Lenguaje y deseo hacen de nosotros seres complejos, dotados para la expresión artística. Por medio del arte resignificamos una imagen o suceso, transfiriendo el subtexto que habla de la vida que edificamos, una azarosa mezcla de acciones, emociones e imprevistos.
Tomemos la literatura como ejemplo, nos permite articular en la voz de los personajes las cosas que sentimos. El poeta convierte la solidez real en vaporosos símbolos que dan cuenta de las más tiernas emociones. La prosa, puede convertirse en una daga envenenada destilando inquina, volatilizada en el alambique de las palabras.
La danza es otro medio de expresión, o más bien el baile, si pensamos en un puente que salve la distancia entre la técnica y la autoexpresión. Ofrecerlo al público es compartirlo en comunidad, dando testimonio de quienes somos con nuestras reservadas certezas y contradicciones.
Lenguaje y baile, así como verbo y carne, son sometidos a escrutinio cuando no siguen el canon o transmiten recados insumisos. La rebeldía y el arrojo, ingredientes consustanciales a todo acto que desnuda el alma humana, forman parte de las manifestaciones artísticas.
El lenguaje nos capacita para la representación de imágenes mentales, vivimos en las palabras, sin ellas desaparece el concepto y por tanto el símbolo. La fantasía es la facultad gracias a la cual podemos crear ese imaginario personal.
Conviene saber que la fantasía pertenece al orden de lo NO REALIZADO siendo posible su consumación, es precisamente en ese hiato donde cobra sentido. Con frecuencia se confunde con el deseo, provocando no pocas zozobras. Para empezar a diferenciar, muchas fantasías nos espeluznarían en la vida real o sencillamente no tienen vocación de proyecto, su propósito es otro: la movilización de la energía psíquica y su uso en la creación. Además, una fantasía realizada deja de ser una fantasía, la gracia está en que pudiendo realizarse permanece en el mundo imaginario. La confusión procede en parte de que un deseo desencadena fantasías, pero la fantasía no necesariamente refleja algo que queramos llevar al plano real.
Regresemos de nuevo al deseo, mariposa caprichosa que va posándose en objetos distintos. En ocasiones nos estimula a actuar en la línea de la satisfacción y en otras, conduce a la sublimación de los anhelos. Cuan limitadas son las palabras para explicar su libertad y desobediencia.
Mediante la sublimación transferimos la energía erótica de un objeto tocado por el deseo a otra constitución como el arte, la obra social o el trabajo, es la alternativa saludable a la represión.
La poesía es un molde idóneo para la sublimación, el uso connotativo que hace del lenguaje, deja un espacio ambivalente de interpretación. La traslación de significados entre objetos que sucede en la metáfora, contribuye a recrear la cualidad etérea del deseo.
Del mismo modo que para vivir con salud necesitamos ser capaces de amar, estar vivos conlleva ser deseantes. El deseo tiene sus vaivenes y cambios de objeto, jamás nos abandona. En realidad, haciendo un análisis profundo podríamos decir que el deseo no tiene objeto, es la energía de Eros y por tanto de la vida. Cuando hablamos de objeto de deseo nos estamos refiriendo a un “algo” específico donde rebosamos la fuerza de nuestro erotismo.
¿Porqué es interesante la sublimación en la sexualidad?: porque desde nuestra humanidad mortal, no es posible realizar todos los deseos. La censura y la represión no conducen al bienestar. Como adultos nos toca elegir la línea de comportamiento a seguir, y toda elección supone renunciar a algo, ¿cómo salir de este embrollo?: sublimando el deseo a través de un canal de expresión. Tras este proceso, es posible sustituir el objeto de deseo, movimiento enriquecedor. Lo contrario es la fijación que empequeñece e instala en la melancolía.
¿Qué trae consigo la satisfacción del deseo para que nuestro aparato psíquico use tantas estratagemas?: ¿vitalidad?,¿placer?, ¿goce?
Vitalidad sin duda. La energía erótica ligada al deseo es específica de la sexualidad humana, y en ningún caso es sinónimo de genitalidad, aunque la incluye. Atañe a todo proceso de aprendizaje, enriquecimiento y exploración que siempre estará atravesado por la capacidad simbólica del lenguaje. Nos insta a ser valientes eludiendo la compulsión a la repetición, ya que en lo desconocido adquirimos nuevas destrezas y aprendemos.
Placer y deseo a menudo van de la mano, sin embargo, el comportamiento se encuentra más determinado por el deseo. El doctor Paul Martin habla extensamente de estas cuestiones en su libro “ Sexo, drogas y chocolate.
Es cierto que el placer refuerza la conducta impulsándonos a realizar acciones beneficiosas, así y todo, te acaba saciando, es el hambre lo que impulsa a la acción con más fuerza.
Solemos desear cosas que nos dan placer por una cuestión biológica, pero solo hasta cierto punto. En realidad, no siempre deseamos estímulos placenteros y no siempre obtenemos placer de las cosas que deseamos.
La dopamina se libera en el núcleo Accumbens gestionando el circuito de recompensa, participa de modo decisivo en conductas como la alimentación y el sexo estimulando el mecanismo de búsqueda. Se descarga más cuando alguien espera que cuando se ha obtenido placer.
El exceso de dopamina aumenta el deseo, no el impacto hedónico. El placer de corto recorrido, es vehiculizado por opiáceos endógenos: endorfinas y encefalinas.
La satisfacción del deseo de placer fugaz, nos satura con rapidez, llegado un momento es preciso incrementar la frecuencia o el voltaje con la idea de volver a paladear esa sensación primigenia, que por cierto no llega. Aquí el deseo galopa desbocado y la búsqueda que ocasiona no se correlaciona con el nivel de disfrute. Casi podríamos decir que es una búsqueda febril carente de verdadero deseo, obedece a la dependencia, al fantasma de un deseo pretérito. El goce es otra cosa bien distinta.
Gozamos después de un proceso en el que nos hemos comprometido con un objetivo de mayor envergadura y tolerado alguna incomodidad. El propósito de satisfacer un deseo de más largo alcance nos mantiene motivados pese a que no se produzca un placer inmediato. Aquí opera el principio de realidad y no la fantasía.

