¿Qué nos sucede cuando nuestra pareja habla en japonés y nosotros en francés?, ¿cómo nos sentimos cuando nos expresamos de manera poética y nos responden con un ensayo?, o viceversa.
¿Qué hay detrás de esos “malentendidos”, que nos dejan un sabor amargo, mezclado con unas gotas de tristeza y un gramo de enojo?
Volviendo al ejemplo de los idiomas, la musicalidad, la longitud de las frases y la mímica facial, son diferentes.
Es probable que la clave se encuentre en el estilo comunicativo, mucho más que en el contenido del mensaje.
No solamente nos comunicamos de manera distinta, sino que el procesamiento de la información, no es el mismo; ni en el tiempo requerido ni en la interpretación.
¿Cómo encontrar dentro del estilo y la voz propia, un idioma común?, y lo que es igualmente importante: ¿por qué nos sucede?
El modelo operativo interno, es un concepto empleado en psicología, que se refiere a la interpretación que hacemos de la conducta ajena, y las predicciones derivadas de ésta. Se instaura en la infancia y es consistente en el tiempo. De ahí, a reaccionar emocionalmente ante algo que nos dicen, hay un paso. De una forma automática hemos sacado conclusiones, basadas en nuestro modelo.
Para contrarrestar este fenómeno, y disminuir la rigidez en la traducción del mensaje verbal o de una conducta observada; existe una poderosa herramienta: la reflexión.
Parece algo muy fácil, que cae por su propio peso, pero en la práctica no es tan sencillo. Requiere entrenar la mentalización.
La mentalización es la capacidad de observarse a uno mismo desde afuera y al otro desde dentro, es decir, tratar de entender lo que sucede en la mente propia y ponernos en los zapatos del otro.
Lo primero, se llama metacognición – pensar sobre los propios pensamientos – y lo segundo es desarrollar la empatía.
La empatía se ha vuelto una palabra muy coloquial, en exceso usada. Implica entender el otro punto de vista, en absoluto estar de acuerdo o acceder a algo que no queremos.
Continuemos un poco más con la mentalización, que es un proceso, y veamos cómo se van desglosando los escalones que lo conforman.
Ante una experiencia, en nuestra mente surgen pensamientos, en ocasiones asociados a imágenes y conectados con un afecto. Esto tiene una correlación en la sensación corporal.
Para llevar a cabo la mentalización, es preciso que lo que sentimos, se encuentre dentro de un umbral razonable. Si estamos desbordados es necesario procesar primero la emoción, para luego poder pensar en nuestros pensamientos.
En el procesamiento emocional también hay pasos a seguir: lo primero es observar, darnos cuenta de lo que sentimos en el cuerpo, y en qué parte de él, está localizado. Lo siguiente es ponerle nombre, es decir, identificar la emoción que nos suscita: enfado, tristeza, alegría, culpa, impotencia, fragilidad, desamparo, vergüenza.
Aunque puede ser muy incómodo sostener la emoción, es importante aceptarla sin juicio, con el objeto de dejarla que haga aquello para lo que ha venido: decirnos cosas sobre nosotros, y ver si tiene sentido en el contexto actual. La emoción siempre es válida, lo que hay que evaluar es su sentido en el presente.
Cuando la emocionalidad se encuentra en un punto más neutral, entonces podemos observar lo que estamos pensando, pensar sobre el pensamiento, y efectuar un análisis más ajustado al contexto real.
¿Qué ventajas nos ofrece este entrenamiento?: una mayor variedad de interpretaciones, y la posibilidad de expresar lo que sentimos en la línea de lo que queremos: ser entendidos y respetados.
La mentalización contribuye en los siguientes aspectos: mayor seguridad relacional, buena regulación emocional, capacidad de exploración, expresión de las emociones, más creatividad en las relaciones sexuales, y facilita la confrontación de discrepancias.
Por supuesto, no todo es miel sobre hojuelas, Gamsci lo define muy bien: “la crisis consiste …en el hecho de que lo viejo ha muerto, pero lo nuevo todavía no ha aparecido. Un interregno muy incómodo”.
Algunos tips prácticos:
-Discriminar el hecho objetivo de la emoción que suscita.
-Comprender que el lenguaje amoroso se modifica a medida que avanzamos en la relación; al principio no conocemos los códigos comunicativos del otro, y se precisa una atención especial para entender.
-Tener presente, que una persona no puede satisfacer todos los requerimientos, es un ser humano con sus condicionantes.
-Lo que el otro hace repercute en la dinámica relacional, del mismo modo que lo que uno hace también, no lo olvidemos.
-Aceptar los límites que pone la otra persona. Tiene sus deseos, proyectos y afectos.

