Espejito, espejito mágico, devuélveme mi reflejo más hermoso.
La malvada madrastra sostenía entre sus manos el espejo, y examinando minuciosamente su piel, rogaba a diario la prórroga de su belleza.
El espejo, fiel aliado del reloj, rompía su lealtad respondiendo: Usted, majestad, es la mujer más hermosa de este reino.
María Bartolomé
Etimológicamente madrastra contiene el sufijo despectivo – Astra, situado sobre la palabra madre. Es el sustantivo femenino que designa a la nueva esposa de un padre cuya descendencia procede de un vínculo anterior.
En la psicología analítica de Carl Gustav Jung, arquetípicamente es descrita como usurpadora de Rol, lo que nos habla de la percepción no consciente, de una imagen primordial con una resonancia negativa a nivel colectivo.
El arquetipo de la MADRE se constituye con cualidades como la compasión, el cuidado y el amor, se corresponde con la diosa Hera y con la virgen María. El opuesto del arquetipo maternal es la AMANTE.
En el tema que nos ocupa el opuesto de la madre es la MADRASTRA, mujer vinculada por amor, con un hombre que es padre de los hijos engendrados con otra mujer. Es la única persona en esa red humana conformada, que se relaciona desde lo político y no desde lo sanguíneo.
La palabra clave para la amante de Jung es ARMONÍA, una combinación encantadora de pausas y sonidos con el objeto de eludir el conflicto evitando la exclusión. La armonía siempre es efímera, sin embargo, el conflicto es permanente en las interacciones humanas. La amante de Jung, instalada en una figura triangular, pretende por medio de la complacencia y la seducción satisfacer una motivación: la pertenencia. Su falta de límites le permite evitar la confrontación, a la vez que no se deja conocer del todo. Por otro lado, el uso de la seducción como estilo comunicativo preferente, indica su dificultad para pedir lo que quiere. El resultado es que lejos de lograr la pertenencia, queda atrapada en el vértice de un triángulo relacional, marginándose ella misma.
Lo contrario sería explicitar lo que siente y pedir lo que quiere, aún a riesgo de ser excluida. Al menos obtendría la verdad y con ello la posibilidad de redirigir sus pasos.
En los cuentos infantiles la madrastra es la villana, véase: Blancanieves, Hansel y Gretel y Cenicienta. La reelaboración de estos relatos supuso cambios en el desarrollo de la historia: la madre biológica muere y el padre se casa de nuevo con una mujer – bella y fría en Blancanieves- que desde su llegada actuará como fuerza destructora.
En Blancanieves la faceta aniquiladora de la reina madrastra se manifiesta en los intentos repetidos de asesinar a su hijastra; determinando como las Moiras, la longitud de vida de una debutante.
En la Europa medieval debido a las hambrunas y la inexistencia del control de natalidad, no era infrecuente que los hijos más débiles fueran abandonados por los progenitores. Escritores como Charles Perrault y los hermanos Grimm transformaron los cuentos primigenios basados en estos hechos. El resultado de la alteración dio lugar a un triángulo constituido por un viudo, una madre muerta entronizada y una malvada madrastra.
En la actualidad las madrastras han incrementado su número debido al aumento de separaciones y conformación de nuevas parejas. El panorama es bien diferente al descrito en la ficción destinada al público infantil de otros tiempos.
El papel social que se impone a la madrastra – la recién llegada – es de adaptación a un lugar donde ha existido una fractura y por lo tanto un dolor, y desde este lugar comienza su idilio.
Ahora bien, aceptar no es incompatible con tener límites personales, precisamente, es ahí donde se gana el respeto. Lo armónico, facilitando una atmósfera confortable, no contribuye a que lo foráneo alcance a tener un lugar de respeto y reconocimiento.
