¿De qué material está hecho el hueco entre el miedo y la curiosidad?: yo diría que de suspense.
Bien lo saben los escritores de novela negra; para mantener la fidelidad del lector, es necesario tensar la cuerda que sostiene la incertidumbre, y jugar con las posibilidades que van brotando en la imaginación.
¿No es en cierto modo lo que nos sucede a todos en las encrucijadas vitales?. Tomar la decisión, ése es el asunto. Ocurre con frecuencia: en los trabajos, las relaciones, las enfermedades, la elección del sitio donde vivir…
A veces la vida nos obliga a enfrentarnos a la tesitura, y en otras ocasiones la incomodidad que soportamos; disfrazada de aburrimiento, síntomas físicos, tristeza o enojo, se encarga de ponérnoslo fácil para que decidamos cuanto nivel de disconfort estamos dispuestos a soportar.
Uno podría pensar que es muy sencillo; si estoy mal tomo otra dirección. Sabemos que no es tan fácil. La retahíla de consejos bienintencionados alentando el cambio llega a ser abrumadora; pero de lo que no se habla tanto, es del árido desierto que hay que cruzar desde que decides ese cambio hasta que realmente te encuentras bien.
Aquí es cuando chocamos con el suspense y su amigo íntimo el misterio: ¿qué pasará?, ¿lograremos alcanzar aquello que deseamos?, ¿volveremos a sentirnos cómo antes de todo el embrollo?.
El miedo nos acompaña durante todo el proceso, y al proyectarnos en un futuro incierto se dispara la ansiedad. Pareciera que el suelo no fuera firme bajo nuestros pies, y nos tambaleáramos con cada piedrecita bajo el zapato.
Lo cierto, es que las cosas no suceden simplemente porque las deseemos; el famoso refrán de San Ignacio de Loyola: “ En tiempos de tribulación no hacer mudanza “…depende de qué tribulación y de cuanto tiempo llevemos naufragando en esas tribulaciones…
No digo que todo el mundo tenga que abrirse a algo nuevo, pero sin duda tiene un coste quedarse languideciendo en un lugar estéril; del mismo modo que hay una tarifa de ansiedad y miedo al adentrarse en paisajes desconocidos.
Si optamos por el cambio nos encontraremos con algunas compañeras de viaje: la curiosidad – impulsándonos al aprendizaje – , la ilusión – combustible que representa en la mente nuestro proyecto materializado – , y la sorpresa ante lo inesperado, dejándonos en suspense de nuevo.
La autonomía y la capacidad exploratoria, forman parte de los ingredientes necesarios en la aventura; para hacer uso de ellos es preciso transformar el miedo en un calibrador eficaz de la amenaza. Cotejar la información que nos ofrece con el estímulo que lo desató y decidir qué nos favorece. Aquí el entrenamiento de la capacidad reflexiva es vital, no ahuyenta el miedo, pero facilita que lo manejemos a nuestro favor.
Uno de los grandes escollos es el miedo al dolor emocional; el miedo a sentir miedo. Si no sentimos miedo nos volvemos temerarios y nos ponemos en peligro.
Según la doctora Anabel González, la solución al miedo no es la calma – que tiene un efecto cortoplacista – sino la seguridad en la propia capacidad.
Antes de seguir, detengámonos en el miedo.
Podríamos decir que hay dos clases de miedo: el miedo innato, como los ruidos fuertes e inesperados, la oscuridad, la pérdida de los vínculos; y los miedos aprendidos, es decir, los que nos transmiten las personas significativas – léase creencia- o las experiencias duras o desagradables que nos toca vivir.
La novedad por definición produce intranquilidad y algo de miedo – quizá agazapado bajo otra emoción que nos distrae un poco – con el objeto de testar nuestro arsenal de herramientas de afrontamiento. Esto explica, porqué situaciones perniciosas pero habituales no nos hacen sentir miedo, y sin embargo lo novedoso, aunque no sea potencialmente dañino, con su falta de certezas puede asustar más.
Las defensas ante la situación que nos produce miedo, y que seguramente hemos utilizado muchas veces, también comienzan a operar. Demos el valor que merecen a las defensas, porque con ellas hemos sido capaces de llegar hasta aquí, pese a que no ayuden siempre.
Cuando el miedo se perpetúa incluso en ausencia de estímulo, entramos en una situación de cronicidad con elevados niveles de cortisol, afectando al bienestar y la salud.
¿Cuándo NO nos ayuda el miedo?: cuando es desmesurado en relación al estímulo que lo provoca, cuando no se extingue en ausencia de amenaza, o cuando hacemos una resistencia perceptiva y no aparece en situaciones que nos deberían alertar.
Ante la emoción del miedo se desencadena la “cascada defensiva”. Primero nos quedamos paralizados evaluando el calibre de aquello que nos hace sentir amenazados.
