VERGÜENZA Y PUDOR
El pudor es la frontera que delimita la parte de nuestra carne que nos violenta exponer. Es un término limítrofe con lo vergonzoso, aunque no son en absoluto lo mismo. La impudicia es compatible con sentir el calor del bochorno o el dolor de la vergüenza crónica y profunda.
En el encuentro erótico la piel es desvelada y el alma se desnuda especialmente. Esta experiencia pone en riesgo al ser humano en el sentido de que deja a la intemperie la vulnerabilidad.
Pudor de enseñar y vergüenza ante el conocimiento de lo íntimo, la primera palabra nos lleva a lo corporal y la segunda envuelve a la totalidad de la persona.
Tanto el pudor como la vergüenza tienen un valor, nos ayudan a preservar la intimidad, nos protegen, no deseamos mostrar nuestra carnalidad ni permitir el acceso a ella de modo indiscriminado, todo lo contrario.
El sonrojo en el rostro es una emanación del pudor. Alguien está tratando de atravesar la línea que marca hasta dónde estamos dispuestos a llegar, quizá uno mismo esté desafiando ese umbral.
En su dimensión enriquecedora traspasar la resistencia del pudor permite plegarse a experiencias deseadas y a la vez censuradas.
El sentimiento que impulsa a ocultar el cuerpo a los ojos de otro en su dimensión positiva marca una selección que nos habla de las preferencias: ante quien nos desnudamos con o sin rubor y ante quien NO. Por tanto, la falta de pudor implica un debilitamiento del YO, una falta de límites personales. Podríamos hablar en este caso de un exceso de vanidad que caería en la impudicia, exhibiendo procazmente fragmentos corporales como si de objetos se tratara.
Podemos observarlo en las redes sociales, la norma es no ser celoso con la intimidad, la exposición de las actividades en modo escaparate se ha transformado en el canon a seguir, lo insólito hoy día es ocultar en lugar de mostrar. No hay paciencia para la seducción, requiere tiempo y misterio.
LA VERGÜENZA oculta el verdadero YO ante la dificultad en aceptar que podemos aspirar a ser “suficientemente buenos “, no perfectos. El dolor de la emoción nos habla de un sentimiento de inadecuación y una ruptura de la imagen del que la padece.
La actitud corporal en el pudor es de taparse aquello que se quiere esconder, en la vergüenza la mirada hacia abajo y la disminución del tono muscular en cabeza y hombros delatan la emoción. Por supuesto estas manifestaciones son inconscientes, el vergonzoso tiende a escapar de su vergüenza para no sentirla.
La teoría de los afectos de Tomkins explica cómo la vergüenza es relacional, siempre es un evento relacionado con otro que puede juzgar. Existe un anhelo por parte del que padece la vergüenza y se topa con un límite que le incapacita para satisfacerlo. La consecuencia es la evitación por medio de la actuación, el bloqueo o la huida.
Es habitual que la vergüenza no sea identificada debido a la superposición de otras emociones: la ira ante la frustración de no haber sido capaces de colmar una aspiración o la tristeza por la autocrítica en forma de fracaso.
El relato de la vergüenza crónica es privado y tiene una trama establecida que reverbera en torno a las imperfecciones. El núcleo es la imposibilidad de alcanzar el dintel de calidad. La conversación interna descalifica y de este modo frena la posibilidad de atreverse a ser genuino. En otras palabras, el descrédito trata de eludir a toda costa el dolor de la vergüenza aguda.
¿Cuándo se adquiere la vergüenza?
Los tres primeros años de vida son decisivos en la configuración del cableado neuronal, este marco teórico basado en el apego no explica todo, pero sin duda interviene en la intensidad que la vergüenza adquiere en la conformación de la persona.
El hemisferio derecho se ocupa de los asuntos emocionales, relacionales y de la creatividad. Cuando en la infancia no se produjo la conexión entre los hemisferios derechos de cuidador y niño a través de la mirada, falla la habilidad para entrar en modo lúdico sin juicio y se cortocircuita la creatividad.
Hay tres estrategias desde la inseguridad relacional que contribuyen a disminuir el modo alerta generado por la vergüenza. Son eficaces evitando la exposición y el riesgo de sentir vergüenza aguda, la contrapartida es la alimentación del monstruo de la inadecuación puesto que no se generan nuevas experiencias que desafíen la creencia de ser insuficiente:
– La complacencia excesiva: perdiendo la oportunidad de recibir sin manipular. La personalidad es desdibujada dando una imagen servicial pero poco sincera.
– La altivez y competición: en el afán de tener que ganar para ocultarse tras la máscara de eficacia.
– Alejarnos: vivir sin aceptar el riesgo, empobrecidos.
Se ha demostrado que el acto de poner nombre a las emociones ayuda a la amígdala (neuronas subcorticales donde se almacenan sucesos emocionales) a dejar de escanear el entorno en busca de amenazas.
Es importante conocer la cadena de acontecimientos que nos permiten identificar una emoción. Lo primero que acontece es el afecto y se instala en el cuerpo, después se produce la percepción permitiendo en el mejor de los casos poner nombre a la emoción. Tal y como explica Nathanson el afecto es biología mientras que la emoción es biografía. El sentir del cuerpo es anterior a la toma de conciencia.
El encuentro erótico puede verse afectado por emociones que alejan a los amantes en lugar de propiciar el juego. Bajo los cortocircuitos desencadenados por estados de ansiedad subyacen emociones que dificultan el desarrollo de la experiencia erótica en la línea del goce.
La vergüenza trae consigo miedo, estas emociones generan dificultad para mantener la electricidad entre los amantes como si dos polos opuestos entraran en contacto.
Las experiencias previas, los mitos transmitidos, la educación recibida y el relato personal contribuyen a explicar la influencia de la vergüenza en la sexualidad.
En la cultura griega Hedoné hija de Eros y Psique, representa la satisfacción de los placeres de los sentidos. Tiene mucho sentido que la encarnación del placer tenga su origen en el dios del AMOR SENSUAL y la diosa del ALMA. Cuando los amantes se encuentran alma y cuerpo disponen de alas para planear en el cálido recinto de la intimidad. De su nombre deriva el Hedonismo, corriente teórica donde el placer ocupa el centro.
El hedonismo motivacional coincide con la biología en la afirmación de que el placer refuerza el comportamiento y el dolor extingue o reduce la conducta.
En términos generales el placer incluye todo tipo de experiencias agradables para un individuo que van desde lo sensorial, espiritual o intelectual.
La vergüenza puede frenar la interacción de los cuerpos y la expresión de emociones y deseos, deteriorando el vínculo de placer. Esta dolorosa emoción habla de la creencia de no ser susceptible de ser amado. Desde ese sentimiento de insuficiencia, que con frecuencia proviene de la humillación, el cambio en el relato es complejo. La disgregación acontece en la vergüenza y el individuo desea ser otro.