El rol impuesto siempre es externo al individuo y se relaciona con las expectativas de los otros y no con la identidad propia. En el caso de la madrastra la mesura es un requerimiento desde el mandato social del rol. Aceptar lo que hay, acompañar y ayudar en la medida justa, con mucho cuidado de no sobrepasarse.
Por otro lado, están las propias expectativas de la madrastra, la idea de tener una relación cordial con los hijos de su pareja, algo muy razonable al ser indisociables de la persona con la que comparte su vida amorosa. Es habitual que el duelo de esta expectativa tenga que hacerse.
Este duelo, con frecuencia conduce a una resignificación, es decir, a dar un nuevo sentido a lo que está aconteciendo. La protección de los hijos, inmersos en su proceso, se establece como prioritaria en un sistema nuevo que parte de la existencia una familia previa.
En este paisaje el padre tiene una nueva pareja sentimental y a la vez tiene una familia. No es un asunto sencillo. Ama a su familia al tiempo que tiene una responsabilidad afectiva con la pareja actual. Queramos o no, es difícil manejarse en el conflicto de lealtades.
Me estoy refiriendo adrede a un vínculo de pareja hombre /padre con madrastra, me parece interesante tener en cuenta el arquetipo de la madrastra, un estrato profundo que la interpela como alguien tratando de incautar un espacio no merecido. Sin embargo, el padrastro de manera inconsciente es” alguien que se hace cargo apadrinando, proveyendo como un padre”, no hay sospecha.
El Rol hace referencia a la pauta comportamental instaurada socialmente, deriva del arquetipo o modelo inconsciente universal. Dentro de las teorías sistémicas, Bert Hellinger afirma que el orden precede al amor y el amor únicamente puede desarrollarse en el marco del orden. Existe una jerarquía en función del momento de llegada a un sistema. En palabras del autor: en el seno de un sistema existe la prioridad en función del comienzo de la pertenencia a ese sistema. En sistemas sucesivos la familia nueva tiene prioridad sobre la antigua. Aquí el autor, hace referencia a la familia siempre que haya habido hijos; el miembro de la pareja sin hijos se constituye como elemento satélite que se introduce en el engranaje.
Es extremadamente interesante la distinción que establece entre vínculo y amor. El vínculo con la primera pareja es más fuerte que la que viene después, independientemente de la calidad de la relación mantenida. Según su teoría el nuevo amor puede ser mayor, pero el vínculo es más endeble. Afirma que el grado de culpa es directamente proporcional a la fuerza del vínculo con la pareja inicial, este sentimiento es mucho más suave en las relaciones posteriores, por tanto, el vínculo posterior no posee la fuerza de una cuerda sino más bien la consistencia de un lazo de seda que fácilmente puede desatarse.
Estos amores posteriores me llevan a pensar en lo que los griegos llamaron Eros Kayros: amor en el momento exacto sin refugio y sin posesión, en el sentido de pura conexión desde el deseo de estar, un ejercicio de coraje.
Una pregunta me surge al hilo de todos estos conceptos: ¿Se correlaciona la fuerza del vínculo con el nivel de compromiso?, probablemente si, aunque es necesario hacer una distinción parafraseando a Masters y Johnson; no es lo mismo establecer un compromiso que sentirse comprometido. El compromiso es algo que ocurre en la construcción del amor. Consiste en entregar las llaves de una parte de nuestro bienestar emocional y ser capaces de sentirnos frágiles, es un acto de FÉ.
Volviendo a Jung todos tenemos una sombra, aquello de nosotros que hemos devaluado y escondido en el sótano. La fragilidad nos hace encerrarla en esa habitación oscura pensando que así evitaremos dejar de ser queridos. Siguiendo con el símil de la llave y con los personajes de los cuentos de la infancia como la madrastra, Jung habla de la llave que el hada buena deposita en la cuna. Es como decir que una buena infancia no está exenta de dificultades, pero es un tesoro de cara a la individuación, proceso que implica trascender las etiquetas sociales y seguir el hilo de nuestro relato genuino.