En realidad la parálisis consiste en tomar tiempo para decidir cual sería la respuesta más idónea. En esta situación, se encuentran funcionando el sistema de activación y el de ahorro de energía: simpático y parasimpático. Sería como tener el acelerador y el freno del coche pisados, en espera de que el cerebro nos diga si la lucha o la huida son factibles, o debemos inmovilizarnos dejando al parasimpático tomar el relevo.
Si nuestros recursos de afrontamiento no alcanzan para luchar lo más inteligente es huir, por el contrario si tenemos herramientas decidimos luchar.
Cuando la desesperanza desemboca en derrota, el cerebro escoge la inmovilización . Aquí es el parasimpático el que nos ayuda disminuyendo el gasto energético , desconectándonos de la situación adversa porque no ve salida. Se liberan cannabioides y opiáceos endógenos con la finalidad de dejar de sentir dolor y miedo. Hemos entrado en sumisión. Quizá no suene muy bien, pero lo mismo es la única alternativa posible en esa circunstancia para sobrevivir.
Pensemos por ejemplo en una situación de violencia intrafamiliar. La víctima puede enojarse mucho ante una agresión, pero sin embargo es consciente del peligro que supone responder física o verbalmente.
El llamado «aplacamiento social» es otro mecanismo que también se da en este tipo de situaciones violentas. La víctima siente ira pero no puede expresarla , entonces activa el parasimpático mostrándose sumisa y bajando la mirada. Los dos sistemas están activados : el simpático formando parte del enojo y el parasimpático en la sumisión.
La inmovilidad tipo colapso ocurre tanto en humanos como en animales atrapados por un depredador . Se manifiesta en forma de desmayo ante el fracaso o la inutilidad de las estrategias anteriores.
Muchas veces se confunde la congelación o parálisis, con la inmovilización , pero no son en absoluto lo mismo .
En la inmovilización se encuentra activado el sistema parasimpático y recurrimos a fenómenos mentales como la disociación con el objeto de distanciarnos de lo que está ocurriendo para no sufrir y conservar energía por si acaso. Hay descenso del tono muscular y de la frecuencia cardiaca. El cerebro ya ha elegido el modo de protegernos.
En la parálisis nos encontramos congelados en situación de duda sobre qué hacer . No hay disociación , los dos sistemas nerviosos están activados (simpático y parasimpático) y la corteza prefrontal cobra importancia al ser la que nos ayuda a tomar decisiones y planificar.
Por fortuna, no siempre nos encontramos en situaciones de elevado peligro, sin embargo, nuestra amígdala – estructura del sistema nervioso central encargada de detectar amenazas – se dispara cuando algo nos recuerda a un estímulo amenazante previo y escalamos algunos pasos de la cascada defensiva.
Una vez que la experiencia que suscitó el miedo desapareció, lo sano es integrarla aceptando la emoción que hemos sentido, y diferenciar la emoción de la situación objetiva. Aquí entramos en un estado de inmovilidad con el objeto de recuperarnos y restablecer la situación basal.
¿Qué pasa si somos de las personas que tienen muy disponible el miedo y tienden a preocuparse?, ¿qué expectativa podemos tener en la terapia?
“Yo también me estoy psicoanalizando, naturalmente, pero solo llevo quince años. Voy a concederle un año más a mi psicoanalista, y si no funciona, me voy a Lourdes.
Woody Allen. Annie Hall 1977.
La percepción de éxito o fracaso es absolutamente subjetiva; lo que para un terapeuta es un avance, para el cliente puede suponer un malestar grande.
Estando muy a favor del acompañamiento terapéutico, creo que pretender grandes modificaciones estructurales en la psique es complejo y muy exigente …y hasta un poquito irrespetuoso hacia la persona que acude solicitando un poco de luz. Me parece más realista adquirir herramientas que contribuyan a suavizar rasgos. La neuroplasticidad cerebral nos permite adquirir nuevos aprendizajes, permitiendo que dispongamos de un mayor repertorio de creencias, sin tener que pelearnos con sentir miedo cuando asoma alguna de las que nos acompañan a lo largo de la vida.
Dentro del cajón de herramientas, hay otras emociones, no sustitutivas del miedo, pero muy útiles en los tránsitos complicados: cuando decidimos que un vínculo ya no le hace bien a nuestra vida y nos alejamos, o cuando decidimos cambiar de profesión para hacer algo en consonancia con nuestra esencia.
El vértigo aparece varias veces a lo largo del día, la duda, la sensación de soledad, la tristeza…pero también la curiosidad.
La curiosidad nos hace imaginar nuevas posibilidades ante pequeños atisbos de algo que todavía no se ha concretado, o que recién acaba de asomarse en el horizonte de la vida.
Aunque sea con miedo, tiremos del cordel del globo de helio para que lo sintamos un poquito más cerca.

