En una pequeña habitación, sin adornos
con paredes cubiertas de tela verde, había un hermoso candelabro encendido; y ardiendo en cada una de sus llamas
una mórbida lujuria, un lascivo calor.Dentro de la habitación, resplandeciente
por las velas del maravilloso candelabro,
no es una luz vulgar la que brilla.
No es para cuerpos temerosos
el cálido placer de ese ámbitoEl candelabro
Konstantino Kavafis
El estado melancólico era ya conocido en el mundo clásico y ha sido objeto de estudio desde diferentes ópticas como la filosofía, la psiquiatría y la literatura.
Aristóteles hablaba del exceso de bilis negra; secreción fría y seca, implicada en el desorden emocional de algunas personalidades. Describía sujetos dotados de un fuerte apasionamiento, y amenazados por estados oscuros latiendo bajo la exaltación.
La mezcla de opuestos en su estado álgido, desata la emocionalidad de las personas melancólicas: somnolencia e hipervigilancia, efervescencia y tristeza, entusiasmo y decaimiento.
Los artistas, filósofos y personajes de la vida pública, adolecían de lo que el filósofo denominó: “ El morbo de la bilis negra”. Las Sibilas, dotadas del don de la adivinación, también estaban sujetas a esta aflicción.
El psiquiatra Hubertus Tellenbach definió el Tipus Melancholicus, refiriéndose a personas con elevada autoexigencia y gran susceptibilidad a la sugestión, fácilmente hipnotizables.
Los religiosos no se libraban de este hermano menor de la depresión. Lo conocían como acidia. Desasosiego oscuro y profundo, fuente de dudas y pesadumbre. Su acecho tenía una preferencia horaria. Muy parecido al vacío del domingo por la tarde o de algunas siestas.
Nostalgia y melancolía son compañeras del mismo club: LA PÉRDIDA. La nostalgia extrae de la memoria imágenes teñidas con un barniz embellecedor. Se encuentra sujeta a afirmaciones del tipo: “entonces era mejor que ahora”. Hay una dificultad para estar en conexión plena con el presente, se vive con una temporalidad desajustada. Ni lo de antes era la panacea ni lo de ahora es una basura.
La evocación del recuerdo y el placer que suscita, en realidad no podemos tomarlo como algo real. La reminiscencia no se corresponde fielmente con la experiencia vivida. De hecho estábamos viviéndola y no recordándola. Los matices sensoriales recordados, nos hacen disfrutar después en el pasado, pero lo hacen de un modo distinto a como fue.
El filósofo alemán de origen judío, Walter Benjamin (1892- 1940), describe la nostalgia a través del dibujo del pintor Paul Klee “Angelus Novus”: los ojos desencajados, la boca abierta, las alas desplegadas. Viene a decirnos cómo este ángel de la historia, desde el cielo contempla horrorizado las ruinas que deja la humanidad a su paso por el mundo. Nos habla del horror de la guerra, del derrumbamiento de un mundo que antes no estaba constituido por escombros.
En este sentido la escritora Anaïs Nin aporta una visión vitalista – no sin dolor ni esfuerzo- ante las experiencias duras que modifican inexorablemente el paisaje que habitamos: “cuando quedas atrapado en la destrucción, debes abrir una puerta a la creación”.
La constitución melancólica surge de la falta más que de la pérdida, por eso es estructural. Se trata de aquello que nunca se ha tenido y de la búsqueda a través del fetiche. El melancólico explora por medio de la repetición, en el afán de encontrar el ansiado grial que se extraña tanto como el bálsamo en una herida. Rastrea la memoria, por si hubiera una señal de ese objeto deseado y fallido, y escanea el presente con el propósito de encontrar el ídolo que rellene el hueco insaciable.
Por supuesto, esto es una descripción en su máximo apogeo. En las cuestiones relativas a lo caracterial, lo importante es la magnitud en que se manifieste un rasgo y lo que nos afecte en nuestra salud y evolución.
La escritura, pongamos por caso, muy frecuentemente dirige su mirada hacia el pasado. Es allí donde se encuentran el conflicto y la rendición, material de la literatura. Hasta en una distopía hay que hurgar en las derrotas reales para crear un futuro deformado en el que desarrollar la narrativa.
