrialización, la emergente clase media y los descubrimientos en biología. El contexto social impregna el arte dejando de lado la búsqueda de la belleza y la expresión sentimental y pasando a ocuparse de cuestiones objetivas de orden social e incluso utilizando la sátira como arma crítica contra el esnobismo aristocrático.
En un mismo siglo se engarzan varias corrientes culturales, unas experimentan un declive y otras emergen con fuerza, una cosa es la naturaleza de este fenómeno, y otra es confundir la estructura patriarcal que hunde sus raíces en un tiempo remoto, con los movimientos artísticos que confluyen formando parte indisoluble del marco referencial histórico-social, y más aún equiparar los usos amorosos de un tiempo pasado con los símbolos románticos que embellecen nuestros romances contemporáneos.
En otras palabras, el sistema patriarcal es anterior con diferencia al movimiento romántico. En el segundo milenio a.c ya existían los matrimonios concertados por ventajas financieras, según la teoría de Lévi-Strauss lo que está en juego en el intercambio no es la mujer en sí, sino su sexualidad como capacidad reproductiva y/o erótica. Partiendo de esta estructura establecida desde la antigüedad, los enfoques artísticos se ven afectados por todos los condicionantes sociales, y en muchas ocasiones el objeto del arte es alterar el orden establecido, lo que no quita para que al mismo tiempo se encuentre inmerso en un sistema preexistente.
Volviendo a la actualidad, se puede conciliar perfectamente un ramo de flores, símbolo romántico por excelencia, con una relación de respeto y correspondencia en el cuidado, los gestos románticos no son patrimonio del hombre en las relaciones heterosexuales ni el hecho de que los lleve a cabo le confieren autoridad, se trata de una cuestión de estilo personal y de elección a la hora de expresar un sentimiento.
El lenguaje de las flores, aunque tiene su origen en el SELAM de Constantinopla -arte de atribuir significados a los objetos- se acomoda muy bien a la época victoriana donde el simbolismo se desarrolla en tanto movimiento literario y pictórico, otorgando un gran valor al misterio y el misticismo. Cada flor representa un sentimiento y se transforma en la manera de enviar mensajes ocultos en una sociedad sexofóbica y repleta de tabúes en torno al amor y la pasión.
La ADELFA simboliza la seducción, la FLOR DE LIS la pasión, el GIRASOL AMARILLO es una invitación amorosa, El MEMBRILLO representa la tentación. Era frecuente entregar “ramos parlantes” o Tussie-mussies con la intención de expresar aquello que el pudor no permitía escribir. La costumbre de regalar flores permanece en nuestros días y no deja de ser un detalle hermoso.
La capacidad simbólica es inherente al ser humano, mediante los signos trascendemos la realidad experimentada y la esculpimos para contar nuestros sentimientos e ideas. En el arte el uso simbólico de la metáfora despierta en el espectador emociones que escapan a la razón y crean desde el instante que posa la mirada un relación única y secreta.

