«No se trata de hacerlo bien, sino de hacerlo a tu manera»
Erica Hornthal
Desde el momento que llegamos a la vida, lo que manda es nuestro cuerpo. Nacemos frágiles y dependientes por completo.
Es en nuestra carnalidad, donde se aloja la sensación que empuja a pedir con el llanto aquello que el cuerpo sabe necesario.
Al llorar nos sacudimos, soltamos lágrimas calientes, y los párpados, como dos persianas discretas, se cierran abrigando los ojos de un dolor evidente.
Lo primero fue el cuerpo, después llegó la mente; tabula rasa sobre la que vamos escribiendo a medida que adquirimos el lenguaje y otras destrezas.
El cerebro permite el movimiento y la sensación, y cuando disponemos de palabras, lo sentido puede ser percibido y traducido en emoción. Por lo tanto, la sensación es anterior a la percepción.
De aquí se desprende que el cuerpo se entera de lo que nos sucede antes que la mente, es más; la mente en ocasiones, no corrobora esa información, sino que la deforma en virtud de sesgos adquiridos en nuestro desarrollo.
En la cultura occidental, el modelo cartesiano, basado en la duda metódica hacia lo experimentado por los sentidos, ha liderado hasta hace muy poco la manera de plantearnos las decisiones que tomamos, la identidad y hasta el relato de lo que nos ocurre.
Es como si la mente hablara un idioma y el cuerpo otro. Esa torre de Babel nos atraviesa, arrastrándonos a una disonancia que resolvemos en favor de cuerpo o mente.
La integración de ambos, facilita identificar lo que se siente y ponerle nombre, algo muy necesario para vivir con coherencia.
La terapeuta Erica Hornthal en su libro “El cuerpo en el centro”, lo explica mediante el concepto de la escucha encarnada: atender lo que sentimos y dónde lo ubicamos en el cuerpo, para entenderlo y hacer la traducción de qué nos está pasando.
Las personas que bailamos, con frecuencia sentimos la escisión entre la parte mental cognitiva y la más puramente instintiva. En ocasiones sucede que la técnica o la memoria coreográfica, en lugar de darte alas para expresarte, se transforman en un apretado corsé que impide sacar el brillo y la belleza singular. No son facetas incompatibles en absoluto, lo interesante sería alcanzar la fusión de ambas.
Cuando ampliamos nuestro vocabulario corporal con nuevos gestos, enriquecemos la experiencia y aprendemos a colocarnos desde otro lugar. Puede que en principio sea incómodo, pero sin duda transformador. Detectar la incomodidad, aceptarla y continuar moviéndonos, favorece la resiliencia y nos aproxima a donde queremos llegar.
Ahora bien, no todas las incomodidades son facilitadoras del desarrollo de nuestro potencial, de ahí la importancia de discriminar lo que sentimos en el cuerpo. Este matiz nos lleva a la interocepción: la capacidad que tenemos de percibir las sensaciones corporales y de ponerlas un nombre. Por ejemplo, un malestar en el estómago puede estar diciéndonos que hace mucho que no hemos comido o que estamos nerviosos, la migraña nos avisa que descansar es necesario o que tendemos a preocuparnos.
Me encanta cómo habla Joan Didion sobre la migraña, en el capítulo titulado «En la cama «, recogido en su libro «Los que sueñan el sueño dorado» :
<<Por entonces yo combatía la migraña, no hacía caso de las advertencias que me enviaba, iba a la universidad y después a trabajar a pesar de ella…existe lo que los médicos llaman una personalidad propensa a la migraña, una personalidad que suele ser ambiciosa, introvertida, incapaz de tolerar los errores, organizada con mucha rigidez y perfeccionista… No la veo a usted una personalidad propensa a la migraña – me dijo una vez un médico – . Va despeinada, supongo que limpia su casa de forma compulsiva. De hecho mi casa está todavía peor que mi pelo, pero el doctor tenía razón… nunca me vienen cuando tengo problemas de verdad. En cambio me viene cuando no estoy librando una guerra abierta con mi vida , sino una guerrilla>>
Prestar atención al cuerpo, revela el modo en que nos relacionamos con los demás, habla de si damos prioridad a las necesidades y los deseos de otros, o por el contrario nos sentimos merecedores del autocuidado; lo que redunda en un vínculo más genuino, a partir del amor y no de la expectativa ajena.
El movimiento influye en la emoción y en las acciones que tomamos, desdiciendo discursos apolillados que nos constriñen en lugar de expandirnos.
Cuando algo perturba, es frecuente recurrir a movimientos adaptativos instalados por dentro. Aquí el pasado se cuela en el presente, bloqueando la acción mediante la duda o el miedo . Nos volvemos estatuas de hielo, atrapadas en algo que se actualiza, pero que no pertenece al orden de la realidad presente.
Bailar favorece la gestión emocional, la exploración y la creatividad. Los beneficios que reporta se trasladan a otros ámbitos cotidianos; por ejemplo, el trabajo de la lateralidad corporal, contribuye a ver los dos puntos de vista en una discusión, potenciando la empatía y la capacidad de argumentación.
Tras la exposición del cuerpo que habitamos como un hogar sabio, me gustaría romper una lanza también a favor de la razón y la reflexión, que no están reñidas en absoluto con la sabiduría corporal. Para ello recurro a las inspiradoras palabras de la filósofa Hannah Arendt, cuya tesis explica cómo la libertad nos define como seres actuantes.
Siendo la filosofía una disciplina académica indisociable de la reflexión y la dialéctica —algo reposado y metódico, alejado del conocimiento corporal más inmediato —Hannah Arendt, nos lleva de nuevo al movimiento libre como acción que describe y delimita quienes somos.
Arendt distingue tres facetas en el ser humano: la pasión, experimentada en el cuerpo, lo espiritual asociado al pensamiento, y el alma que para ella concierne al universo sentimental.
En sus anotaciones, recogidas en el libro de Antonio Campillo “El concepto de amor en Arendt”, explica la diferencia entre el diálogo interior—lo que en psicología sería la metacognición, el pensar sobre los propios pensamientos— y la conversación pública con el otro, que siempre trata sobre una cuestión que ocurre en el mundo, movilizando a ambos a la acción de exponerse en un espacio común, reconociendo en la diversidad humana la singularidad.
El acto de salir de la mente y compartir la experiencia con otra persona, provoca un cambio de posición y una actitud de apertura, por consiguiente un movimiento. La reflexión no es enemiga de la acción, ni implica pasar por encima de la escucha corporal.
Movimiento, acción, emoción, se dan la mano desde la inmediatez de la sensación y desde la reflexión, ojalá el pegamento que los una sea la coherencia.
La relación entre el alimento, el amor y el cuerpo conforman una trinidad indisociable, que también habla de lo que necesitamos, de la escucha corporal.
La comida y los vínculos… en la sección de relatos: GULA


Me acuerda tanto de mi infancia pero en los años 50, mucha similitud, la misma situación, pero sensaciones destintas.
la misma inseguridad y vulnerabilidad.
Gracias, lo dedico a Margot mi madre.
Muchas gracias a ti por tus palabras , Dieter.
¡Hermoso gesto la dedicatoria!