La falta constitutiva hace susceptible a la persona melancólica de entrar en el juego de la seducción. Tanto el atraer hacia sí el fetiche, como ser arrastrado desde afuera por la fuerza de EROS.
Cuanto mayor sea el vacío, con mayor facilidad e intensidad tenderá a fetichizar e idolatrar.
Casi todos alguna vez hemos tenido experiencias de seducción; de hecho, enamorarnos implica haber sido seducidos. La idealización inicial es un proceso normal, disponemos de un bosquejo de la otra persona y ante la atracción elaboramos fantasías.
En la constitución melancólica existe una carencia nuclear, es como si la persona tuviera sed y dispusiera de un depósito de agua fisurado por donde se escapara. Su necesidad de beber, le habrá hecho desarrollar una gran capacidad seductora. Esquivar por un tiempo el pozo oscuro de su melancolía, le va en ello.
En la satisfacción pasajera por medio del fetiche siempre hay trampa, vuelve de nuevo la sed inmisericorde. La toma de conciencia sobre la repetición del relato, es vital para salir del bucle.
La seducción tiene sus peligros, especialmente cuando existe una fragilidad psicológica, es el blanco ideal para la seducción perversa. Cuando el perverso es transformado en Tótem por el melancólico, el riesgo de daños es muy elevado. La clave se encuentra en la autodesvalorización, inherente al hecho de convertir al otro en alguien dotado de un fulgor sobrehumano.
En realidad, se trata de una relación parasitaria; la persona más frágil, sin saberlo, al idolatrar cosifica. Lo que sucede es que lo hace desde la necesidad inconsciente, y el perverso se aprovecha de la ventaja que esto le ofrece.
La psicoanalista Piedad Ruiz Del Castillo, lo explica diciendo que las personas más susceptibles poseen un punto doloroso asociado a una fuerte vitalidad. Los perversos no atacan la parte melancólica sino la parte viva. Perciben esa vitalidad que envidian, y se apropian de ella apagando la luz de su víctima.
Es sencillo para el seductor perverso reconocer la melancolía; la sonrisa puede estar presente, pero los ojos delatan la orfandad emocional y la sensación de no pertenencia . Una emocionalidad a flor de piel, que con pequeños toques, hace brotar la risa vergonzosa o las lágrimas . Caldo de cultivo suculento para la creación artística : transfundiendo la congoja de la soledad y su modo de habitar el cuerpo.
La novela epistolar “Las amistades peligrosas “de Pierre Choderlos de Laclos, publicada en 1782, narra a través de la correspondencia entre la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont, las proezas eróticas y la destrucción psicológica en que derivan. En la lucha por el poder desde la sumisión del otro, todos los personajes centrales de la novela pierden.
La capacidad de seducir, algo que tiene que ver con la comunicación y que está presente en casi todos de un modo u otro, se aprende desde la cuna. Nos permite cautivar y aproximarnos hacia aquello que anhelamos. No todo todo son malas noticias. casi siempre que tratamos de seducir lo hacemos por razones alejadísimas de la perversión.
Esta habilidad social, mucho más ligada al aspecto psicológico que al puramente físico, se despliega en función de nuestras características . Cada cual tiene un perfil de seducción, llave maestra que encaja en un tipo de cerradura. Al ser inherente a nuestra persona, emerge con fluidez cuando lo permitimos y nos hace brillar.
El encanto es un tipo de seducción, probablemente de los más sutiles y eficaces ; la tensión erótica subyace por debajo de la elegancia y apenas se insinúa. Lo sugerido con delicadeza genera una paradoja muy atractiva que estimula la indagación.
La creación artística es muy seductora, implica originalidad y por tanto divergencia cognitiva . Los ingredientes que conforman el proceso creativo no alcanzan a atraparlo en una definición reduccionista. Siempre se escapa y siempre tira de los filamentos de nuestro corazón.
Esta cualidad elusiva a la vez deja expuesto al creador, por ello es tremendamente provocadora; se atreve con lo innombrable. La escritura es un proceso de seducción. Se escribe para capturar la atención y generar una expectativa en el lector. A estas alturas ya os habréis dado cuenta: con todo descaro trato de atraeros con mis palabras, para que os quedéis conmigo y os dejéis llevar por lo que viene.
Puedes adentrarte en mi creación en la pestaña Relatos de esta web.
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